Lecciones del poder concentrado de Infantino

27 de agosto, 2026
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Gianni Infantino, presidente de la FIFA, el organismo rector del fútbol a nivel mundial, es un buen ejemplo de lo que ocurre cuando una sola persona concentra demasiado poder.

No me malinterpreten. Puede presumir, con razón, de algunos logros importantes, tanto a nivel financiero (por ejemplo, el reciente Mundial de Fútbol generó un récord de ingresos de aproximadamente 12 000 millones de dólares para la FIFA) como en lo atinente a completar la tarea de romper el dominio de Europa sobre este deporte, que otros habían iniciado en la década de 1970, entre ellos João Havelange, el difunto expresidente de la FIFA que puso en marcha la iniciativa para empoderar a las naciones emergentes (cuando aún no se las llamaba así), incluidas las de América Latina, Asia y, muy especialmente, África.

Pero se lo considera responsable de haber convertido a la FIFA en un espectáculo unipersonal (y no me refiero a Lionel Messi ni a Cristiano Ronaldo) y en una estructura de poder gestionada como una maquinaria política, donde todo parece estar organizado con un único objetivo en mente: mantener a Infantino en la cima. Todo lo demás —la integridad del juego, el proceso democrático de toma de decisiones y la dimensión comercial de la FIFA— parece tener menor importancia.

En cierta medida, ha alcanzado su objetivo, por lo que es poco probable que Infantino sea derrotado en Rabat el año que viene, cuando llegue el momento de su tercera reelección como presidente de la FIFA. La razón es que, a pesar de la animadversión que ha suscitado en muchas asociaciones miembro (la organización está compuesta por un total de 211, que representan a países y territorios) y en al menos tres de las confederaciones que las agrupan (las que representan a Europa, Asia y América Latina), sigue contando con África y Oriente Medio, cuyo apoyo se ha ganado diligentemente durante todos estos años, otorgando a muchos países de esas regiones un lugar en la mesa mediante una importante financiación, participación y visibilidad.

Infantino tenía razón en algo: los países emergentes se habían ganado el derecho a tener peso en el fútbol mundial, y nada podía detener su ascenso al estrellato, lo que, tarde o temprano, se traducirá en que uno de estos países gane la Copa del Mundo. Su intuición le decía que, al apostar por estos países, no solo les haría justicia, sino que también forjaría una red de apoyo para sí mismo al más puro estilo político. Dado que África representa una cuarta parte de las asociaciones miembro del mundo, es casi imposible ser elegido presidente de la FIFA sin el apoyo de la Confederación Africana de Fútbol. Probablemente por eso, a pesar de la presión ejercida por las confederaciones que representan a Europa, Latinoamérica y Asia para sustituir a Infantino el próximo mes de marzo en Rabat, hasta ahora nadie se ha atrevido a disputarle el máximo cargo.

Por supuesto, no hay certeza de que todas las asociaciones de África vayan a apoyar el cuarto mandato consecutivo de Infantino, a pesar de lo que haya expresado la confederación continental (cada asociación miembro tiene un voto, independientemente de lo que haga una asociación vecina). No obstante, cabría pensar que, con tanta animosidad hacia Infantino, alguien ya le habría plantado cara a estas alturas si esa persona tuviera alguna posibilidad de derrotarlo.

Infantino propuso recientemente una semiprivatización del Mundial y otras competencias futbolísticas mediante la creación de una entidad separada que vendería una participación a inversores privados. Argumentó que la FIFA seguiría al mando, que se trataría de participaciones minoritarias y que los países miembros recibirían más dinero del que obtienen actualmente de la FIFA. Pero el plan, vagamente inspirado en el modelo de la NFL estadounidense —que podría haber suscitado cierto apoyo en otras circunstancias y que, en algunos aspectos, tiene sentido—, provocó un gran revuelo en todo el mundo. Temiendo por su mandato, Infantino descartó el plan (al menos por ahora). Desde entonces, la prensa ha especulado sobre la posibilidad de que Infantino se vea obligado a dimitir o de que pierda su candidatura a la reelección. Considero que no fue tanto el plan en sí lo que enfureció al mundo del fútbol, sino el hecho de que se convirtiera en el pretexto perfecto para organizar una campaña internacional contra un hombre percibido como un autócrata.

Pase lo que pase la próxima primavera, la lección que subyace en el corazón de la saga de la FIFA es una que los liberales clásicos reconocerán de inmediato: nada es tan peligroso en los asuntos humanos, salvo las plagas, las pandemias y los desastres naturales, como el exceso de poder.

Traducido por Gabriel Gasave

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