Experiencias en Argentina y Bolivia: No todos los autoritarios tienen uniforme
Por Emilio J. Cárdenas
Fundación Futuro Argentino
1. Un inevitable “exordio doméstico”.
Como Ud., lector, esta semana estuve algo angustiado. Mirando, con profundo dolor, a mi Patria. Aquella que, por generaciones, forjaron nuestros antepasados (los que protagonizaron una epopeya de la que estamos legítimamente orgullosos; la que ahora se nos quiere escamotear burdamente, proponiéndonos que la historia empieza recién mañana, porque el ayer no existe). No fui el único preocupado, como veremos.
En la primera página de “La Nación” del 2 de abril pasado -la reservada para los “príncipes” de la pluma- Carlos Pagni publica una nota, que titula, con acierto: “La anulación del disenso”.
En ella denuncia que la Presidente de los argentinos, Cristina Fernández (que es Kirchner), reclamó para sí – durante el “acto” del 1° de abril en la Plaza de Mayo (concentración que fuera un ejemplo del “hire a crowd” del que nos hablan los sociólogos políticos, cuando se paga al público por concurrir a un acto masivo y servir así de dócil eco a un mensaje político)- “la representación absoluta de la sociedad”. Y así fue.
Nada de diálogo. Todos debemos escucharla y hacer solamente lo que ella quiere, porque tiene todas las respuestas. Y si no las tiene, las inventa, muy suelta de cuerpo. Como ha quedado probado con la “crisis del campo”, en la que quedó a la vista que a veces habla de lo que no sabe.
Esto es así porque ella -nos dice- “es” el pueblo. Y el pueblo (“ella”) no se equivoca. Guste o no. Esta forma de pensar (enseña la historia) tiene un grave problema: presume la ignorancia y la apatía de los demás.
El “veredicto de las urnas” se ha transformado en el único componte de la “democracia”, en su concepción peronista. Peor, en una suerte de “licencia” irrestricta para el despotismo. Uno que prohíbe tajantemente tener opiniones “distintas” a la oficial. Pero que, además, autoriza a la Presidente -y a su marido- a concentrar poder; modificar a voluntad el sistema fiscal de la Constitución, de manera de generar fondos no co-participables que obliguen a todos a “comer de la mano” del matrimonio que nos gobierna; transformar a la Legislatura en un mero “sello de goma”; y controlar -desde el Consejo de la Magistratura re-diseñado por la Presidente, cuando estaba en el Senado de la Nación- la acción de nuestra Justicia.
De democracia real, poco y nada. De libertad de opinión, cada vez menos. De realismo, el tiempo dirá. Pero el final de un feo ciclo de nuestra política, el de una nueva etapa de claro autoritarismo (la de la “patria patotera”) puede haber comenzado a aparecer.
La Plaza de Mayo nos entregó, entonces, una nueva y evidente manifestación de “autoritarismo criollo”. Uno crispado. Sordo. Sin sonrisas. Caracterizado por el odio, las descalificaciones, y los resentimientos.
Si miramos al mundo, advertiremos rápidamente que no todos los autoritarios portaron -o portan- uniformes militares. Los hay vestidos de civil. Pocos, muy pocos ciertamente, con ropas femeninas.
En muy pocos meses pasamos así de tener la “primera mujer” Ministro de Economía -que debió abandonar precipitadamente su cargo agobiada por acusaciones de corrupción- a tener la “primera mujer” que (electa) se desempeña como Presidente de los argentinos que asume una posición autoritaria, exigiendo imperiosamente que sus ideas, transformadas en “discurso único”, sean las que solamente pueda aceptar la sociedad. Cualquier disenso con ellas transforma al disidente automáticamente en “golpista”; como en Venezuela. Increíble. El diálogo, como instrumento de convivencia, ha quedado, “de prepo”, excomulgado. Solo nos queda “seguir” mansamente “a la única que sabe”. Como propuesta, bien difícil de aceptar.
Esto poco y nada tiene que ver con la declamada “condición de mujer” esgrimida desde los micrófonos.
Para los servidores públicos, según la nueva teoría política que se nos predica, ya no es más necesario escuchar las voces de sus “mandantes”. Son éstos los que, en cambio, deben escuchar -dócilmente- a sus “mandatarios”. Sin tener opinión alguna. Y mucho menos, disensos. El mundo, de pronto, al revés.
De un plumazo, ese anti-democrático mensaje nos llegó envuelto en el bramido -tan selvático como monótono- de los “bombos” y la apatía de una “multitud” alquilada, que no se enfervorizó con nada y disparó presurosa “pa las casas” ante el primer amago de lluvia.
