De camaleones y tibios
Por Marieta Benegas Lynch
Para el Instituto Independiente
Si hay algo agradable en una persona, son sus buenos modales. Hacen más placentera la vida con los demás. Quienes no los poseen, demuestran prepotencia hacia los otros y poca consideración, en definitiva, falta de respeto.
Sin embargo, los buenos modales no suponen el esconder la personalidad, ni diluir las propias convicciones en una resplandeciente sonrisa aduladora y conformista. Las buenas formas se complementan perfectamente cuando están acompañadas del sello personal, de la propia opinión.
Lamentablemente, suele ser bien visto quien no se aventura demasiado en sus apreciaciones, quien queda bien parado frente a unos y otros. Quien en apariencia resulta “impoluto”. Es una buena forma de no quedar expuesto a críticas muchas veces despiadadas y a contraponer ideas con argumentación precisa. En innumerables ocasiones quien dice claramente lo que piensa es visto como un inadaptado.
Los gobiernos, quienes son simplemente una extensión de la sociedad, suelen recurrir a éste tipo de proceder para quedar bien con Dios y con el diablo. De ésta manera terminan convirtiéndose en una caricatura deforme sin ningún tipo de autoridad frente a los ciudadanos con algún sentido común.
En los últimos tiempos, no ha habido día en el que no tengamos noticias de Hugo Chávez en relación a Colombia.
¿Alguien duda que al presidente venezolano sólo lo mueve su interés totalitario? ¿No ha sido suficiente el tener que soportar que solicite a la comunidad internacional que no se trate a las FARC como grupo terrorista? ¿No resulta intolerable que en el canal estatal venezolano Telesur, se haga referencia a los secuestrados como “retenidos”?.
Según la Fundación País Libre, entre 1996 y 2007, 23.401 personas han sido secuestradas en Colombia, de las cuales 1.288 murieron en cautiverio en ese mismo período. Entre la pasmosa cantidad de personas que se mantienen secuestradas en ese país, la misma fundación reportó hace pocos días que se encuentran unos 300 niños. ¿Que tiene que ver toda ésta barbarie con la paz y con el diálogo?
¿Hasta cuando individuos como Chávez, Castro, Ortega, Correa o Morales, por sólo nombrar a unos pocos que criminalmente atropellan los derechos de los ciudadanos, serán tolerados en reuniones internacionales?
¿Hasta cuando se seguirán firmando tratados con esos países? ¿Que dignidad poseen quienes pactan con semejantes personajes?
A algunas personas (más de las deseables) parecen interesarles todos los morbosos detalles del cautiverio de quienes están ilícitamente privados de su libertad. Pero, ¿es necesario perder tanto tiempo escudriñando en el dolor ajeno en vez de alzar claramente la voz como ciudadanos y no quedar cobardemente mudos detrás de la pantalla del televisor?
La patética imagen cinematográfica de los terroristas despidiéndose de sus secuestrados y de varios oscuros operadores que indudablemente parecen estar más a favor de los guerrilleros que de las víctimas, me hace pensar en lo funesto de éste mundo de camaleones, que revueltos entre la buena gente, terminan apareciendo como inmaculados idealistas.
La realidad se presenta como un entreverado ovillo de hilo al que necesitamos desenredar para que se teja una sociedad veraz y transparente. Mirar para otro lado y evitar el esfuerzo que esto supone, sólo crea otro nudo en nuestra pesada carga.
Es preciso que ciudadanos y gobernantes nos despidamos de las falsedades hipócritas y de la frivolidad acartonada vacía de toda humanidad, para poner negro sobre blanco.
En una carta firmada por varios secuestrados colombianos que fue leída por Radio Caracol hace unos días, decía lo siguiente:
“No es el dolor físico lo que nos hiere, no son las cadenas que llevamos colgadas a nuestros cuellos lo que nos atormenta, no son las permanentes enfermedades las que nos afligen. Es la agonía mental causada por la irracionalidad de todo ésto. Es el enojo que nos produce la perversidad del malo y la indiferencia del bueno.”
El padre Ramón Cué, en su conocido libro “Mi Cristo roto”, hacía referencia al viraje de nuestro mundo: “…hoy maneja la niebla. Una niebla que borre contornos, que elimine fronteras, que desvirtúe límites. Una niebla que insensibilice y adormezca. Porque ya no se sabe cual es la verdad; porque ya no se tiene miedo a la mentira; porque se ha logrado el mas peligroso y corrosivo fruto de una convivencia para incautos: no saber donde empieza el mal y dónde acaba el bien.”
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