Hijos de perra del imperio
Por José Antonio Zarraluqui
2001
Hacia 1940 a Franklin Delano Roosevelt, quien a la sazón gobernaba los Estados Unidos, se le ocurrió decir que Somoza era un “hijo de perra”. La verdad es que no se sabe si fue él mismo o Cornell Hull, su secretario de Estado, o algún secretario de su secretario el autor del exabrupto, porque las referencias son contradictorias. Pero en todo caso era entonces algo inusitado en el lenguaje diplomático, aunque casi una caricia verbal si se compara con los epítetos que se prodigan hoy a diestra y siniestra en América Latina, un suponer el lenguaraz de Hugo Chávez.
La afirmación, imposible de ser citada de forma inequívoca puesto que ha llegado a nosotros con ligeras aunque numerosas variantes, lo que aseguraba era que sí, que había que admitir que Somoza era un hijo de perra, pero era nuestro hijo de perra, es decir, el hijo de perra de los Estados Unidos. El aserto tuvo un éxito arrollador y una repercusión tan duradera que pasan los años y lo continuamos oyendo bien o mal citado, venga a cuento o no. Pero cuanto más tiempo transcurre más alejada queda la sentencia del contexto en que fue originalmente pronunciada y menos tiene que ver con la realidad continental presente.
Porque era el tiempo en que todo el mundo acusaba a los gringos, a menudo con razón, de actitudes prepotentes y actuaciones cuasimperiales en esta parte del planeta. Pero de entonces acá ha llovido más que cuando el diluvio universal y las cosas son radicalmente distintas hoy. Los intentos por cambiar gobiernos mediante el uso de la fuerza en las décadas recientes han provenido de La Habana, que a través de sus guerrillas e infiltrados ha querido instaurar el comunismo en cada rincón del continente… ¡y hasta en regiones extracontinentales! Y los novísimos intentos por cambiar gobiernos a billetazo limpio no han sido protagonizados por Washington, sino por Caracas. Los maletines llenos de dólares que van y vienen por todas las rutas del continente son el resultado del precio del petróleo venezolano, no de la inexistente voluntad imperial yanqui.
Pues bueno, de iguales o parecidos hijos de perra se nos está llenando el subcontinente. Fidel ha llegado a constituir, ahí muerto de hambre como lo ven, un tremendísimo imperio, primero con la colaboración de los camaradas soviéticos y ahora con el monedero del teniente coronel. Lo de Bolivia no tiene nombre, con Evo Morales que considera ciudadano de segunda al que en su país no hable dos lenguas autóctonas y aunque él no domina ni su nativa aymara y tiene que defenderse con un castellano espantoso. De Ecuador no me hablen, con el señor Correa, que se pone en línea con la hez del continente. Y menos vale la pena comentar cómo en algunas repúblicas de Centroamérica o el Caribe, a estas alturas de la historia, se dejan embaír por los cantos de sirena del socialismo igualitario, justiciero.
No se me escapa la perplejidad que experimentan los Estados Unidos. No es que no entiendan: es que no pueden entender. “Pero si cuando intentábamos influir, y a veces influíamos para que se instauraran gobiernos progresistas aunque no siempre democráticos nos tildaban de imperialistas, ahora que apoyamos únicamente procesos eleccionarios ¿por qué nos afean el permanecer al margen?”
Cuando Latinoamérica hace cuatrocientos años fue caracterizada como el continente de la esperanza, era una denominación asaz bonita, pero hoy resulta triste constatar que posiblemente de aquí a cuatro mil años más continuaremos siendo el continente de la esperanza. Este conglomerado humano, con excepciones aquí o allá, antes y ahora, parece va a estar mil veces mejor bajo los hijos de perra del imperialismo yanqui que bajo los hijos de perra del imperialismo de Fidel.
©FIRMAS PRESS
El autor es escritor cubano. Editor de Mesa de El Nuevo Herald
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