¿Genera riqueza el iPhone 5?

La aparición del nuevo smartphone de Apple ha dado lugar a una
intensa polémica sobre cuáles van a ser los efectos de su producción y
adquisición masiva por parte de los consumidores estadounidenses. Por un
lado, el premio Nobel de Economía, Paul Krugman, ha equiparado las compras desenfrenadas de Iphones con un estímulo económico de carácter privado. Por otro, el economista austriaco Pater Tenebrarum toma una posición absolutamente opuesta: decir que el iPhone 5 genera riqueza es caer en la famosa falacia de la ventana rota, (en inglés).
Mi postura es intermedia a la de los dos, si bien algo más cercana a
la de Tenebrarum. Como a continuación trataré de explicar, en el fondo
ambos economistas tropiezan con el mismo error.
El estímulo privado de Paul Krugman
El Nobel afirma que cualquier persona que piense que las ventas
del iPhone estimulan la economía es un “keynesiano”, pues, consciente o
inconscientemente, esa persona cree que el problema de la economía no
reside en la oferta, sino en la insuficiente demanda. Dice Krugman que
“los trabajadores dispuestos y capaces no pueden encontrar empleo porque
los empresarios no pueden vender lo bastante para justificar su
contratación”, de modo que basta con incentivar un mayor gasto, público o
privado, para que se relance la creación de empleo y, en suma, la
superación de la crisis.
Huelga decir que Krugman incurre en las típicas simplificaciones de
las que muchas veces se acusa, con razón, a los antikeynesianos: La
Teoría General es mucho más que un chascarrillo subconsumista que reduce
todos los problemas económicos a una insuficiencia de las ventas de
bienes de consumo. Para Keynes, el problema fundamental de las economías
capitalistas es la insuficiencia crónica de inversión privada debido
no, como sostiene Krugman, a una caída del consumo, sino a un
enturbiamiento de la rentabilidad esperada de las inversiones (y, en el
mundo de Keynes, la eficiencia marginal del capital no depende de la
propensión marginal a consumir). Pero bueno, dejando de lado que el
keynesiano Paul Krugman no comprenda o no describa adecuadamente a
Keynes (para un análisis más amplio de la obra del inglés puede
consultarse mi libro Los errores de la vieja Economía), lo cierto es que sí existe una (mala) teoría detrás de los razonamientos del Nobel que conviene desmontar.
Sólo hay dos maneras de adquirir un iPhone 5: O pagándolo con bienes
que el comprador ya ha producido y vendido previamente o dejándolo
pendiente de pago (deuda). Krugman, y en general el keynesianismo, no
distingue adecuadamente entre ambas posibilidades, acaso por reputarlas
equivalentes en medio de una depresión (las dos tienen el mismo efecto
sobre la demanda), pero sí conviene separarlas. En la primera, el
consumidor ya ha fabricado riqueza para el mercado y tiene pendiente de
cobro la contraprestación por esa riqueza fabricada (pago al contado);
en el segundo, el consumidor todavía no la ha fabricado, sino que espera
hacerlo en el futuro (pago diferido).
Keynes siempre concentró su atención en que quienes ya hubiesen
generado riqueza no desearan gastarla (en bienes de inversión, no tanto
de consumo) sino que, en cambio, optaran por atesorar el dinero. Pero el
problema real de nuestras economías procede de un abuso de la demanda
basada en la deuda: qué sucede cuándo la estructura productiva de una
economía se ha adaptado a atender un volumen desproporcionado de demanda
que está basada, en un gran porcentaje, en la asunción expansiva de un
volumen de deuda que se teme no vaya a poder amortizarse: porque, por
ejemplo, los bienes futuros con que se esperaba repagar ese volumen
expansivo de deuda o no vayan a fabricarse o no vayan a poder venderse a
precios que permitan amortizar toda la deuda (es lo que sucede en las
burbujas de activos, sobre cuya base elástica se erigen pirámides de
deuda).
Si lo pensamos bien, el caso de que los agentes económicos sigan
generando riqueza pero se nieguen a gastarla es bastante raro: si no
consumen, deberían invertir; y si no invierten por no encontrar planes
de negocio adecuados, deberían proceder a reducir su endeudamiento; y si
no reducen su endeudamiento, deberían incrementar sus saldos de caja,
lo que a su vez permitiría que los bancos expandir sus descuentos
comerciales y proporcionar liquidez a las empresas productoras de bienes
de consumo altamente demandados (recordemos que en la actualidad, los
saldos de caja de los agentes suelen tomar la forma de depósitos
bancarios y los depósitos son un préstamo al banco que le habilita a
incrementar, a su vez, sus préstamos a corto plazo). En este mundo, a
efectos de actividad económica, lo mismo da aumentar el consumo que el
atesoramiento, pues todo él termina reconduciéndose a generar riqueza
para el consumidor presente o futuro.
