Gore Vidal: las palabras y el caos
Por Elvio E. Gandolfo
Perfil
Unico sobreviviente de un trío de nombres peculiares dentro del sistema literario de su país (que conformaba junto a Truman Capote y Norman Mailer), acaban de publicarse las mil páginas de sus artículos, ensayos y notas de prensa, donde se recoge casi medio siglo de textos dispersos.
Se trata de 31 textos relacionados con la literatura y otros 32 con la política: un festival de inteligencia, sentido del humor y por momentos saludable mala onda, donde disecciona la obra de autores como Miller, Updike, James, Williams, Mailer, Calvino y Sciascia, o se enfada –casi siempre con elegancia y certera indignación– con la política interna y exterior de los Estados Unidos.
Filoso. No ahorra dardos para sus colegas. De Mailer, dice: “Es un demagogo por donde se lo mire”.
Es posible que a Gore Vidal le gustara ser recordado sobre todo como novelista. En ese género publicó una serie de extensas y cuidadosamente investigadas novelas históricas (como Juliano el apóstata y Lincoln) y otras más breves y polémicas (desde La ciudad y el pilar de sal hasta Myra Brickenridge). “No sólo inteligente, rico y bisexual, sino que no tiene la más mínima intención de disculparse por ello”, como lo define Eduardo Iriarte en el prólogo de Ensayos (1952-2001), escribió también para el cine, el teatro y la televisión estadounidense, con un defecto clave en el ámbito literario: tuvo bastante éxito. Lo que nunca tuvo fueron pelos en la lengua para expresarse con filosa claridad sobre las limitaciones y defectos políticos de su país, aunque hasta hace muy poco vivía gran parte del tiempo en Italia, un país que ama. Para colmo, usó la misma lucidez y contundencia para describir el modo en que la academia estadounidense había pasado del estudio de la literatura al de la teoría literaria, mucho menos conflictiva de entender y manipular, en el fondo más fácil.
En los campos que tocó (la novela histórica, la novela policial, la ciencia ficción, los guiones y adaptaciones para el cine y la TV) fue un auténtico profesional, tanto en producción y cantidad como en calidad. Por eso es un poco paradójico que el protagonismo concreto lo fueran ocupando cada vez más sus ensayos y críticas, sus clarísimas convicciones políticas y antirreligiosas, o libros como Una memoria, que publicó en 1995. En ese sentido forma un trío de nombres peculiares dentro del sistema literario de su país con Truman Capote y Norman Mailer. Con cada uno de ellos polemizó espectacularmente, y al morir lo han dejado sin contrincante de peso (o interlocutor válido) a la vista.
Para sopesar esa área en la que tanto se ha destacado, el volumen que acaba de distribuir Edhasa es fundamental. En casi l.000 páginas recoge casi medio siglo de textos dispersos en distintas publicaciones (en especial The New York Review of Books). Difícil de manejar, por su mero tamaño, intriga por qué no lo publicaron en dos tomos, dado que una útil división en dos partes (literatura y política) lo hacía no sólo aconsejable, sino también fácil. Sólo el reciente Borges de Bioy Casares (Destino) compite en tamaño y características (papel común, encuadernación en cartoné que no dura demasiado tiempo incólume).
La selección realizada por Eduardo Iriarte (y por él traducida) tiene 31 textos relacionados con la literatura y 32 con la política. Había sido precedida, en el mismo sello, por una selección más breve del propio Gore Vidal (años 1982-1988).
Recorrer sus muy numerosas páginas va estructurando un festival de inteligencia, sentido del humor y por momentos saludable mala onda ante los aspectos de la literatura y el mundo que él más detesta. Hay pocas recopilaciones en existencia con tantos aspectos simultáneos y tanto jugo. Sólo recordamos alguna vieja selección de Edmund Wilson (que figura como protagonista de uno de los textos de Vidal), o The Collection, también gruesa selección aún no traducida de otro francotirador agudo e inclasificable: el inglés Peter Ackroyd. Más allá de algunas disidencias, conviene no perderse la fiesta.
