El subcomandante Marcos
Por Inger Enkvist
Diario de América
El primero de enero de 1994, México ingresó al ALCA, empezando a formar parte de un área de libre comercio con los Estados Unidos y Canadá. México con ello se incorporaba definitivamente al primer mundo, reiteraba el presidente Carlos Salinas de Gortari.
En este mismo instante en que la modernidad parecía llegar finalmente a México, se inició una revuelta contra el Estado mexicano en la provincia de Chiapas, en el sur de México, cerca de la frontera con Guatemala. Los rebeldes se autodenominaban zapatistas, inspirándose en la figura de Emiliano Zapata, uno de los líderes legendarios de la Revolución mexicana 1910-1917. El EZLN, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, despertó el interés de la prensa y del mundo de la política internacional, presentándose con un aura romántica. Al comienzo, estas hostilidades tuvieron un enorme eco en los medios de comunicación, por su carácter romántico: el ataque fue por sorpresa, los guerrilleros aparecieron cubiertos con pasamontañas, mientras su líder ocultaba su verdadero nombre bajo la designación de subcomandante Marcos.
El año 1994 resultó terrible para México. Fue un año de elecciones y empezó, como se acaba de decir, con una rebelión militar contra el Estado. Continuó con dos crímenes políticos de alto nivel que todavía no se han aclarado en su totalidad: primero fue asesinado el candidato a la presidencia, Colosio, y después el cuñado del presidente, Ruiz Massieu. La divisa resultó afectada, disparando lo que fue conocido mundialmente como la ‘crisis del tequila’.
Chiapas es un territorio densamente poblado por indígenas de diferentes grupos lingüísticos, muchos sólo hablan la lengua de su comunidad y un 60 % son analfabetos. Chiapas es la única región de México que se caracteriza por no haberse mestizado. En esto ofrece alguna semejanza con ciertas regiones andinas. Los hechos bélicos no duraron más de dos semanas pero dejaron un saldo de varios centenares de muertos de ambos lados, antes de que el Gobierno declarara unilateralmente un cese el fuego y se diera comienzo a negociaciones. Las exigencias de Marcos contenían el reclamo de mayor autonomía para Chiapas, tierra para los indígenas para cultivar en forma colectiva y el derecho a dirimir ellos mismos sus conflictos según sus tradiciones ancestrales.
El ídolo de Marcos es el Che, y se presenta como su modelo con pipa, barba, pañuelo rojo, gorra maoísta y cartucheras cruzadas sobre el pecho. Hasta sufre problemas de respiración como el Che. Tiene la misma obsesión por ser fotografiado o que lo graben en vídeo como el Che. Como el Che y Fidel, no baila ni toma alcohol pero cuida mucho su fama de mujeriego. Sin embargo, en comparación con Fidel y el Che, Marcos puede parecer inocente, juguetón y hasta infantil. Se disfraza, se oculta, otorga ‘visados’ a su territorio y ‘casa’ a los zapatistas.
El periodista argentino-estadounidense Oppenheimer (1996) empezó a trabajar en un libro sobre México en 1992 y le tocó registrar todos los eventos del dramático año de 1994 y entrevistar a todos los protagonistas, incluyendo a Marcos. Para insertar a la rebelión zapatista dentro de la realidad mexicana de hoy, habla de tres Méxicos: el norte industrializado y moderno, que sigue de cerca lo que sucede en los Estados Unidos; el centro de México, área en la que tiene su sede el poder político, y finalmente el sur, una zona que muchos ven como parte de Centroamérica, pobre y mentalmente muy alejada del norte. En el norte, ni los zapatistas ni el discurso de Marcos alcanzan mayor relevancia entre los habitantes.
Para conseguir una entrevista con Marcos en 1994, Oppenheimer fue sometido a la misma rutina que otros periodistas. Marcos los hace esperar mucho y en condiciones incómodas para que estén ‘ablandados’ cuando finalmente los reciba, una receta aprendida de Fidel Castro. Oppenheimer nota que Marcos es relativamente bajo; sólo mide un metro sesenta y aparenta la edad que tiene en 1994: treinta y siete años. Sin embargo, su voz aflautada se parece a la de un adolescente. Siempre viste de negro, destacándose así entre los indígenas que llevan ropa de colores vivos. En la entrevista, Marcos no hace ninguna declaración inesperada pero Oppenheimer, como tantos otros, queda impresionado por el humor y la simpatía que trasmite Marcos. Viendo a Marcos entre los indígenas, la situación le trae a la mente la relación de Lawrence de Arabia con los árabes.
Marcos comenzó su carrera política en un grupo marxista; su interés por los indígenas aparece más tarde, al ver la posibilidad de aprovechar el trabajo de catequización realizado entre ellos por el obispo Samuel Ruiz. Los catequizadores indígenas, que sabían algo de español, fueron utilizados como puentes con las comunidades. Tanto la teología de la liberación de Ruiz como la infraestructura humana ideada por él, sirvieron de base a un movimiento de inspiración marxista.
