Quién gobierna el mundo
Por Valentí Puig
ABC
Tuvo que ser Giscard d´Estaing quien inventase el G-6, ahora G-8. Lo concibió como charlas junto a la chimenea entre los líderes de los países más industrializados del mundo. Desde el primer encuentro de 1975, en Rambouillet, los grandes celebran cada año ese cónclave cada vez más devaluado y, de hecho, feliz oportunidad para que las cámaras capten los tumultos del encuentro alternativo de la antiglobalización -también decreciente- y todo se convierta en un suflé mediático.
La receta está en manos de los “sherpas” -altos funcionarios, uno por cada país, con la confianza de sus mandatarios- que llevan meses atando cabos para el comunicado final, que es lo que más importa. No causaría sorpresa que el G-8 de este año, en Japón, fuera el último, porque el mundo ha cambiado tanto que la economía fluye por internet y los países que cuentan ya no caben junto a la vieja chimenea. Lo que hay es que de una parte es obvia la conveniencia de ampliar la convocatoria -China, Brasil, India- y por otra lo más indicado sería instrumentar modos de cooperación mundial más representativos y eficaces.
Inicialmente estaban Francia, Estados Unidos, Reino Unido, Alemania -la occidental, claro-, Japón e Italia. Al año siguiente apareció Canadá. Luego comenzó a asistir la Unión Europea. Desunida la Unión Soviética, Rusia se integró en 1997. Representan un 65 por ciento del producto bruto mundial y un notable conjunto nuclear.
En su segundo mandato, Aznar aspiró a que España estuviera en el G-8. Si su fundación se debe en gran parte a la crisis petrolífera de los setenta, ahora el G-8 tiene en la agenda real otra subida del precio del crudo, inflación expansiva y altos precios alimentarios que han provocado algaradas en más de treinta países. Este año, el G-8 comenzó con una siembra de árboles en plan simbólico y una cierta vaguedad decisoria respecto al cambio climático.
Según “Forbes.com”, el grupo carece de prioridades comunes y las decisiones que se toman -ayuda exterior, planes ecológicos- acostumbran a ser papel mojado. En efecto: si lo crucial del momento es la energía, poco tienen en común al respecto Estados Unidos, Rusia o la Unión Europea. En cuanto al riesgo atómico iraní, los intereses son contrapuestos.
Hablamos mucho de gobernanza mundial. Lo cierto es que, en cuanto a la economía, el orden mundial concebido después de la Segunda Guerra Mundial -FMI, Banco Mundial- quedó ya muy tocado por el fin de la Guerra Fría y mucho más con la globalización. La gobernanza mundial se ha convertido en la lámpara de Aladino. Una ONG llamada Movimiento Federalista Mundial -inevitablemente subvencionada por la ONU- cuenta con 50.000 afiliados.
En el ilusionismo de la armonía mundial unos urden mentalmente una nueva trama institucional, del mismo modo que otros creen en los poderes ocultos de la Trilateral o del Club de Bilderberg. Es el mito de la sinarquía, el gobierno secreto, un directorio económico en la sombra. Todo viene acelerado por la interconexión galopante entre los factores, en un momento en que cuando los chinos se ponen a comer filetes de ternera el orden económico mundial se desestabiliza. Es realmente difícil concebir un gobierno mundial cuando nadie se pone de acuerdo sobre la proliferación nuclear, en las negociaciones de la Organización Mundial del Comercio o con Mugabe fuera de la cárcel. Ahora mismo, el modelo europeo no anda sobrado. Lo máximo concebible según la realidad son dispositivos de gobernanza pragmática y operativa.
Ayer, por ejemplo, los líderes del G-8 acordaron más o menos combatir el efecto invernadero, pero quienes más contribuyen a tal efecto son China y India, de quienes se espera con buenos deseos que también reduzcan sus emisiones. Sin objetivos más específicos, el encuentro del Japón tiene las características de lo vaporoso. Mientras tanto, la retórica del proteccionismo reaparece en Europa y, en Estados Unidos, Obama no la desdeña. Peligra la ronda de Doha, en unas semanas. En ese marco de la Organización Mundial del Comercio, los acuerdos significarían un incentivo para el proceso económico en todo el mundo, precisamente en un momento de notable desaceleración e incertidumbre. Eso es de la mejor política global, en un mundo precariamente regido al mismo tiempo por el azar y la necesidad.
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