El nepotismo es irreconciliable con un Estado de Derecho
Por Armando de la Torre
Siglo XXI
Nos hallamos desfasados. El concepto de nepotismo ya no gira, en exclusiva, alrededor de esa “preferencia desmedida que algunos dan a sus parientes para las gracias o empleos públicos” (como lo define la RAE).
Hoy se le hace extensivo a los casos de favoritismos gremiales ilegítimos, muy diferentes a aquellos que otrora se basaban en la comunidad de sangre.
Entre los militares, por ejemplo, abarca a los miembros de la misma promoción del que dispensa los favores. O entre los empresarios, a sus socios, contratistas y empleados de ayer o de siempre. Entre los políticos, a los afiliados a sus partidos respectivos, por más ineptos o corruptos que se hayan evidenciado.
Entre los académicos, sobre todo a la hora de los ascensos, a quienes les son ideológicamente afines, independientemente de su capacidad para pensar. O entre el clero, para algunos obispos, a cualquiera de su misma vocación, como se constató en Boston hace unos años con el encubrimiento de curas pederastas, y aquí, peor -bajo el manto del “martirio”-, a cuantos se hubieren involucrado en actividades subversivas, ajenas al Evangelio (por no hablar de esos hijos bastardos que devienen oficiosamente “sobrinos”, aunque sean miembros declarados de bandas de ladrones de imágenes religiosas).
La roca jurídica sobre la que descansa todo Estado de Derecho es la igualdad universal ante la ley, como lo establece el artículo 4º. de nuestra Constitución. Cada acto de nepotismo estatal se constituye, así, en contradicción explícita de este principio.
Naturalmente, quienes suelen legislar a favor de sí mismos no tienen interés en que este hormiguero se remueva. Y aun entre los encargados de interpretar (los jueces), o de ejecutar, (los gobernantes) tampoco.
Por eso la figura del “nepotismo” no existe en la legislación penal guatemalteca, ni la de la “obstrucción de la justicia”, que afectaría gravemente a ciertos fiscales con hábitos de güizaches. Y sí incluye, en cambio, la del “cohecho activo”, que asegura permanentemente a los burócratas su impunidad en la práctica del “cohecho pasivo”.
Es más, me atrevería a decir que tales nepotismos cada vez más arraigados entre nosotros son la causa definitiva de las carencias de nuestras reglas del juego (y de nuestro consiguiente atraso económico y social). Una hemorragia fatal, a la que se traducen tantos privilegios con los que nos empobrecemos mutuamente y expulsamos a nuestros emigrantes hacia países de mayor seriedad profesional.
Nos ha endurecido el menosprecio para esas leyes que sabemos de antemano han sido promulgadas para satisfacer intereses espurios de grupos de presión cercanos al poder nepotista de turno (de dirigentes sindicales, ONGs mercenarias, hasta del crimen, organizado o no).
Una sociedad fácil al nepotismo es una sociedad que hierve en conspiraciones para expoliar a los demás por medio de la legislación. Es caldo de cultivo para amparar “medidas de hecho”, por definición nugatorias de todo derecho. El único oxígeno que respiran los “buscadores de rentas”. El arma obvia de los dictadores populistas a lo Castro o a lo Chávez. Triunfo del cínico, del descarado y del sinvergüenza.
Se alza como un Everest inescalable en la formación del carácter de los jóvenes. Receta ideal para regresar al fondo del Tercer Mundo (Cuba), o no salir jamás de él (Haití).
La familia nuclear ya no ejerce las múltiples funciones de antaño (la educación esmerada, el diario empeño por una alimentación sana, el cuidado alerta de la salud de cada cual, la previsión del ahorro para el otoño de la vida…) Otras instituciones del moderno Estado benefactor se han apropiado de ellas por decreto.
En la misma medida en que la responsabilidad individual se nos ha escapado de entre las manos…
Y todo, al final, también atribuible a la ligereza con que nos hemos acostumbrado a tolerar cualquier forma de nepotismo en nosotros y en los demás.
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