Revoluciones y contrarrevoluciones
Por Jesús Ruiz Nestosa
ABC Digital
SALAMANCA. La izquierda de Moscú (en la época de la Unión Soviética) era la derecha para los Estados Unidos, mientras que la izquierda norteamericana era la derecha soviética. Era como estar mirándose en un espejo y no se ponían de acuerdo en cosas tan importantes como, por ejemplo, qué mano considerar para poder conducir bien un automóvil.
La Unión Soviética ha desaparecido, pero los problemas de las manos, es decir, de las izquierdas y las derechas, siguen tan vigentes como entonces. Acostumbrados como estábamos a que en nuestros países latinoamericanos se prohibiera la actuación de los cantantes de protesta, resulta que ahora se le prohíbe actuar a los que no protestan. El único que puede protestar es el público que ya ha comprado las entradas, pero el artista no puede entrar al país.
Es lo que le acaba de pasar a Alejandro Sanz, el cantautor español que está embarcado en una gira maratónica para promocionar su último disco: “El tren de los momentos”. Hugo Chávez ha dicho nones. Alejandro Sanz no canta en Venezuela “porque es un contrarrevolucionario”. De lo que nos venimos a enterar así, de repente, sin que nadie diga agua va: Alejandro resultó ser un hombre peligroso no solo para las mujeres, sino también para los políticos, en sentidos diferentes, claro está.
Hace unos tres años, dicen que dijo que Chávez no le gustaba como tampoco le gustaba el presidente español de entonces (José María Aznar) y agregó: “como tampoco me gustan gobernantes de otros sitios”. Menos mal que no le pidieron que los enumerara porque le llevaría, por lo menos, un par de días hacerlo.
Yo creo que hay que realizar otra lectura. Chávez no le quiere a Alejandro Sanz porque posiblemente, como español, sea descendiente de algunos de aquellos españoles que combatió Simón Bolívar, inspiración y numen de la “revolución bolivariana” que, en lugar de morir en combate, murió solo y amargado por las traiciones, odios y rivalidades entre sus propios compañeros. Y no quiero ni pensar cómo debe sentirse en su tumba viendo los hijos que le han salido. Claro que también es posible que Alejandro Sanz tenga algún antepasado que muy bien pudo haber sido el abuelo de Bolívar porque hay que reconocer que estamos todos mezclados, todos mezclados, como en el poema de Nicolás Guillén.
Tan mezclados estamos que en nuestro país nunca pudimos escuchar, mientras vivía el dictador, a Joan Manuel Serrat, a Chico Buarque, a Gilberto Gil, a María Bethania, Caetano Velhoso, Mercedes Sosa (algunas veces sí, otras no), Daniel Viglieti y muchos otros. Estos, por revolucionarios. Sanz, por contrarrevolucionario. Es sorprendente; si bien las manos se mezclan de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, ¿podría alguien nombrar tres diferencias entre Chávez y Stroessner? Son tan parecidos que me temo que no, excepto una: el presidente socialista bolivariano es capaz de hablar, aunque sea al puro pepe, unas diez horas seguidas. Mientras, el líder republicano no podía hilar dos frases con un mínimo de coherencia. La única vez que se le ocurrió improvisar fue aquel glorioso amanecer de la patria en que desarrolló la teoría socio-política: “Hay que ser café o ser leche. No se puede ser café con leche“, una frase que se hubiera escrito en mármol debajo de su estatua en la que se le viera con la espada en una mano y la otra, sosteniendo en lo alto, una medialuna. Quizá se le pueda agregar otra diferencia: a Chávez le gusta cantar. A Stroessner le gustaba hacerle cantar a la gente.
En fin, creo que estamos dándole a las cosas una importancia y un sentido que no tienen. Tal vez se trate simplemente de celos artísticos. El presidente socialista bolivariano acaba de lanzar su primer disco con todas las canciones, pero todas, todas, sin faltar ninguna, de las que canta en su programa “Aló Presidente”. Dicen que fue una sorpresa preparada por su secretaria de prensa, Teresa Maniglia, que grabó el disco sin que el artista se enterara. Se lo entregó en pleno programa; Chávez puso cara de sorpresa y dijo que “era una travesura”. ¡Qué traviesas son las secretarias cuando quieren chuparle la media al jefe!
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