Los muros de la ignominia
Editorial –
El Heraldo, Tegucigalpa
Un nueve de noviembre, hace ya veinte años, se derrumbó el símbolo material de la división de Alemania: el muro que empezó a erigirse un 13 de agosto de 1961 a lo largo de la ciudad de Berlín, dividida al igual que el país en dos repúblicas: la Federal y la Democrática con dos sistemas políticos, económicos y filosóficos antagónicos, representando la división provocada por la Guerra Fría, que iniciada en 1948 concluyó en 1989, dos siglos después de la proclamación de la Revolución Francesa.
Esta barrera llegó a ser el símbolo oprobioso del totalitarismo en el que la razón de estado se imponía sobre cualquier otra consideración. Centenares de alemanes orientales perecieron al intentar escapar hacia Occidente en búsqueda de libertad y oportunidades materiales no existentes; en tanto otros, los afortunados, consiguieron, a riesgo de sus vidas, alcanzar su objetivo.
La caída del muro, que también simboliza el derrumbe del bloque soviético, fue posible gracias a la resistencia pacífica de los alemanes orientales, culminando con el éxodo masivo de ciudadanos hacia la República Federal que imposibilitó cualquier intento de contener esa marea humana. Al colapsar esa barrera artificial se inició el largo y costoso proceso de reunificación política, económica y mental que continúa hasta el presente.
Los idealistas soñaban que con el fin de la "Guerra Fría", al desaparecer uno de los contendientes en la lucha por el poder hegemónico del mundo, la humanidad iniciaría un período de paz y de solidaridad; que los ingentes recursos que se dedicaban al armamentismo se invertirían en la lucha para combatir el hambre y la pobreza general en todo el planeta. Pero nada de eso ocurrió.
Incluso, en lo referente a los muros, 20 dos décadas después de la caída del de Berlín se han erigido otros, tanto o más infames que aquel.
El sufrido pueblo palestino, cuyo territorio ha sido fraccionado por Israel, sufre hoy por los muros que han levantado sus verdugos para separar a unas comunidades de otras convirtiendo a sus pobladores en prisioneros en su propia tierra.
Estados Unidos prosigue en la construcción de un extenso muro a lo largo de su frontera con México, buscando impedir que inmigrantes del sur intenten llegar a la "tierra prometida" en pos del elusivo "sueño americano", hoy denegado a quienes tan solo buscan una existencia decorosa a cambio de trabajos extenuantes, víctimas de la discriminación y la explotación laboral, expuestos permanentemente a malos tratos, la cárcel y la deportación.
Las dos Coreas, la del Sur y la del Norte, separadas por una mortífera zona desmilitarizada, testimonio elocuente de la partición de la península tras una guerra que desangró a su población.
Así, aún hoy, continúan, como testigos mudos, estos símbolos de la desunión, la ignominia y la división de pueblos y naciones.
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