Miller, Updike, James, Williams, Mailer. En la mitad dedicada a la literatura es donde surgen con más frecuencia la sonrisa, la risa o la carcajada. Sobre todo en los nombres que excitan el potencial irónico de Vidal. Por ejemplo con el Sexus de Henry Miller, en 1965. Podría hablarse, más que del choque de dos mundos, del choque de dos egos: parte de la salud argumentativa de Vidal proviene de no negar nunca su propio narcisismo. También de su fastidio ante la supuesta franqueza total de Miller, o ante su tratamiento del sexo: “En el curso de 634 páginas”, apunta Vidal, “el personaje de Henry Miller realiza el acto sexual en numerosas ocasiones y con numerosas mujeres, incluida, en un ramalazo de perversión, su esposa, a la que no profesa mucho cariño”. Casi en seguida expone las actitudes básicas del autor: “Pose número uno: Henry Miller, el atleta sexual. Pose número dos: Henry Miller, el genio literario y la fuerza de la naturaleza. Pose número tres: Henry Miller y el cosmos (se llevan bien).”
De inmediato, aunque mucho después en el tiempo (1988), vuelve a Miller, esta vez para comentar su correspondencia con Lawrence Durrell (a quien considera el mejor, “si es que se puede comparar a un limón con un plátano”). El comienzo es Vidal puro: “En la sobrecubierta de Cartas Durrell-Miller: 1935-1980 (…) se ve a tres protagonistas repachingados sobre un mar borgoña de escasa profundidad: Lawrence Durrell, Henry Miller y la divina polla de Henry Miller”. Unas líneas después agrega: “En el prefacio de Alfred Perlés, amigo de los dos, si no de los tres…”. Aún con Miller, en el disgusto primero, y después en la tarea jubilosa del ataque, Vidal mantiene el equilibrio: nombra su mejor libro, El coloso de Marusi, y reconoce lo útil que fue para terminar de abrir una puerta de liberación temática que había entreabierto D.H. Lawrence.
Es en cambio duro y hasta monótono en el fastidio que le produce John Updike, no sólo en el aspecto literario (deshace con eficacia sus supuestas virtudes de estilo) sino también (o acaso sobre todo) en el político (Updike fue de los pocos escritores que apoyó abiertamente la guerra de Vietnam). La extensa nota es de 1996. Hasta entonces habían mantenido la distancia: “Apenas he mencionado, y muchos menos reseñado, a Updike en el pasado, y él ha mantenido el mismo recato conmigo”. Para establecer niveles cita una alabanza de George Steiner (y distingue al pasar el Steiner “americano” –que escribe en The New Yorker– del europeo, más erudito): “Nos asegura que ahora Updike está a la altura de Hawthorne y Nabokov, cuando, sin lugar a dudas, se refiere a John P. Marquand y John O’Hara”. De hecho el ataque directo y monocorde le quita a Vidal una de sus armas: la contradicción, la diversión. Es más eficaz cuando matiza, o cuando se enfrenta con autores que lo desafían en su complejidad. También allí es mejor cuando no sólo alaba. Es lo que le pasa con Henry James. En La charla libresca de Henry James (1986) comenta sus ensayos y críticas reunidos (un tomo aún más voluminoso que éste). El texto es de una precisión y disfrute notables en marcar las etapas, virtudes y defectos de las lecturas críticas de James en su larga trayectoria. En cambio La copa dorada de Henry James, aunque incluye una útil división en etapas de su obra, pierde demasiadas páginas en “contar el argumento” de La copa dorada, novela que admira incondicionalmente.