Para ilustrar cómo es la vida en Chiapas, Oppenheimer relata algunas anécdotas. Se da cuenta del aislamiento mental de los zapatistas. Entrevista a uno de ellos, Orlando, que cree que “todo el mundo” va a venir a ayudar a los zapatistas. Al mismo tiempo, en un momento en que México no hablaba más que del mundial de fútbol, Orlando ignora que hay un campeonato en marcha. En la selva no hay electricidad y por eso tampoco hay televisión. “Mi mundo termina en San Miguel”, comenta Orlando. En general, los zapatistas apenas hablan español y menos inglés y sólo Marcos está al día a través de una radio en la que puede captar la BBC y la Voz de las Américas.
Otra anécdota muestra en qué sentido la presencia de periodistas podría estar creando en cierta medida el mismo suceso sobre el que dicen informar. Después del inicio de la rebelión, los turistas desaparecieron de Chiapas y una mujer indígena, que vivía de vender muñecas, pasó a no vender nada. Se le ocurrió tejer un pasamontañas para su muñeca y empezó a hablar de ‘muñecas zapatistas’. Las ventas fueron extraordinarias, dando paso a una gama de recuerdos zapatistas que incluyen postales, carteles y camisetas, que no necesariamente suponen una adhesión a la causa zapatista.
El escritor mexicano Jorge Volpi publicó en 2004 La guerra y las palabras, un estudio sobre el año 1994 en la política mexicana cuyo enfoque principal recaía en la persona de Marcos. El libro termina con un panorama desde la perspectiva del año 2004. Para empezar subraya que Chiapas cubre un 3 % del territorio y de la población de México, que el área en la que son hegemónicos los zapatistas corresponde a una tercera parte de Chiapas, pero que Chiapas, tanto dentro como fuera de México, desde el primero de enero de 1994 se ha convertido en un símbolo de México. Que el país quede representado por su región más atrasada ha sido una experiencia deprimente para el México desarrollado.
Desde el comienzo, la prensa destacó que Marcos no era indígena y, con el tiempo, creció la tensión entre diferentes grupos de nativos y también entre Marcos y los indígenas. El protagonismo de Marcos y también el hecho de que actuara por su cuenta despertarían recelo entre los indígenas. En los primeros tiempos, Marcos invitaba a que visitaran su territorio escritores, políticos mexicanos y también celebridades internacionales. Muy pronto empezó no sólo a dar entrevistas sino también a escribir artículos para la prensa e internet. Publica libros para niños, vende discos suyos y ha escrito una novela policíaca en colaboración con otro escritor. Hace un tiempo, se ofreció como intermediario entre ETA y el Estado español.
La identidad de Marcos fue revelada por la policía después de un año. Se llama Rafael Guillén, es licenciado en sociología y filosofía de la UNAM, y ha trabajado como profesor de filosofía en la Ciudad de México. Es hijo del dueño de una tienda de muebles, ahora jubilado. Durante unos diez años, él y sus compañeros habían preparado la insurrección, imponiéndose Marcos paso a paso como líder. A pesar del humor literario de Marcos, Volpi destaca también su autoritarismo, su falta de flexibilidad y su incapacidad de renovarse. Muchos opinan ahora que Marcos está desperdiciando el capital político que consiguió al principio. Cada vez está más entregado a las entrevistas, al contacto con personas famosas y a sus propios escritos. Volpi resume que Marcos es un pensador flojo, un escritor con cierto talento pero en lo que realmente se destaca es como comunicador social, y ahí es un genio.
Bertrand de la Grange y Maite Rico, periodistas de Le Monde y El País respectivamente, han realizado un ambicioso trabajo de campo para entender a Marcos como fenómeno social. En 1997 publicaron Marcos: la genial impostura. Empiezan subrayando que en Chiapas ha corrido más tinta que sangre. Después de las dos primeras semanas, no ha habido casi ninguna escaramuza armada. Constatan para empezar que Marcos no habla lenguas indígenas, motivo por el cual difícilmente podría servir de puente entre ellos y el Estado. Más bien, creen que Marcos ha utilizado a los indígenas para crearse un trampolín a la fama. Terminan diciendo que Marcos emite mensajes simplistas y que está preso de la imagen que se creó a sí mismo. No puede ganar contra el Estado mexicano y no puede dejar el disfraz de guerrillero porque sin eso no es nadie. Como el Che, está preso en su propia imagen.
En una entrevista posterior, de la Grange aporta datos que completan y actualizan la información. La zona zapatista está más pobre que antes de la rebelión y los robos y pillajes se han multiplicado. Unas 30 000 personas han dejado la región, muchos de ellos viven en campos de refugiados y los indígenas son ahora más dependientes porque viven de dádivas, de ayuda externa. La rebelión ha justificado una fuerte inversión en el ejército. A más de diez años del comienzo, la mayoría de los observadores se sienten decepcionados. Los zapatistas han tenido éxito en los medios de comunicación con su ‘Primer encuentro por la humanidad y contra el neoliberalismo’, un ‘zapatour’ por México, un mitin en el Zócalo y por haber conseguido ser recibidos en el congreso. Sin embargo, las condiciones de vida en la zona zapatista no han mejorado y la minisociedad creada por los zapatistas es tan militarizada como Cuba.
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