¿Cuán enferma está la economía de Estados Unidos?
Por David Wessel
The Wall Street Journal
¿De qué está enferma la economía de Estados Unidos? El problema es que tiene dos males. Uno es que la economía se encamina a una recesión o, en el mejor de los casos, a una desaceleración. Esto a consecuencia de la caída en los precios inmobiliarios, el alza en los precios de la energía, el desánimo de los consumidores y la reducción de las ganancias corporativas.
El otro problema es que el mercado del crédito, el sistema circulatorio de una economía moderna, no está funcionando bien. Y esto intensifica los dolores que causa el primer problema.
Hace unas semanas, muchos decían que lo peor ya había pasado. El sector de la vivienda aún languidecía, pero tras un golpe fuerte, los mercados del crédito parecían encaminarse a una normalización. La Reserva Federal declaró tras su reunión del 31 de octubre que “los riesgos de un brote inflacionario están equilibrando los riesgos de un crecimiento menor”. Si las autoridades del banco central en verdad creían eso en octubre, ahora ya no. Es probable que el próximo martes vuelvan a reducir las tasas de interés. Sólo los analistas más optimistas creen que la economía de EE.UU. se recuperará rápidamente de su desplome en el cuarto trimestre. Las opiniones ahora se dividen entre los que pronostican un crecimiento tan bajo para la primera parte de 2008, que resultará en una alza leve en la tasa de desempleo, y los que auguran una recesión en la que el desempleo se elevará más.
La Fed sabe lo que tiene que hacer: reducir las tasas de interés. Claro, decidir el momento oportuno es difícil y administrar el remedio es más complicado cuando la Fed también tiene que lidiar con el fantasma de la inflación y un dólar débil. Pero, no es una enfermedad rara. Aunque la Fed no ha podido, ni puede, evitar el ciclo de negocios, EE.UU. sólo ha sufrido 16 meses de recesión en los últimos 25 años (en el cuarto de siglo anterior, hubo 64 meses de recesión).
Sin embargo, estos tiempos no son convencionales.
Durante años, los bancos e inversionistas otorgaron crédito a sus anchas. Asumían grandes riesgos por recompensas sorprendentemente pequeñas. Ahora huyen del riesgo. Los grandes bancos son reacios a prestarse mutuamente a plazos que exceden unos cuantos días y están acaparando efectivo. Un síntoma de que la fiebre financiera no ha bajado es que las tasas de interés para préstamos interbancarios de uno y tres meses han subido considerablemente. La Fed y el Banco Central Europeo ahora tienen que pensar en una medicina alternativa.
Quizás todo esto sea un artefacto del calendario, un reflejo de las ansias de los banqueros por preparar sus libros para su radiografía del 31 de diciembre. Tal vez, pero no es muy probable.
El problema va más allá de las hipotecas. La creciente morosidad en los pagos de tarjetas de crédito, hipotecas y préstamos automotores tiene el efecto de inquietar a los bancos, emisores de tarjetas y otros prestamistas. “Los bancos tienen que recurrir a su capital para amasar reservas por las crecientes pérdidas”, dice John Mauldin, un comentarista financiero. “Y eso significa que tienen menos dinero para prestar”.
Los préstamos apalancados magnifican las pérdidas cuando las cosas van mal. Así que los festines prestamistas son seguidos por períodos de “desempalancamiento”, en los que los prestamistas e inversionistas asumen menos créditos y riesgos. Los economistas apodaron a las recientes décadas de pocas recesiones e inflación controlada “La Gran Moderación”. Ahora, la economía parece girar hacia el Gran Desempalancamiento.
En el mejor de los casos, la economía estadounidense tiene una resaca y se sentirá mejor en un par de meses. Aunque esto parece más un caso de mononucleosis, una enfermedad que le impide al paciente regresar a su energía normal por un buen tiempo.
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