Palin, la candidata de las ideas simples
Por Mario Diament
La Nación
MIAMI.- El 26 de diciembre de 1908, para sorpresa del mundo, un boxeador negro llamado Jack Johnson se coronó campeón mundial de los pesos pesados.
La hazaña tuvo lugar en Sydney, Australia, donde Johnson logró derrotar al canadiense Tommy Burns por KO técnico después de 14 sangrientas vueltas .
Hasta entonces, ningún negro había alcanzado el título en la categoría máxima, entre otras razones, porque no se les permitía competir.
Podían aspirar a medirse en otras categorías, pero el peso completo era considerado demasiado emblemático como para poner en riesgo el predominio blanco.
Johnson logró eludir los obstáculos porque su contrincante era canadiense y la pelea tuvo lugar en Australia. Desde el mismo instante en que Johnson se ciñó el cinturón de campeón, la mayoría blanca en los Estados Unidos buscó la manera de destronarlo.
No era sólo porque la continuidad de su reinado desafiaba las nociones de superioridad blanca, sino que su presencia provocaba alarmantes explosiones de entusiasmo en las comunidades negras y su arrogante comportamiento, sumado a su predilección por las mujeres blancas (sus tres matrimonios fueron con blancas), se parecían peligrosamente a una proclama de igualdad.
Durante los dos años siguientes, los cinco retadores blancos que lo enfrentaron no lograron despojarlo del título.
Cuando la situación parecía insostenible, los promotores convencieron al ex campeón del mundo Jim Jeffries de que abandonara el retiro al que se había marchado invicto. Volvió declarando: “Voy a pelear contra Johnson con el único propósito de demostrar que el blanco es mejor que el negro.”
La prensa y el público proclamaron a Jeffries “La gran esperanza blanca”. La gente (blanca) deliraba a su paso. Los comentaristas daban prolija cuenta de cada detalle de su entrenamiento.
“La pelea del siglo”
El inminente combate fue bautizado “La pelea del siglo”. Johnson y Jeffries se enfrentaron el 4 de julio de 1910 en Reno, Nevada, en medio de una concurrencia casi enteramente blanca que entonaba canciones racistas y gritaba “maten al negro”.
Aunque Johnson era el campeón, debió subir primero al cuadrilátero, porque Jeffries así lo exigió.
Pero nada de eso alcanzó a impedir el desenlace. En la 15° vuelta, después de dos caídas previas, los segundos de Jeffries le tiraron la toalla, probablemente para impedir que Johnson ganara por KO.
En muchos sentidos, el fenómeno de Sarah Palin asume características similares. Es evidente que las multitudes que deliran con su presencia son abrumadoramente unirraciales, motivadas por la mágica aparición de la “barracuda de Alaska”, capaz de curarlas de la depresión en la que estaban sumidas frente a la perspectiva de tener que votar a John McCain para impedir que alguien como Barack Obama llegara a la Casa Blanca.
En un acto de asombroso travestismo, Obama es presentado como el privilegiado producto de universidades prestigiosas, el intelectual elitista imbuido de ideas foráneas, mientras Sarah Palin asume el papel de la mujer del pueblo, la madre quintaesencial, la que corporiza los valores tradicionales de la sociedad norteamericana como Dios, nación y familia.
Por eso, su pobre desempeño, en la entrevista que le concedió al periodista Charles Gibson, de la cadena ABC; su obvia falta de conocimiento de las cuestiones internacionales; sus respuestas vagas y prefabricadas difícilmente vayan a tener algún efecto sobre su masa de adoradores.
Lo que Sarah Palin está demostrando es que el conocimiento, la formación, la cultura y la experiencia no son valores necesarios para gobernar.
Basta con ser una pitbull con lápiz de labios y posar con una familia numerosa, aún cuando lo que diga no sea rigurosamente cierto y su apego a la moral no haya podido impedir una maternidad adolescente.
Inteligencia sospechosa
Hace tiempo que la inteligencia se ha vuelto sospechosa y un candidato de raza mixta y además, inteligente, es más sospechoso aún.
La exaltación de la ignorancia recubierta de falso nacionalismo no es propiedad exclusiva de los norteamericanos (recuérdese el famoso lema “alpargatas sí, libros no”), pero tampoco es ajena a ellos.
El país que quiere a Sarah Palin no quiere escuchar palabras difíciles ni conceptos complicados. Quiere a alguien como ellos, capaz de separar sin titubear a los buenos de los malos, como en una película del Oeste.
El país que quiere a Sarah Palin no entiende a Barack Obama. Ninguno de ellos conoce a nadie que se parezca a Obama ni mucho menos, a alguien que tenga un nombre parecido.
Para ese país, Sarah Palin es como Jim Jeffries, “la gran esperanza blanca”. Jack Johnson comprendió muy bien lo que tenía delante en esa histórica noche de 1910 y no se dejó amedrentar.
Es de esperar que Barack Obama tenga un instinto parecido.
- 28 de septiembre, 2026
- 28 de septiembre, 2026
- 1 de octubre, 2012
- 24 de septiembre, 2026
Artículo de blog relacionados
Diario de América Hay en la naturaleza un orden espontáneo, es decir, una...
6 de agosto, 2015Editorial – Libertad Digital, Madrid Como en tantas otras ocasiones, Jean-François Revel dio...
10 de enero, 2011Por Christoph Driessen El Mundo.es ¿Cómo es posible que un ignoto fanático con...
10 de septiembre, 2010- 17 de marzo, 2024













