Perú, entre la espada y la pared

The Beacon – El Instituto Independiente
Los recientes comicios presidenciales en Perú han confirmado un patrón que se viene dando desde hace varios ciclos electorales. Los peruanos se han acostumbrado a votar en la primera vuelta de las elecciones para colocarse, de cara a la segunda vuelta, en situaciones imposibles, es decir, tener que elegir entre dos candidatos poco apetecibles.
En este caso, en las elecciones del 11 de abril Pedro Castillo, el candidato de Perú Libre, un partido que se define como marxista-leninista, que tiene a Venezuela como su modelo y algunos de cuyos miembros han estado cerca de organizaciones que actúan como testaferros de la organización terrorista Sendero Luminoso, obtuvo el mayor número de votos. La segunda candidata fue Keiko Fujimori, hija de Alberto Fujimori, que gobernó de forma dictatorial en los años 90 y que ha sido encarcelado por abusos de los derechos humanos y corrupción. La propia Keiko, que ha conducido el partido durante años, se enfrenta a cargos de lavado de dinero.
Perú recuperó la democracia en 2001 y durante un tiempo disfrutó de un periodo de prosperidad económica que lo convirtió en un favorito de los inversores extranjeros. Pero el modelo peruano de libre mercado que sustituyó al antiguo sistema estatista se quedó a medias. El capitalismo de amigos, la centralización, la incalificable corrupción y un sistema elitista en el cual las mayores oportunidades estaban reservadas a los allegados al poder convirtieron en escépticos a los esperanzados peruanos dispuestos a tirar por la borda gran parte de los avances que el país había logrado. En parte porque querían protestar contra lo que veían como una clase política putrefacta y en parte porque estaban dispuestos a experimentar con quienes prometían un cambio de modelo, hace unos años los votantes peruanos empezaron a convertir cada segunda vuelta comicial en una angustiosa elección entre opciones desagradables.
En este caso, el escepticismo se ha visto agravado por los efectos devastadores de la pandemia. Perú ha sido uno de los países de América Latina más afectados y sus autoridades han gestionado la crisis espantosamente. La movilidad social ascendente que había ampliado la clase media en las últimas dos décadas gracias al creciente rol de Perú en la economía mundial se está revirtiendo. Muchos peruanos que han vuelto a la pobreza tienen esperanza en Castillo, que promete acabar con el modelo imperante, mientras que, en el caso de Keiko Fujimori, a pesar del desgaste sufrido por su organización, se ha mantenido una base de apoyo lo suficientemente grande como para permitirle pasar a la segunda vuelta, que tendrá lugar en junio. Eso sí, los dos finalistas han obtenido un porcentaje muy bajo del total de votos.
¿Qué hay que hacer? Pues hay que optar por el menor de los males. Perú Libre de Castillo quiere replicar en Perú el modelo autoritario, estatista-socialista implantado total o parcialmente en muchos países de América Latina con resultados económica y políticamente trágicos. Una vez que llegan al poder, este tipo de líderes comienzan rápidamente a desmantelar las instituciones republicanas, a nacionalizar la economía y a tomar el control del poder judicial y de los medios de comunicación. Cuanta más oposición encuentran, más despiadadas se vuelven sus dictaduras.
En el caso de Keiko Fujimori, aunque existe el peligro de que los fujimoristas vuelvan a las andadas, hay más posibilidades, en caso de que lo hagan, de detenerlos. En los últimos años, cada vez que el fujimorismo ha sido percibido como una amenaza para las instituciones reinantes, millones de peruanos han salido con éxito a las calles o acudido a las urnas para frenarlos. Dado que Keiko comandaría una pequeña minoría en el Congreso, tendría menos margen de maniobra que en elecciones anteriores, cuando ayudó a elegir a numerosos congresistas de su partido. Uno quisiera pensar, además, que las consecuencias que ella y su familia han sufrido a causa de la dictadura de los años 90 y la posterior conducta de su organización han arraigado en su mente la necesidad de limpiar su nombre y expiar los trágicos errores del pasado.
Como alguien que ha combatido el fujimorismo durante tres décadas, tengo que admitir, con mucha inquietud, que esta vez Keiko representa el menor de los males y quizás una mejor oportunidad de preservar y ampliar los logros que el Perú ha alcanzado desde que recuperó su sistema democrático que su oponente. Contengo la respiración.
Traducido por Gabriel Gasave
El original en inglés puede verse aquí.
El autor es Asociado Senior en el Independent Institute. Entre sus libros en el Instituto se encuentran Global Crossings, Liberty for Latin America y The Che Guevara Myth.
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