Depender del futuro
"Si tuviéramos la voluntad firme y conjunta de depender del futuro más de lo que dependemos del pasado, España sería Jauja. Y me quedo corto. Si vamos al fondo de nuestros problemas colectivos, y lo hacemos sin prejuicios, llegaremos a la conclusión de que ese pasado, que unos sacralizan, otros utilizan como si se tratara de una maza y los más ignoran y desprecian, es un lastre que nos dificulta el progreso y, en buena medida, crispa el presente".
Escribe M. Martín Ferrand, columnista de un periódico español. Su texto, si se quitan las referencias a la Madre Patria, podría ser de mucha utilidad para comprender lo que nos pasa, o -–al menos– las sensaciones que uno puede tener al leer muchas de las columnas de opinión en los periódicos nacionales, ver las entrevistas en los tele noticieros, y escuchar o participar en casi todas las charlas de café o coctel en estos días de reuniones de fin de año.
Es fuerte lo que dice, es lúcido. Pero también es muy difícil, porque no es tan sencillo hacer caso omiso del pasado (de hecho, el pasado nos ha conformado a cada uno individualmente y como sociedad, por medio de la cultura); como si hubiéramos aparecido por generación espontánea.
No propongo yo la simpleza de pensar que el pasado no cuenta, sino el coraje de vivir cara al futuro. Es necesario dejar de echar culpas, llorar sobre la leche derramada, pensar todo lo que seríamos o tendríamos si… Es necesario mirar para adelante y poner todo en juego, empezando por desechar resentimientos, rencores y prejuicios.
Y eso, a todos los niveles. No sólo el político, no sólo el económico, no sólo el social. También en el de la convivencia con los demás, en el del mutuo respeto del vecino, del conciudadano.
Vivir echando culpas convierte en inoperante al que escoge ese talante. Ya sea un ciudadano corriente, un político de oposición o una maestra de quinto grado.
No se trata, en absoluto, de hacer borrón y cuenta nueva. Sino de apoyarse en el pasado para construir el futuro, trabajando en el presente.
Se cuenta que en la sala de espera de un médico, un joven profesional que acompañaba a su esposa a pasar consulta se puso a platicar con un hombre mayor. El espacio era reducido y la conversación pasó poco a poco a interesar a los presentes.
El joven le decía a su interlocutor:
-Comprendo que sea difícil para su generación entender la nuestra. Hemos crecido con la Internet, con los viajes al espacio, con teléfonos celulares, con televisión satelital, computadoras poderosas…
Como el tono del muchacho se iba volviendo un poco presuntuoso, el viejo tomó la iniciativa y lo dejó con la palabra en la boca, cuando le dijo:
-Comprendo lo que me quiere decir. En mis tiempos no había nada de eso, por eso lo inventamos. ¿No sería mejor que en lugar de estar presumiendo de cosas que no han hecho, su generación se ocupara en mejorar el futuro?
¿No será, me pregunto, que por una cierta incapacidad de enfrentarse al futuro, es que seguimos tratando de solucionar el pasado? ¿No será esta una de las causas de la escasez de sangre nueva en política, en economía, en líderes sociales? ¿No será que por ese miedo al futuro preferimos la política de salón en lugar de agarrar los toros por los cuernos? Quizá sí, pero prefiero creer que es un problema más de comunicación que de realidades. Si no, me arriesgaría a que cualquier lector me dijera: mejor aplíquese el cuento a usted mismo y deje de mirar por el retrovisor.
El autor es columnista de El Diario de Hoy.
- 28 de septiembre, 2026
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