Premio Jerusalén: Muñoz Molina hizo bien
La decisión de Muñoz Molina de aceptar el Premio Jerusalén pese a las críticas que se lo reprochaban es moralmente impecable, políticamente útil y culturalmente necesaria.
Israel tiene el gobierno equivocado porque, de un tiempo a esta
parte, la sociedad se ha movido en la dirección equivocada y las voces
que tratan de disipar le niebla del extremismo no han logrado, en esta
etapa de la vida del Estado judío, convencer a una masa crítica. Pero
Israel no es un régimen totalitario en el que el Estado, el gobierno y
las instituciones oficiales son exactamente lo mismo, ni una sociedad
que ha renunciado a la cultura como espacio que desborda los linderos de
lo oficial. Ceder al chantaje tremebundo de sus críticos
no habría convertido a Muñoz Molina en héroe de los palestinos: hubiese
privado a los israelíes que abogan por la perpetua separación entre el
Estado y las instituciones, así como por los valores de la convivencia y
la tolerancia, de un aliado legitimado por el galardón a ojos de muchos
israelíes que ven con sospecha todo lo europeo.
Ir por la vida con el Jerusalén en la solapa permitirá a este
escritor decir verdades que es más fácil decir cuando se está blindado
contra la acusación de antisemitismo y enemigo de Israel, y que es más
importante invocar cuando se las invoca en calidad de israelí
(culturalmente) adoptivo.
Pocas veces he visto más coraje que cuando, hace pocos años, en un
recorrido por las zonas sensibles, fui, junto con mis acompañantes,
testigo de cómo mis guías y anfitriones israelíes se enfrentaban a las
fuerzas de seguridad para permitir que pudiésemos atestiguar lo que
pasaba en territorios ocupados y lo que la Línea Verde y el muro de
Cisjordania separan.
Nadie es tan severo con el gobierno israelí como los propios israelíes.
Mientras sea así, seguirá abierta la posibilidad de volver a los
tiempos en que un Menachem Begin podía entenderse con Anwar Sadat, un
Yitzhak Rabin se atrevía a jugarse el gaznate con unos Acuerdos de Oslo
que pretendían ser el marco de una solución definitiva o un Ehud Barak
podía hacer en Camp David las concesiones que Arafat cobardemente
rechazó.
¿No acaba la misma sociedad israelí que se ha radicalizado tanto de
darnos una nueva esperanza al limitar el margen de acción de Benjamín
Netanyahu convirtiendo en el segundo partido más votado a la fuerza
moderada del periodista Yair Lapid? ¿Por qué decretar que no hay opción
de empujar a Israel en la buena dirección si los propios israelíes, a
pesar de su endurecimiento, dan cada cierto tiempo señales de querer
algo razonable?
Sin ir demasiado lejos, y aunque su cargo simbólico no permite gran
cosa, el propio Presidente Simon Peres (que es quien entrega el Premio
Jerusalén concedido en la Feria) hizo sus mejores esfuerzos a lo largo
de años para evitar el fanatismo entre sus compatriotas. Fue derrotado y tuvo que plegarse en muchos sentidos, pero su mensaje discreto, me consta, todavía es el bueno.
No entiendo bien el razonamiento de los críticos que exigían a Muñoz
Molina boicotear el premio. ¿Pretendían que en el futuro sólo sea
otorgado a los que respaldan la política oficial, que es lo que
sucedería si varios críticos consecutivos de esa política lo rechazasen?
¿Estarían los palestinos mejor servidos por la ausencia de premios
Jerusalén sensibles por su causa? ¿Creen que la función de la cultura es
dejarse aherrojar por la política, que es a lo que equivaldría
convertir el galardón en una zona libre de espíritus independientes del
Estado judío? Yo creo exactamente lo contrario:
mientras más se cuelen por los intersticios del Israel oficial las voces
que abogan por algo mejor de lo que hace (y no hace) este gobierno en
particular, mayores serán las posibilidades de contrarrestar, poco a
poco, el avance de fanatismo. ¿O cree alguien que Israel espera,
concediendo estos premios, convertir en muñecos de ventrílocuo a quienes
lo reciben? Si es así, ese cálculo les ha salido mal demasiadas veces
como para que sigan repitiéndolo.
La Presidencia de Mahmud Abbas (Abu Mazen) en Ramala
es una oportunidad de oro para lograr lo que no se ha podido lograr en
medio siglo: se trata de un palestino con vocación de negociar la paz
permanente, como lo han reconocido ya muchos israelíes, europeos y
estadounidenses que simpatizan con Israel. Una forma de empujar a Tel
Aviv hacia una negociación con él es no remedar la intolerancia.
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