Con Tennessee Williams y Norman Mailer aparece la calidez del contacto personal, aunque termine en relativo distanciamiento con el primero, y directamente enfrentado al segundo. La excusa para el memorable perfil de Williams son sus memorias. En el caso de Mailer, le ajusta las cuentas (en 1960) desde el título El autobombo de Norman Mailer, con una minucia no desprovista de justicia en el balance, cuando reconoce que es “honorable”, adjetivo que para Vidal es crucial. El desmontaje de su “figura” y su estilo es perfecto: “Es un demagogo de tomo y lomo: oscila de una inclinación a otra con una intensidad más visceral que intelectual. Todo él es fragmentos y trozos (…) en cada frase que escribe, a pesar de su ampulosidad, hay incertidumbre: ¿Quién soy? ¿Qué quiero? ¿Qué estoy diciendo?”.
Fuera de fronteras. Algo que distingue a Vidal de casi todos los escritores (o críticos) de su país es su conocimiento de los clásicos, en un sentido nada académico, y de la literatura europea. Allí puede ponerse directamente didáctico: escribe un largo –y por momentos árido– ensayo sobre la “novela objetivista” francesa (Robbe-Grillet y Sarraute en especial), tensionado entre el interés y el fastidio. Más tarde usa las herramientas aprendidas para enfrentarse a la novela estadounidense experimental (Barthelme, Pynchon, John Barth) en la que encuentra poco que salvar. De paso menciona a Barthes, a quien lo une una mezcla de admiración e irritación tan intensa como la que lo vincula a Mailer.
Sus favoritos están en el país de sus amores: Italia (donde incluso conoció a Tennessee Williams). Los perfiles que traza de Italo Calvino y Leonardo Sciascia son comprensivos y lúcidos. Cuando debe asistir al entierro de Calvino no deja de señalar (“ya que nadie más lo va a decir”) que su largo artículo sobre Calvino fue la introducción de su obra al lector en inglés.
Intervalo: palabras y dobleces. Conviene señalar que la propia claridad y lucidez, cuando no sutileza, del estilo de Vidal hace muy consciente al que lee del valor de las palabras. Parece estar de acuerdo con una frase que cita de Montaigne: “Quiero que las cosas queden en primer plano, colmando los pensamientos del oyente de tal modo que ni siquiera recuerde las palabras. Me gusta el estilo sencillo y natural (…) enjundioso, vigoroso, breve y conciso”.
La traducción del volumen suena en cambio a veces ambigua, a veces errónea, muchas veces torpe. En una reseña (en el suplemento cultural Adn), Matías Serra Bradford señaló un error directo en la nota sobre el objetivismo. Carente de los originales, uno sólo puede mencionar la sensación brumosa de muchos momentos, o el clásico uso español de frases hechas extrañas (“las locas como ella suelen llevarse a partir un piñón con las mujeres”, pág. 639; “nuestros encuentros son fortuitos, de ciento a viento, y me alegra…”, pág. 744), o el uso de palabras tan extrañas como “malignada” (pág. 803) o “texto barbárico”. En más de un caso la pregunta “¿qué demonios quiere decir esto?” interrumpe fugazmente la lectura, y no suena deseada por el autor.
Las cosas claras. En la segunda parte, dedicada a la política, aparece con claridad a veces hasta excesiva la opinión de Vidal sobre los asuntos del mundo. Está en contra por entero de la violencia policial, del modo en que la educación prepara a sus “educandos” para aceptar un modelo social, y también del modo en que el dinero se desvía de la educación a los asuntos militares. Se mantiene educado pero con ráfagas de sorna elegante ante el feminismo, opina que es un disparate separar a gays de héteros, apunta cómo el Times bombeó las obras de Williams por ser homosexual, o la academia yanqui enfrió su entusiasmo por Barthes a partir de lo mismo. Apoya la legalización de las drogas, aunque duda de que se haga algo al respecto: demasiadas divisiones estatales dependen de que la cosa siga como está para existir.
