Una división que trascenderá los gobiernos
Por Jorge Lanata
Cuando esta edición gane la calle, la mitad de Venezuela va a
festejar. No importa demasiado cuál mitad. Será la mitad más uno la que
festeje. Escribo estas líneas en Caracas, a las cuatro y media de la
tarde cuando todavía no cayó el chaparrón diario, los comicios cerraron
formalmente y telegramas de boca de urna circulan en twitter pese a la
prohibición de difundir resultados.
Esta historia comenzó ayer a
las tres de la mañana, hora en la que tocó la diana y los chavistas
salieron a votar en masa. Lo de la diana no es una metáfora: a esa hora
Venezuela se convirtió en un gran cuartel; miles de personas en la calle
arengadas por grupos de motociclistas bajo la consigna 1 por 10, cada
militante debe llevar diez votantes a las urnas. Durante su breve
conferencia de prensa en el distrito 23 de enero, luego de votar en el
colegio Fajardo, Chavez lucía calmado y lejos del triunfalismo. Muchos
periodistas extranjeros interpretaron su prudencia a los datos de una
elección peleada. De hecho habló –tres horas después de lo previsto–
pasado el mediodía, el tiempo que él mismo había anunciado como la hora
de comunicar el triunfo. Si la “avalancha de votos socialistas” había
sucedido, Chávez se olvidó de decírselo a su cara . La tarde
transcurrió entre los porcentajes de un cabeza a cabeza: Capriles ganaba
por un punto, Chávez por tres, y así. A esta hora ya sabrán los
lectores cuál Venezuela le ganó a la otra. Es un buen momento para
hablar sobre la grieta: este país, como el nuestro, es dos.
La división ya no es sólo política, sino que se ha transformado en
cultural, y trascenderá a los propios gobiernos que la fomentaron.
Argentina se asomó a esa grieta en los años cincuenta: familias
separadas, sobremesas imposibles, amigos que dejaron de hablarse,
hermanos que se olvidaron para siempre. Los paralelos no son ociosos:
Perón sentó por primera vez a la mesa a la clase obrera argentina y
Chávez le dio visibilidad y existencia ciudadana a los pobres de
Venezuela. Ambos se excusaron en el fondo para atropellar las formas:
persecución a los opositores, prensa controlada, capitalismo de amigos,
reescritura de la historia, clientelismo, realidad y relato. Un tajo
atraviesa Venezuela y ese tajo no se cura con una elección.
" En este país no hay empresarios, hay millonarios”, me dijeron una vez aquí y es del todo cierto: Chávez es el emergente de una clase dirigente que ignoró a su propia población.
Chávez es un militar y se comporta como tal; señala a sus enemigos y no
tiene contemplación con ellos; como cree en la obediencia ciega ha
fomentado el fanatismo y el culto a la personalidad infalible del líder.
No hay chavismo sin Chávez aunque haya respondido hace un rato, en la
conferencia de prensa, que este gobierno es un colectivo y no importan
las personas. Chávez no tiene sucesor y por eso oculta la enfermedad que
limitó sus movimientos electorales.
–Tu eres un burgués y esos
lentes son burgueses, dámelos– le dijeron ayer a un turista extranjero
en un colectivo de Caracas. El turista los entregó en silencio. Hubo,
decíamos el sábado, 19.000 asesinatos en las calles de Venezuela sólo en
2011. Los especialistas en violencia señalan que ha crecido el número
de delitos contra la vida por sobre los delitos contra la propiedad. Un
muerto hoy, aquí, no significa nada.
En esta sociedad dividida por
la grieta hay enemigos: el otro, el más rico, el distinto, el
sospechoso. Se habla en corrillos y nadie confía demasiado en su vecino:
no es normal un país donde la página 2 del diario más importante se
titula ayer “El voto es secreto”.
Aunque ya se aseguró mil
veces que es imposible cruzar los datos del voto con las huellas
digitales para identificarlos, el miedo a la represalia estatal
sobrevive. Hay quienes sostienen que un triunfo electoral le dará a
Chavez la oportunidad de nacionalizar la banca y cerrar Globovisión , el único medio opositor que sobrevive entre tormentas. Hay quienes piensan que para Capriles t ampoco será fácil si triunfa
: tendrá el Congreso en contra, las Fuerzas Armadas divididas y una
estructura altamente corrupta acostumbrada a ganar dinero fácil que no
se irá así como así. La grieta finalmente, será un problema para los
dos. Es esta –y perdón por volver al caso argentino– una pelea entre quienes creen estar haciendo una Revolución y quienes creen estar defendiendo a la democracia
: es lógico que los que se suponen revolucionarios quieran modificar la
Constitución, lograr la reelección eterna, nacionalizar la economía y
callar a los opositores.
La Revolución siempre se lleva a las
patadas con la tolerancia y observa el pluralismo como una debilidad
burguesa. Hay, del otro lado de la grieta, quienes quieren vivir en
democracia, alternando el ejercicio del poder, respetando las
instituciones y la división de poderes del Estado, escuchando a los
demás. Hay quienes ven el fanatismo, la diana, la militancia ciega como
una cadena que no están dispuestos a ponerse. Poco importa si los que se
creen revolucionarios en verdad lo son; si Argentina ha hecho la
Revolución con Jaime, con de Vido, con Insfrán, con Felisa Miceli, con
Boudou o con Vanderbrule. Lo mismo sucede en Venezuela con Antonini
Wilson, la familia Chávez en el poder en Barinas, el dólar paralelo y el
ejército corrupto. Ningún país puede crecer por la mitad, ambos deberán
aprender a saltar la grieta.
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