La peligrosa adicción de EE.UU. al dinero chino
Por Mark Landler
The New York Times – La Nación
WASHINGTON.- "Normalmente, es el país rico el que le presta dinero al país pobre. Esta vez, es el pobre el que le presta al rico", dijo el historiador económico escocés Niall Ferguson.
En marzo de 2005, un economista moderado de Princeton que había llegado a director de la Reserva Federal norteamericana acuñó una novedosa teoría para explicar la creciente tendencia de Estados Unidos de pedir dinero a países extranjeros, en particular a China, para financiar su alto nivel de gasto.
El problema, según afirmaba, no era que los norteamericanos gastaban mucho, sino que los extranjeros ahorraban mucho. Los chinos habían acumulado tanto excedente de reservas que prestaban dinero a Estados Unidos a tasas de interés muy bajas, y financiaban así el consumo norteamericano.
"Ese descomunal ciclo crediticio no podía durar para siempre", afirmó entonces, pero en una economía globalizada, la transferencia de dinero chino a Estados Unidos era un proceso que podía tardar años hasta agotarse.
Hoy, la dependencia del dinero chino que ha generado Estados Unidos parece ser mucho menos benigna. Y el economista que propuso la teoría, Ben Bernanke -presidente de la Fed desde 2006, cuando ese flujo de dinero alcanzaba cifras astronómicas- debe enfrentar las consecuencias.
En la década pasada, China invirtió más de un billón de dólares en bonos del gobierno norteamericano y deuda hipotecaria con garantía federal, lo que contribuyó a mantener bajas las tasas de interés y a alimentar la fiesta del consumo y la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos.
Según afirman ciertos economistas, China indujo a los norteamericanos a ser autocomplacientes con su estilo de vida de derroche. "Era una luz roja de alarma", afirma Kenneth Rogoff, ex economista en jefe del FMI. "Deberíamos haber reaccionado."
Retrospectivamente, muchos economistas dicen que Estados Unidos debió darse cuenta de que pedir prestado en el exterior para solventar el consumo y el gasto público no era una fórmula exitosa. Sin embargo, incluso ahora que ese punto débil se hace cada vez más evidente, Estados Unidos corre el riesgo de hacerse más adicto que nunca al crédito extranjero, debido a su necesidad de financiar los niveles récord de gasto público que demandará reactivar su colapsada economía.
Había algunos remedios que se podrían haber aplicado. Algunos críticos aseguran que Estados Unidos podría haber presionado a Pekín para que abandonara su política de mantener bajo el valor de su moneda. Si China hubiese permitido que flotara libremente, el crecimiento de sus exportaciones probablemente hubiese sido más moderado y no habría acumulado esa descomunal masa de dólares para invertir en el extranjero.
Otros dicen que la Fed y el Departamento del Tesoro tendrían que haber tomado los préstamos de China por lo que eran: un gigantesco estímulo a la economía norteamericana, no muy diferente de una baja de la tasa de interés de la Reserva Federal.
La Fed no debería haber recortado tanto las tasas de interés a mediados de esta década, y tendría que haberlas aumentado antes para ayudar a controlar la especulación inmobiliaria, según afirman esos economistas.
En medio del naufragio actual, Bernanke dijo que lamentaba que no se hubiese hecho más para controlar a las instituciones financieras e hipotecarias, lo que habría ayudado a impedir que la marea de inversiones fuese tan mal aprovechada.
La inacción responde a diversos causas. Según el criterio que parecía imperar, la relación entre China y Estados Unidos también parecía ser rentable para ambos. Ninguna tenía mucho interés en romper con la adicción: China fortalecía el crecimiento de sus exportaciones y Estados Unidos conseguía importaciones baratas y crédito internacional a bajo costo.
En Washington, China era considerada por muchos una amenaza, sobre todo porque hacía desaparecer empleo en la industria manufacturera. Otros afirmaban que los préstamos chinos eran peligrosos: Pekín podía decidir retirar sus capitales sin previo aviso y generar así una corrida desenfrenada sobre el dólar.
Bernanke ve esa marea de inversiones internacionales con ojos muy distintos. Asegura que los chinos invirtieron sus ahorros en el extranjero porque los consumidores de su país no gastan con confianza. Cambiar ese estado de cosas podría llevar años, y no representa un problema acuciante para los norteamericanos.
Traducción de Jaime Arrambide
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