Pero no parece que nos hallemos en ese escenario. Si se dieran las
condiciones temidas por Keynes, deberíamos estar asistiendo a una rápida
reducción del endeudamiento de los agentes, a una mejora sustancial de
la liquidez del activo de familias y empresas y a una expansión del
crédito sano de los bancos. Pero, por el contrario, nos encontramos con
familias y empresas quebrando, con una demasiado lenta reducción de la
deuda, con saldos de caja concentrados en las unidades productivas más
rentables y con un crédito bancario timorato y estancado. Es decir, nos
encontramos con un mundo muy parecido a aquel en el que las compras
basadas en la deuda colapsan por incapacidad de la estructura productiva
para alumbrar las mercancías que permitan un ordenado cumplimiento de
todas las obligaciones asumidas por los agentes.
Y, en este contexto, sostener que el endeudamiento familiar o
empresarial para adquirir un iPhone 5 estimula la economía es un
completo despropósito: si quien se endeuda no puede hacer frente a sus
pasivos futuros, la compra de iPhones estimula tanto la economía como lo
hicieron las subprime (recalentón cortoplacista que nos aboca al
colapso futuro); y si quien se endeuda puede hacer frente a esos
adicionales pasivos futuros, lo único que tenemos es un mayor consumo
presente a costa de un menor consumo futuro (estímulo cortoplacista).
En suma: de cara a estimular la economía y sacarla de la depresión,
las adquisiciones de iPhones o son irrelevantes (cuando se realizan o
con producción pasada o con producción futura que sí se generará y
comercializará) o contraproducentes (cuando se realizan con producción
futura que no llegará a existir o que no podrá venderse).El problema de
la economía no es que no se demanda lo suficiente, sino que la
estructura financiera de los agentes económicos tiene que readaptarse y
estabilizarse en un mundo donde los impagos todavía no han terminado y
la estructura productiva de los agentes tiene que readaptarse a un mundo
con una demanda basada en la deuda mucho menos basada en la deuda.
La ventana rota de Tenebrarum
Tenebrarum critica a Krugman empleando uno de los argumentos que
nosotros hemos utilizado: Que los consumidores no adquieran iPhones 5 no
significa que no vayan a comprar otros smartphones u otros bienes de
consumo o de inversión. En este sentido, la adquisición de iPhones no
añade nada de demanda al mercado: es un caso típico de la falacia de la
ventana rota (se ve lo que se adquiere pero no se ve lo que se deja de
adquirir).
El argumento de Tenebrarum es, en general, acertado, pero mucho me
temo que no ataca la línea de flotación del keynesianismo: para Krugman,
el gasto que se realiza en iPhones no procede de la no realización de
otros gastos, sino de la no realización de ningún gasto. O dicho de
manera menos enrevesada, para Krugman los consumidores que compran un
iPhone 5 no dejan de comprar nada, sino que financian su adquisición con
cargo a saldos de tesorería que estaban dejando ociosos. Ni Krugman ni
Keynes detectan ninguna ventana rota, porque el coste de oportunidad de
adquirir un iPhone 5 es dejar de atesorar dinero y ellos reputan nocivo y
antieconómico ese atesoramiento de dinero (de nuevo, para un estudio
más detallado de las funciones económicas del atesoramiento puede
consultarse mi libro Los errores de la vieja Economía).
Mas no me interesa destacar en estos momentos las carencias de la
crítica de una de las vertientes de la Escuela Austriaca a Keynes (y a
Krugman), cuanto las implicaciones que parecen derivarse del texto de
Tenebrarum: Que, en lo relativo a la generación de riqueza, lo mismo da
que los consumidores compren un iPhone 5 o un Nokia Lumia o 500 kilos de
patatas; unos bienes y otros son intercambiables en tanto implican un
mismo volumen de gasto. Quede claro que, aunque Tenebrarum coquetea con
esta interpretación, él mismo deja claro que el caso de Apple no encaja
bien con la falacia de la ventana rota en la que él mismo ha querido
encajarlo: “El iPhone de Apple es ciertamente diferente [a la falacia de
la ventana rota] en un punto: El iPhone 5 sí satisface los deseos de
los consumidores. Los beneficios de Apple proporcionan suficiente
evidencia a este respecto”. Sucede que lo que Tenebrarum considera un obiter dictum a
su equiparación de comprar iPhones 5 con destruir el escaparate de un
tendero yo lo reputo el aspecto esencial que permite realmente
separarnos de toda la neblina keynesiana.
Al cabo, el fin de toda producción es el consumo (presente o futuro).
La inversión sólo tiene valor en tanto en cuanto proporcione en cada
momento los bienes que los consumidores reputan como más valiosos: Y ese
test de mercado sólo es superado cuando esos consumidores están
dispuestos a pagar por el bien que se les ofrece un precio superior al
coste de oportunidad de haberlo fabricado. Dicho de otra manera, aunque
la compra de iPhones 5 no contribuye a generar nueva riqueza, su
fabricación sí ha sido posible gracias a la acumulación pasada de
riqueza (toda la inversión que realiza Apple con cargo al ahorro que
consigue captar) y, sobre todo, sí convalida que toda esa inversión ha
sido correctamente realizada. Y cuanto más valioso reputen los
consumidores al iPhone (cuanto más estén dispuestos a pagar por él), más
acertadas habrán sido las inversiones empresariales de Apple: esto es,
más riqueza habrá contribuido a crear la compañía.
