Desastres que matan
Son trágicas las imágenes que salen de Venezuela, azotada por un terremoto doble que prácticamente derrumbó La Guaira y grandes edificaciones de la ciudad de Caracas. Cuando nos enfrentamos ante un fenómeno natural poco importa las medidas preventivas o las normas de ingeniería que se hayan tomado, habrá situaciones que desbordaran cualquier planificación previa.
Sin embargo somos responsables de lo que podamos hacer, una vez que dicha tragedia se da, para rescatar a las víctimas y el rol del gobierno más que copar la respuesta de ayuda, es de tratar de permitir que la respuesta ciudadana fluya, y también agilizar dicha respuesta.
Los gobiernos son responsables de cualquier medida técnica que se tomó o se dejó de tomar para evitar que la tragedia tenga la magnitud que tuvo, aunque también es responsabilidad de quienes decidieron ignorar la realidad del terreno, cuando construyeron, compraron, e incluso no contrataron los seguros necesarios, que aunque no habrían prevenido la tragedia, habrían asignado un valor a los riesgos tomados en la construcción.
Lo que nadie se esperaba es la reacción desalmada o criminal, por decir lo menos, de las autoridades al bloquear la ayuda internacional que ha estado llegando y se ha movilizado al país. Las prohibiciones y constantes interrupciones a los topos y rescatistas internacionales que han llegado para ayudar, están al orden del día y son innumerables. Por otro lado, es evidente la ausencia casi total de las fuerzas armadas, en las tareas de rescate con maquinaria pesada y organización que se podría esperar de un organismo, que en cualquier país del mundo tiene un peso bastante importante, en estas labores de rescate, cuando ocurren emergencias por desastres naturales. No se diga de Venezuela donde las fuerzas armadas son las que han cooptado el poder en los últimos 25 años y han sido el respaldo del Chavismo y del socialismo del Siglo XXI.
Todo ese poder militar, aparentemente solo ha servido para enriquecerse y cooptar el poder pero está ausente en esta tragedia. Lo que si ha estado presente, visto en los vídeos que circulan en redes y en medios de comunicación, es la actitud desinteresada y espontánea de la sociedad civil e internacional. Ante la magnitud de la tragedia, se ha volcado a las calles y a las redes a pedir ayuda, a recaudar fondos, a conseguir vituallas y todo tipo de recursos para enviar a los damnificados o para ayudar en las labores de rescate.
El fin de semana después de la tragedia, fui testigo en Estados Unidos, de un restaurante local de comida Venezolana, que había convocado a la comunidad circundante a donar lo que tuvieran para el día sábado 27 de junio. La respuesta fue, hasta donde pude ser testigo, inmensa, y para el medio día, el camión que tenían planificado llevar estaba lleno y listo para ser enviado, superando las expectativas de quienes organizaron dicha ayuda. Y sin embargo, de que ya no había espacio, la gente local no solo venezolanos seguía ayudando y llevando toda clase de cosas.
No me sorprendió, más bien me llenó de esperanza, pues me hizo recordar lo vivido en Manabí en Ecuador hace casi una década en el 2016. Un terremoto bastante fuerte, aunque no doble como el de Venezuela, que causó un movimiento espontaneo de muchos en Ecuador y en el exterior. La ayuda duró meses y funcionó con bastante coordinación, sin intervención de las autoridades para paliar y dar ayuda a las víctimas. Estoy seguro que lo mismo sucederá en Venezuela, el esfuerzo y apoyo desinteresado durará meses, quien sabe si hasta años, ante la magnitud del desastre.
Lo que resulta incomprensible, estúpido en extremo, es la reacción del gobierno de turno de querer controlar todo el esfuerzo de rescate, en querer tener un manejo absoluto, no solo de la ayuda, sino también de querer moldear el mensaje, la imagen del rescate, cuando y como se da. Vemos reacciones ridículas, como la del voluntario americano discutiendo con uno de los líderes históricos del chavismo, Diosdado Cabello que evita que el voluntario siga su trabajo de llevar ayuda.
La operación de rescate en cierto sector se tuvo que paralizar porque la Presidente Delcy Rodríguez estaba haciendo un vídeo en la zona. En una tragedia donde los minutos cuentan y cada demora para la extracción de víctimas puede ser la diferencia entre la vida y la muerte, es una falta de empatía absoluta hacia las víctimas.
En el caso de Ecuador vimos situación similar, donde el gobierno hacía lo mismo y entorpecía el operativo de rescate, bloqueaba la llegada de ayuda de otras ciudades, alegando que no estaban autorizados quienes se habían espontáneamente organizado para llevar ayuda. Las imágenes causaron vergüenza, cuando el pueblo de Manabí le reclamaba indignado por respuestas y ayuda al Presidente. Este respondía en su usual forma majadera y agresiva que los iba a meter presos a todos por reclamar la falta de atención y de ayuda para las víctimas.
Similar situación se dio en España en Valencia en el 2024, con el aluvión que cayó intempestivamente e inundó la mitad de la ciudad. Al Gobierno le tomó varios días aparecer y tratar de ayudar. La respuesta fue lenta y torpe, como relaté en un anterior comentario para Mirada Sur, de aquella fecha que hice con ocasión de ese evento y analicé como se parecían dichos eventos. En dicha ocasión llamó la atención la reacción aireada de las víctimas ante la falta de respuesta del gobierno y contraria a la ayuda espontánea que organizó la sociedad civil.
