La guerra simbólica
Por Mariano Grondona
La Nación
En 1827, bajo el mando del general Alvear, el ejército argentino derrotó al ejército brasileño en la batalla de Ituzaingó. Fue la primera y la última vez que se enfrentaron. En los 181 años que siguieron, ya no hubo guerra entre Argentina y Brasil. No hubo guerra, pero hubo competencia. Ayer, la cuerda emocional de los argentinos vibró junto a la divisa blanquiceleste en la competencia de Pekín.
¿Pero es que hay alguna relación entre la tragedia de la guerra y la fiesta del deporte? Cuando decimos que el deporte es, después de todo, una guerra incruenta, sospechamos que la hay. En la guerra, los hombres buscan la gloria a través de la muerte. Pero una vez que cesa la guerra, no se agota por eso el instinto humano de la agresividad. Simplemente, se desvía. Los hombres buscan la gloria, a partir de ahí, en el certamen. Flamean entonces, bajo nuevas formas, los colores patrios. Lo acabamos de confirmar en China, donde millones y millones de voces, desde los cuatro rincones de la Tierra, vivaron a sus patrias. En esta edad que ha condenado a la guerra, la patria sobrevive simbólicamente en el certamen.
Ayer, la Argentina y Brasil celebraron un nuevo capítulo de su guerra simbólica. Pero la competencia deportiva, sin caer en la guerra, igual exige el máximo esfuerzo a los atletas que representan a la patria. Decía Aristóteles que la guerra es el supremo desafío porque en ella los hombres ponen a prueba su destreza y su valor. Cuando el enemigo de otrora se transforma en el rival de hoy, no cesa por eso su función enaltecedora. El rival es un colaborador necesario porque, si no fuera por él, no trascenderíamos nuestros propios límites. Sin competencia, no habría excelencia.
Antes de emprender una batalla, los romanos consultaban el vuelo de las aves. De él extraían la energía sin par de los presentimientos favorables. Ya se llamen Messi o Agüero, ¿cumplen hoy nuestros jugadores, nuestras “aves”, esta misteriosa función anticipatoria? Digan lo que dijeren los mercados que nos ignoran y los conflictos que no nos abandonan, quizás haya otras luces que emiten, generosas, las señales que estamos aguardando.
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