Bienvenidos al maravilloso país dual de “Chimérica”

En El triunfo del dinero (Debate), el reconocido historiador británico Niall Ferguson recorre la historia de las finanzas y muestra cómo ésta ha definido el rumbo del acontecer mundial. Aquí, un fragmento referido a la sociedad estratégica entre EE.UU. y China.
Para muchos, la historia financiera es como el agua que se ha llevado el río: historia antigua, como la historia de la China imperial. Los mercados tienen una memoria muy corta. Muchos de los jóvenes operadores actuales ni siquiera experimentaron la crisis asiática de 1997-1998. Los que entraron en el mundo de las finanzas después del año 2000 vivieron siete años embriagadores. Los mercados de valores de todo el mundo experimentaron un boom. Y lo mismo hicieron los mercados de bonos, los de productos y los de derivados. De hecho, es algo que ocurrió con toda clase de activos, por no hablar de los que salen beneficiados cuando las primas son grandes, desde los vinos caros hasta los yates de lujo. Pero esos años de expansión fueron también años misteriosos, en los que los mercados se dispararon en un momento de subida de los tipos de interés a corto plazo, manifiestos desequilibrios comerciales y crecientes riesgos políticos, especialmente en las regiones exportadoras de petróleo de todo el mundo, económicamente cruciales. La clave de esta aparente paradoja se hallaba en China.
Chongqing, situada en las ondulantes riberas del poderoso Yang-tsé, un río de aguas de color terroso, se halla en las profundidades del subcontinente chino, a más de 1.600 kilómetros de las zonas empresariales costeras que suelen visitar la mayoría de los occidentales. Sin embargo, los 32 millones de habitantes de la provincia son tan partícipes del actual milagro económico de China como los de Hong Kong o Shanghai. En cierta manera, la precipitada industrialización y urbanización que está experimentando Chongqing constituye la última y mayor hazaña de la economía planificada comunista. Sus 30 puentes, sus 10 líneas férreas locales, sus innumerables bloques de pisos, todo ello aparece a través del humo y la neblina como una especie de monumento al poder del Estado unipartidista centralizado. Pero el crecimiento de Chongqing es también el resultado de la empresa privada sin restricciones. En muchos aspectos, Wu Yajun es la personificación de la recién descubierta riqueza del país. Considerada una de las más destacadas promotoras inmobiliarias de Chongqing, se halla entre las mujeres más ricas de China, con un patrimonio de más de 9.000 millones de dólares, lo que la convierte en la antítesis viviente de aquellos escoceses que hicieron su fortuna en Hong Kong hace un siglo. Otro ejemplo es el de Yin Mingsha. Encarcelado durante la Revolución Cultural, Yin descubrió su auténtica vocación a comienzos de la década de 1990, tras la liberalización de la economía china. En solo quince años ha creado una empresa de 900 millones de dólares. El año pasado su compañía, Lifan, vendió más de 1,5 millones de motores de motocicleta y de bicicletas; hoy exporta a Estados Unidos y a Europa. Wu y Yin son solo dos de los más de 345.000 millonarios (en dólares) que hoy viven en China.
El país no solo ha dejado atrás su pasado imperial. Hasta ahora, la economía de más rápido crecimiento del mundo también ha logrado evitar la clase de crisis que periódicamente ha sacudido a otros mercados emergentes. Tras haber devaluado el yuan ya en 1994, y tras haber retenido el control de capitales durante todo el período de la reforma económica, en 1977-1998 China no sufrió ninguna crisis monetaria. Cuando los chinos quisieron atraer capital extranjero, exigieron que este adoptara la forma de inversiones directas. Ello significó que, en lugar de pedir dinero prestado a los bancos occidentales para financiar su desarrollo industrial, como hicieron muchos otros países emergentes, hicieron que los extranjeros construyeran fábricas en las denominadas "zonas empresariales" del país, creando así unos activos grandes y pesados que no podían retirarse fácilmente en caso de crisis. El aspecto fundamental, sin embargo, es que el grueso de la inversión china se ha financiado con los propios ahorros del país (y con la diáspora china en ultramar). Las familias chinas, especialmente cautelosas tras muchos años de inestabilidad y poco acostumbradas a toda la panoplia de facilidades crediticias que tenemos en Occidente, ahorran una parte inusualmente elevada de sus crecientes ingresos, en marcado contraste, por ejemplo, con las estadounidenses, que en los últimos años no han ahorrado nada o casi nada. Las empresas chinas, por su parte, ahorran una proporción todavía mayor de sus crecientes beneficios. Tan abundantes son esos ahorros que, por primera vez en siglos, hoy la dirección de los flujos de capital no es de Occidente a Oriente, sino de Oriente a Occidente. Y se trata de un flujo cuantioso. En 2007, Estados Unidos tuvo que pedir prestados unos 800.000 millones de dólares al resto del mundo, lo que representa más de 4.000 millones por cada día laborable. China, en cambio, tiene actualmente un superávit contable de 262.000 millones de dólares, una cantidad equivalente a más de la cuarta parte del déficit estadounidense. Y una proporción extraordinariamente grande de ese superávit ha acabado prestándose a Estados Unidos. En la práctica, pues, la República Popular China se ha convertido en el banquero de los Estados Unidos de América.