Los hay, como el propio Krugman, que afirman que Apple genera riqueza
a costa de destruir otra riqueza (por ejemplo, los iPhones 5 vuelven
obsoletos los iPhones 4s). Pero semejante argumento sólo olvida que
prácticamente todo el progreso económico –sobre todo el de carácter más
disruptivo– conlleva la destrucción de otra riqueza acumulada
previamente: la invención del automóvil destruyó la “riqueza” acumulada
en forma de carruajes; la comercialización futura del Google driverless
Car (o cualquiera de sus variantes) destruirá la “riqueza” acumulada en
forma de vehículos que requieran de conductor; y la eventual invención
de coches-avión destruirá la “riqueza” materializada en Google
driverless Cars, en carreteras, autopistas, señales de tráfico, etc.
Nada de esto lo vemos como algo anormal o criticable, pero lo único que
cambia con respecto a Apple son dos cosas: Una, que el lapso temporal de
la innovación disruptiva es mucho más corto en el caso del iPhone (cada
año Apple saca un nuevo modelo); dos, que algunos consideramos las
innovaciones del iPhone cada vez menos revolucionarias.
Lo primero no es malo (al contrario, ojalá el progreso técnico se
acortara cada vez más); y lo segundo es algo que sólo puede decidir
soberanamente cada consumidor. ¿Le compensa dejar de comprar cualquier
otro bien de consumo (o de inversión) para adquirir un nuevo modelo de
iPhone con escasas (o amplísimas, según considere) mejoras incrementales
frente al anterior? Si el consumidor responde que sí, es que valora las
innovaciones que introduce el iPhone 5 frente al 4S (o a cualquier
modelo, de Apple o no, que posea) más que cualquier otra cosa que pueda
adquirir con ese dinero. Si responde que no, Apple se comerá los iPhones
5 con patatas y resultará que toda la inversión que ha realizado para
crear un nuevo smartphone habrá sido errónea. Cada uno de nosotros vota
continuamente entre estas dos opciones en el mercado: De momento, la
mayoría de la gente sí observa cambios lo suficientemente sustanciales
como para dejar de consumir o de invertir en otros bienes; pero tal vez
llegue un momento en que esto deje de ser así. Sólo entonces cabrá decir
que Apple ha dejado de generar riqueza: hasta entonces, no.
En definitiva, la venta masiva de iPhones 5 no tiene nada que ver con
la falacia de la ventana rota: si el gamberro que destruye el
escaparate de un tendero no genera riqueza es porque el tendero no
deseaba remplazar el cristal, sino que hubiese preferido adquirir otros
bienes distintos con ese dinero. La acción del gamberro conlleva unos
costes de oportunidad para el tendero que son superiores a la utilidad
que le proporciona un escaparate nuevo (antes de que el gamberro lo
rompa). Con el iPhone 5 sucede lo contrario: los consumidores lo siguen
reputando más valioso que sus alternativas de gasto y, por tanto, aunque
no es la base de la creación de nueva riqueza, sí es su culminación y
convalidación.
Al final, el asunto es muy sencillo: ¿Habría generado riqueza Apple
si en lugar de presentar el iPhone 5 hubiese comenzado a comercializar
un móvil similar al Nokia 3210? No. ¿La habría generado si, en lugar del
iPhone 5, hubiese presentado de sopetón el que será dentro de dos
décadas el iPhone 20? Sí, y la habría generado en mayor medida que con
el iPhone 5. A mayor satisfacción del consumidor, mayor riqueza ha sido
capaz de generar una empresa con sus decisiones pasadas de inversión
(tal como, por otro lado, se reflejará en sus cuentas de resultados).
Conclusión
Es un defecto propio del keynesiano el fijarse sólo en la corriente
monetaria sin plantearse qué hay debajo de la misma. Lo importante, para
ellos, es que haya gasto: En qué se gaste es un asunto mucho menos
relevante. De ahí que, por ejemplo, los keynesianos promuevan el consumo
público o las inversiones en proyectos con rentabilidad negativa. La
satisfacción de los consumidores presentes o futuros carece de valor: la
única finalidad de un sistema económico es generar empleo en lo que
sea. Convendría que la Escuela Austriaca no cayera en esas mismas
trampas. Cuando el consumidor elige soberanamente cuándo y qué quiere
consumir nos está indicando qué es y qué no es riqueza: qué bienes
satisfacen de mejor manera y en cada momento sus necesidades. Reducir la
elección libre del consumidor a la falacia de la ventana rota es
considerar que, de cara a la generación de riqueza, sus preferencias
son, como plantean Keynes y Krugman, irrelevantes. No sólo no lo son,
sino que constituyen la pieza angular para distinguir qué es y qué no es
riqueza.
https://juanramonrallo.com
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