Hasta ahora hay la misma reacción lerda del gobierno venezolano y así mismo, la vastamente superior respuesta privada y espontánea de la sociedad civil. Esto me da cierta esperanza por el futuro de Venezuela, pues la gente lejos de quedarse paralizada ante la tragedia, se ha levantado para ayudar en lo que más se pueda y en la medida o a veces por encima de sus posibilidades. Bajo esa imagen de impotencia y falta de cambio hay una sociedad civil vibrante aún con capacidad de respuesta y sentido de agencia.
Es pavoroso el número de víctimas mortales 1,750, según datos preliminares al momento de escribir esto, y se estima que hay cerca de 50,000 desaparecidos. No es absurdo pensar que una vez se comience a usar maquinaria pesada y se haya rescatado a quienes todavía gimen, lloran y gritan desde los sarcófagos vivientes en que están atrapados, el número de víctimas mortales aumente significativamente.
Las tragedias pasan en todos lados, países desarrollados y países subdesarrollados, países como Estados Unidos no están exentos de estas. Lo que cambia es que en los países desarrollados o países que no están colapsados política o económicamente tienen capacidad de respuesta, mucho más orgánica y mucho menos burocrática. Los gobiernos deberían de incorporar en sus planes de respuesta a las emergencias y rescate de estos fenómenos, la iniciativa ciudadana. Hay que dejar que quienes puedan ayudar lo hagan y dejar de lado la política y los intereses burocráticos, para que se de la ayuda necesaria en el mejor momento posible, sin tanta tramitología, centralización de las decisiones o autorizaciones, e incluso postureo para redes sociales. Reconocer que por encima de cualquier diferencia que se puede tener a nivel político, está la vida y la dignidad de seres humanos.
Las víctimas que lo han perdido todo y que lejos de regalarles o convertirlos en dependientes de la ayuda humanitaria, lo que hay que buscar, es lograr que estos puedan, a pesar de la desgracia, salir adelante por si mismos y reconstruir sus vidas de manera vibrante y en mejores condiciones de lo que se encontraban antes de la tragedia.
Muchos recordarán el huracán Katrina, cómo destruyó la Ciudad de Nueva Orleans en el 2005, como al inicio, la respuesta del gobierno fue torpe y caótica. Ya puede imaginarse que si esto pasa en Estados Unidos, imagínese lo que sucede en un país donde el gobierno está capturado por un proyecto político autoritario y expoliador.
En el caso de Estados Unidos, sin embargo la respuesta del sector privado y la sociedad civil fue lo que hizo que, a pesar de sufrir una situación calamitosa, la ciudad se recupere e incluso opere de manera mejor que antes una vez superada la confusión inicial. La sociedad estaba mal antes del desastre, pero su sociedad civil y el sector privado supo levantarse y afrontar el desafío de cambiar la dirección de las cosas. Todo esto sin necesariamente depender de ayuda humanitaria, más bien haciendo uso de su sector privado y su sociedad civil, que enfrentaron el desafío de reconstruir la ciudad, más allá de las trabas que imponía entidades como FEMA, organismos locales o federales que entorpecían la reconstrucción.
Peter Boettke, junto con otros académicos del Mercatus Center, hizo análisis y estudios sobre la respuesta post desastre de Katrina. La ayuda privada, voluntaria en muchos casos, fue mucho más efectiva, que la respuesta del gobierno y Boettke nos relata cómo las comunidades lograron florecer después de la catástrofe. Lo que en un principio parecía el fin de una sociedad donde hubo 500,000 desplazados de Nueva Orleans, la población total de la ciudad, azotada por un fenómeno de este tipo, logró recuperarse, aunque no a los niveles anteriores pero si a niveles que no pronostican la desaparición de la ciudad.
Boettke hace la analogía de las tres patas del taburete, para que una sociedad florezca, se necesitan tres patas soportes que son, que esté fuerte la economía, que el sector político sea robusto y que la cultura de la sociedad esté en buenas condiciones. En este caso las tres patas de este modelo, habían fallado en Nueva Orleans previo al huracán. Sin embargo gracias a la acción del sector privado y la sociedad civil la respuesta fue inmediata y el rol de los empresarios e innovadores clave, estos últimos son los que al final del día coordinaron la ayuda y la reconstrucción que el gobierno no encontraba la manera de hacerlo.
Finalmente Boettke destaca el rol de la innovación sin permiso, no esperar a que el gobierno dé un permiso, sino más bien actuar y buscar soluciones a problemas reales que se dan en el terreno. Esto no lo hubiera podido hacer el gobierno que se habría enredado en un interminable proceso de revisión, aprobación, negociación política, que a lo mejor hubiera tomado años para lograr solo la aprobación de las normas, sin hacer absolutamente nada durante todo ese periodo, de haber esperado dichos permiso. Lo importante no es tener reglas impuestas por el gobierno, sino reglas que respeten esa iniciativa privada, respeten la dignidad, de los damnificados, la caridad privada y el esfuerzo de la sociedad civil por levantar a las víctimas.
Si la sociedad civil logra imponerse por encima de la actitud burda de las autoridades, bien sea protestando o finalmente exigiendo que haya un cambio de régimen, el chavismo cae y se abre el proceso democrático, podríamos estar hablando del final del socialismo del Siglo XXI. Pero más importante aún, que la caída de una bandera política, sería el inicio de la recuperación de la dignidad humana de sus ciudadanos que durante mucho tiempo han sufrido este azote político, insensato, que les ha robado la independencia y la capacidad de florecimiento humano.
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