La Europa pasmada

ABC, Madrid
Recorro Berlín en pleno Festival Internacional de Literatura y recuerdo esa bofetada moral que es el inicio de la canción de Joaquín Sabina sobre el Muro de Berlín: “Ese tipo que va al club de golf,/si lo hubieras visto ayer/dando gritos de “Yankie go home,/coreando slogans de Fidel…Hoy tiene un adoquín, en su despacho, del Muro de Berlín”. Los críticos dicen que es una canción contra el capitalismo. No: es contra el cinismo de esos idealistas que querían traer el paraíso comunista a la Tierra y al derrumbarse todo renegaron de sus ideales con olímpico oportunismo. Desde la caída del Muro -y desde la canción- han pasado tres décadas en las que Berlín vivió dos cosas contradictorias: un “revival” cultural y un aumento del cinismo.
El renacimiento cultural de los 90’ y 2000’ trajo un eco de los años 20´, cuando esta ciudad hervía de osadía y originalidad con los artistas del Bauhaus, el dadaísmo de Grosz, la “Ópera de los tres centavos” de Brecht y el cine negro de Lang. En los 90´ y 2000’, en los barrios venidos a menos de Berlín, miles de jóvenes volvieron a convertir la ciudad en una marmita cultural. El antiguo “no-man’s land” alrededor del Potsdamer Platz se erizó de arquitectura futurística y creativa de Richard Rogers, Renzo Piano y Christoph Kohlbeker.
Junto a esta luz, una sombra: el aumento del cinismo en el país principal de Europa. El fin del comunismo, si bien hizo prosperar a Berlín, no vino acompañado de una nueva visión política y moral que diera profundidad a la democracia liberal. La ciudad, además, estuvo mal gobernada y quedó un poco rezagada de la Alemania más pujante.
El cinismo de los 90´ se volvió el populismo extremista de hoy. Un grupo de editores me asegura que la extrema derecha, fuerte en la Alemania oriental, y la extrema izquierda, menos numerosa, suman entre 25 y 30 por ciento del electorado.
Los dos pilares del sistema alemán, la derecha democristiana y la izquierda socialdemócrata, deberían ser el muro de contención contra esto. Pero la socialdemocracia languidece: sus votos han emigrado hacia los verdes, una moda sin mucho “gravitas”. Eso deja al centroderecha -cuya líder, Angela Merkel, está de salida- como único antídoto, pero sin el vigor de antes. ¿Significa que los fascismos de derecha e izquierda tomarán el poder? No, lo probable es que el próximo gobierno sea una mezcolanza de democristianos, liberales y verdes. El problema es éste: Alemania, que debería guiar a las democracias liberales frente a los populismos occidentales y los autoritarismos de Rusia (del que importa su energía), China, Turquía y Corea, no tiene estómago para ese pleito.
El cinismo que cantaba Sabina y el actual de los populismos extremistas se expanden como aceite. Uno no siente en la capital germana que está en la vanguardia del mundo libre, sino en un bello lugar que prefiere -salvo cuando los europeos mendigan dinero y Berlín se los da- cultivar su propio jardín, como en la novela de Voltaire. Algo que hace espléndidamente bien.
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