A primera vista, esto puede parecer extraño. Hoy, el estadounidense medio gana más de 34.000 dólares al año; en cambio, y pese a la riqueza de personas como Wu Yajun y Yin Mingsha, el chino medio vive con menos de 2.000 dólares anuales. ¿Por qué, entonces, iba a querer el segundo prestarle dinero al primero, que es veintidós veces más rico que él? La respuesta es que, hasta hace poco, la mejor forma que tenía China de dar trabajo a su inmensa población era exportar productos manufacturados a ese insaciable derrochador que es el consumidor estadounidense. Para asegurar que esas exportaciones fueran irresistiblemente baratas, China hubo de combatir la tendencia de su moneda a fortalecerse frente al dólar comprando literalmente miles de millones de dólares en mercados de todo el mundo, como parte de un sistema de vínculos monetarios asiáticos que algunos analistas bautizaron como Bretton Woods II. En 2006, la cuantía de los dólares que tenían los chinos superaba casi con certeza la cota del billón de dólares. (De manera harto significativa, el incremento neto de las reservas de divisas chinas prácticamente igualaba la emisión neta de letras del Tesoro y bonos de agencias gubernamentales de Estados Unidos.) Mientras tanto, desde la perspectiva estadounidense, la mejor forma de hacer que los buenos tiempos se prolongaran durante los últimos años ha consistido en importar productos chinos baratos. Además, al externalizar la fabricación en China, las empresas estadounidenses han podido beneficiarse también de una mano de obra barata. Y asimismo, y de manera crucial, al vender miles de millones de dólares en bonos al Banco Popular de China, Estados Unidos ha podido disfrutar de unos tipos de interés significativamente inferiores a los que hubiera afrontado en otra situación.
Bienvenidos, pues, al maravilloso país dual de "Chimérica" -el formado por China más Norteamérica-, que representa algo más de una décima parte de la superficie terrestre del globo, una cuarta parte de su población, una tercera parte de su producción económica y más de la mitad del crecimiento económico global en los últimos ocho años. Durante un tiempo pareció una especie de matrimonio perfecto: los chimericanos del este ahorraban; los chimericanos del oeste gastaban. Las importaciones chinas mantenían a raya la inflación estadounidense. Los ahorros chinos mantenían a raya los tipos de interés estadounidenses. La mano de obra china mantenía a raya los costes salariales estadounidenses. Como resultado, era extraordinariamente barato pedir dinero prestado y extraordinariamente beneficioso dirigir una empresa. Gracias a Chimérica, los tipos de interés reales globales -el coste de pedir prestado teniendo en cuenta la inflación- cayeron más de un tercio por debajo de su media en los últimos quince años. Gracias a Chimérica, en 2006 los beneficios de las empresas estadounidenses subieron aproximadamente la misma proporción por encima de su porcentaje medio del PIB. Pero había una pega: cuanto más dinero estaba dispuesta a prestar China a Estados Unidos, más estadounidenses estaban dispuestos a pedir dinero prestado. En otras palabras: Chimérica fue la causa subyacente de la escalada de créditos bancarios, emisiones de bonos y nuevos contratos de derivados que el planeta Finanzas presenció a partir del año 2000. Fue la causa subyacente de la explosiva proliferación de fondos de riesgo. Fue la razón subyacente de que toda una serie de sociedades de inversión de capital privadas pudieran prestar dinero a diestra y siniestra para adquisiciones financieras apalancadas. Y Chimérica -o la "superabundancia de ahorro" asiática, como la denominó Ben Bernanke- fue la razón subyacente de que en 2006 el mercado hipotecario estadounidense se viera tan inundado de dinero que uno podía obtener una hipoteca del ciento por ciento del valor de tasación pese a no tener ni ingresos ni trabajo ni activos.
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