Con su país, esa claridad ha sido tan permanente e irritante que con seguridad muchos habitantes de la derecha deben de desearle el encarcelamiento en Guantánamo, aunque lo protege ese mismo par de cosas de las que tanto se ríe: la fama y la clase social. En su opinión la democracia es débil o inexistente en ese país al que él llama “el Imperio”, y que se originó en “un continente rico y prácticamente deshabitado (…) ocupado y explotado por europeos rapaces que, de paso, convirtieron a los africanos en esclavos y a los indios en cadáveres”. Al igual que en la zona literaria, se ocupa de distinguir con claridad: es cierto que Nixon le resulta terrible, pero Lyndon Johnson “sin duda lo superó con creces en cuanto a mendacidad y corrupción”, y en el tema de la guerra, Kennedy “era un auténtico partidario, cosa que no se puede decir de Nixon”.
Hay dos perfiles paralelos y en las antípodas: Kennedy (de quien preanunció la muerte) y Reagan. También discusiones con críticos de distintas procedencias sobre sus libros históricos, en especial Lincoln. Algo que lo obsesiona es el desgaste del sistema político y sus consecuencias. Y odia el modo en que la religión se ha ido filtrando en el sistema de poder, ya desde la misma Guerra de Secesión.
El problema de un libro tan extenso y tan rico es la paradójica sensación de pobreza que da cualquier nota periodística, con sus límites espaciales, en comparación. Falta de todo: ¡sus acertadas precisiones sobre la academia!, ¡sobre el modo en que el cine se comió a la novela!, ¡sobre Mishima, sobre los “gángsters literarios, sobre Somerset Maugham, sobre “la señorita Sontag”, sobre Oscar Wilde, etc., etc., etc.! O sus opiniones sobre el terrorismo, sus contactos por carta con Timothy McVeigh (el del atentado de Oklahoma), su lista de las operaciones militares norteamericanas en el mundo (nueve páginas) al final del volumen.
Ahora Vidal vive en los Estados Unidos, después de vender su propiedad italiana. Las cosas han resultado bastante malas para su visión de lo que ocurre. En la extraordinaria mezcla de sensibilidad, ironía y coraje que lo caracteriza, ante semejante panorama sintetizó lo que siente en una memorable conferencia dictada en Oxford en 1995: “El siglo pasado, un portavoz de la Cámara de Represetantes norteamericana era tan reaccionario que se decía de él que si Dios lo hubiera consultado acerca de la creación, habría votado por el caos. Sopesando las alternativas, creo que, al menos por el momento, yo también lo haría”.
La grandeza de los clásicos
Por Gore Vidal*
La primavera de 1948, André Gide me recibió en Rue Vaneau, 1, bis, donde pasé una hora muy agradable junto al maestro y a John Lehmann, mi editor inglés. Hablamos de literatura, de las diferencias nacionales, de las modas cambiantes, de James. Entonces Gide, orgulloso traductor de Conrad, preguntó: “¿Qué ven ustedes los americanos, y los ingleses, en Henry James?”. Yo, en mi francés de escuela, sólo pude balbucear estupideces. Ahora, casi cuarenta años más tarde, es una ironía que tenga que explicar a los jóvenes que érase una vez un famoso escritor francés llamado André Gide. Las modas cambian, pero, como señaló George Santayana: “Sería insoportable que no lo hicieran”. Cada generación tiene sus gustos, sus disgustos y sus ignorancias.
En estos tiempos posliterarios, es difícil imaginar que érase una vez una época en que alguien podía dedicar su vida al perfeccionamiento de una forma artística, y que de todas las formas de arte la novela era la más exigente, por usar una palabra modesta. Hoy en día, la novela es un aparato que cualquiera puede armar, o un artefacto que significa todo, algo o nada según la teoría literaria de cada cual. Ya no se puede decir de un escritor, como James dijo de Hawthorne en 1905: “El signo de grandeza de un clásico es que cuando ha ‘aprobado’, como se dice de los exámenes, ha aprobado, y será un clásico para siempre; ha recibido su diploma y puede abandonarse a la luz de la eternidad”. En nuestro excitante mundo, la única luz proviene de los rayos catódicos, y la idea de “eternidad” es, como mucho, debatible, ¿quizá silenciosa?
*En La charla libresca de Henry James (1988)
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