2. El profundo “caos” boliviano se cobra una nueva víctima.
Vayamos ahora a lo que es habitual en esta columna, a las cuestiones que pertenecen al panorama internacional.
Esta vez nos ocuparemos de Bolivia, país que atraviesa una situación límite, por lo que es hoy visitado por una “misión” del Secretario General de la OEA encabezada por nuestro conocido Dante Caputo, que ha convocado en su auxilio a los Cancilleres de los países amigos, entre ellos el nuestro.
El actual caos boliviano es hijo del mismo problema que nos aqueja a nosotros: la imposibilidad de dialogar provocada por la arrogancia. En este caso, de Evo Morales y su grupo.
Como consecuencia, Bolivia está enfrentada, dividida, crispada y en crisis. Dentro y fuera del gobierno. La intolerancia es rayana y los peligros son diversos y bien conocidos. Incluyendo la disgregación política y social.
En este difícil escenario la “tropa propia” de Evo Morales acaba de sufrir una “baja”, bien importante.
Ocurre que también en Bolivia hay “bandos” entre los seguidores de un Morales que es, a su vez, seguidor de Chávez, que admite ser -él mismo- seguidor de Fidel Castro.
Pero, como se verá, los “seguidores” tienen sus propias ambiciones y se dividen (abierta o sordamente) en facciones o grupos que intrigan unos contra otros en su lucha sorda por tratar de acercarse lo más posible al poder.
Evo Morales, que ha empantanado gravemente a Bolivia y a su pueblo, tiene a sus colaboradores más inmediatos divididos en dos grandes grupos. (A la manera de las dos “huestes” opuestas que, en nuestro propio medio, responden sea a Julio De Vido, sea a Alberto Fernández).
En Bolivia, por una parte están los llamados “tecnócratas”. Estos son, casi todos, operadores marxistas liderados por el Vice-presidente, Alvaro García Linera y por el Ministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana.
Por la otra aparecen, los llamados “indigenistas”, que están a su vez liderados por un personaje increíble, me refiero al archi-primitivo Canciller David Choquehuanca, cuya influencia se ha ido paulatinamente destiñendo frente a Evo Morales, lo que era previsible en función de la mejor “preparación” intelectual de los “tecnócratas”.
Con Choquehanca coincidían el “vocero” de la Presidencia, Alex Contreras, un periodista “duro” y ex dirigente “cocalero” del Trópico de Cochabamba, y la obsecuente Presidente de la Convención Constituyente, Silvia Lazarte, una indigenista “ultra”. Los tres, en conjunto, son la expresión más pura de lo que “piensa” el MAS.
Para el más intelectual García Linera -un ex subversivo que es -en rigor- una suerte de Verbitsky boliviano- para poder avanzar es necesario dar -tácticamente- algunos pasos al costado, sin por ello renunciar a los objetivos estratégicos. Gobernar, cree, no necesariamente supone aplanar y aplastar a la sociedad con una topadora, porque sabe que esto tiene sus riesgos.
Para los “indigenistas”, en cambio, desde que accedieron al poder los demás simplemente no existieron nunca. No se detuvieron siquiera a escucharlos. Había que imponerse a ellos, que “pasarles por encima”. Sin concesiones. Especialmente mediante la fracasada (e ilegal) reforma constitucional fogoneada por el MAS.
En la “pulseada”, Morales acaba de perder el intrigante periodista Alex Contreras, que ha renunciado a su cargo de “vocero presidencial” con una carta que hizo pública, de tono altivo y disonante, que ha generado el “rechazo” inmediato de su ex patrón.
Curiosamente, Alex Contreras renunció en nombre (presuntamente) de la “libertad de opinión” y de lo que ahora describe como una necesidad de “diálogo con todos los sectores antes que la violencia; de la libertad de expresión antes que la censura; de la transparencia antes que la corrupción; de la gestión antes que la desinformación”, agregando que la “calidad de la información define la de la democracia”. Notable camaleón.
Ocurre que desde la Presidencia se envió una circular a más de mil medios de comunicación en la que se amenazaba, no demasiado veladamente, a la libertad de prensa.
Al cumplirse poco más de dos años del ineficaz “gobierno” masista, Bolivia es, repito, un verdadero pandemonio y, por esto, acaba de cobrarse una nueva víctima, una del riñón mismo de Morales: Alex Contreras, lo que delata las divisiones que afectan al heterogéneo “equipo de gobierno” de Evo Morales. Y lo complejo que, para algunos, va a ser superar el desafío de tener que ceder en algo para poder permanecer unidos. El de actuar democráticamente, entonces.
El autor es ex Embajador de la Argentina ante las Naciones Unidas.
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