EE.UU.: El fin de la sensación de tener derecho
Por Robert Samuelson
Siglo XXI
Nosotros, los americanos de clase media, estamos muertos de miedo. “La narrativa económica generalizada de la campaña del 2008 es la idea de que la vida, para la clase media, se ha vuelto más difícil”, escribe Paul Taylor, del Pew Research Center, quien publicó un informe sobre las ansiedades de la clase media. Según su informe, más de la mitad de los americanos cree que no han progresado en los cinco años pasados (25%) o se han quedado atrás (31%). Pew manifiesta que esta “es la evaluación a corto plazo más deprimente del progreso personal en cerca de medio siglo”.
No es que los americanos hayan perdido su optimismo. Alrededor de dos tercios dicen que tienen estándares de vida más altos de los que tenían sus padres a la misma edad, y por un margen de 2 a 1 esperan que sus hijos vivan mejor que ellos. Pero hay un desencanto subyacente, que parece ser anterior a los precios más altos del petróleo, el descenso de los valores de la vivienda y el declinante empleo de hoy en día.
Parte de la engañosa sensación de quedarse atrás refleja la naturaleza elástica de pertenecer a la clase media. Según Pew, el 70% de los hogares tiene ahora 2 ó más automóviles, y una proporción similar tiene TV por satélite o cable; el 66% tiene Internet de alta velocidad; el 42% ya tiene televisores de pantalla plana. Un mayor número de estudiantes va a la Universidad y a la escuela de postgrado, por lo que tienen más deudas. El seguro médico es caro, en parte, porque la medicina moderna puede realizar tanto. Uno de cada 10 hogares tiene ahora una casa de vacaciones.
El “progreso” sigue drenando nuestros bolsillos. Pew halla que cuatro quintos de los americanos encuentran difícil mantener estilos de vida de la clase media; en 1986, esa proporción era de dos tercios. Pero hoy las ansiedades de la clase media trascienden el bien anunciado “apretón” en los ingresos. La fuente más profunda de intranquilidad, yo creo, yace en otro lugar. Las familias de la clase media valoran, de manera previsible, el orden y la seguridad, y estas cualidades tranquilizadoras se han erosionado. Las personas se preocupan por el alza del costo de la vida; pero lo que realmente las altera es la posibilidad de que sus ingresos o beneficios adicionales —pensiones, seguros médicos y de invalidez— puedan desvanecerse.
Paradójicamente, “las vidas individuales de los americanos se han vuelto simultáneamente más prósperas y más precarias”, escribe Peter Gosselin, autor del libro High Wire y reportero de Los Ángeles Times, quien ha provisto el más riguroso informe a la fecha sobre este fenómeno. Como él lo demuestra, los riesgos de resultar afectado por un acontecimiento que altere la vida han declinado ligeramente, desde la década de 1970 y principios de 1980, años plagados de la inflación.
Pero Gosselin encuentra que las consecuencias de los reveses han aumentado. La proporción de familias que sufrió una pérdida del 50% de los ingresos, a causa de un período de desempleo, se elevó del 17 a casi el 26%. El temor a estos contratiempos se ha elevado en la escala social: no sólo afecta a obreros de fábricas y a empleados de servicios de bajos salarios, sino también a gerentes e ingenieros. Las empresas reducen su tamaño. Los trabajadores de más edad salen con acuerdos concertados. Las compañías elevan las primas de seguro médico. La confiable pensión de “beneficios definidos” (que pagaba una cantidad fija mensual) ha dado paso a la más arriesgada 401 (k), vulnerable a malas decisiones de inversión y caídas de acciones. Las protecciones empresarias se han debilitado, como señala Gosselin.
De ello resulta que las malas noticias económicas ocasionan un golpe psicológico mayor de lo que anteriormente causaban, porque más gente se identifica con las víctimas. Estamos perdiendo nuestra sensación de “tener derecho a”. Bajo el implícito contrato social, la gente que “jugaba según las reglas” merecía modestas garantías de la clase media: un trabajo estable, un ingreso creciente y protección contra desgracias aleatorias.
Casi todos los americanos se consideran a sí mismos de clase media. En el informe Pew, el 53% se colocó en la “clase media”, un 19% en la “clase media alta” y otro, en la “clase media baja”. Pero la preponderancia de ambiciones y valores de clase media crea una irritante contradicción: los ascensos en los estándares de vida que los americanos esperan, requieren una economía flexible y competitiva, que debilita la seguridad y la estabilidad que los americanos también esperan.
Esta columna fue publicada en Newsweek.
© 2008, The Washington Post Writers Group
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