Las relaciones entre Estados Unidos y América Latina
Conferencia dictada a las Fuerzas Armadas de Guatemala el 3 de marzo de 2026.
Buenas tardes. Es un placer conocerlos a todos. Mi nombre es Abigail Hall Blanco. Soy profesora en el departamento de economía de la Universidad de Tampa en Tampa, Florida. Mi trabajo se centra en la economía política de la defensa, en términos generales, con énfasis en los Estados Unidos. Durante la última década, he trabajado en una variedad de temas que incluyen la economía de la propaganda, las armas como ayudan exterior, la militarización policial y los sistemas de armas que no son tripulados. Parte de mi trabajo reciente incluye la economía del terrorismo y el contraterrorismo y las armas nucleares.
Comenzaré hoy pidiéndoles disculpas por usar mis notas. El español es mi segundo idioma. Mis cursos de español me enseñaron a preguntar cosas como “¿dónde está el baño?” o “¿dónde está la biblioteca?” Nunca aprendí a decir cosas como “la CIA ha derrocado a muchos gobiernos extranjeros”. Haré mi mejor esfuerzo. Les pido que permitan algunos errores en mi pronunciación.
Cuando me pidieron que hablara con ustedes hoy, pensé en algunas cosas. Primero, estaba emocionada. Segundo, me di cuenta de que tenía que hablar en español. Y entonces, pensé, “¿de qué voy a hablar?”. Cada vez que hablo con un grupo, quiero asegurarme de que sea relevante. Tengo que conocer a mi audiencia. Y esta no me es familiar. He hablado con estudiantes, colegas y legisladores estadounidenses. También he discutido formalmente temas de defensa para oficiales del Ejército de los EE. UU.
Pero nunca me he dirigido a miembros de un ejército extranjero.
Es raro que tenga la oportunidad de discutir estos temas con personas que no son de los Estados Unidos. Aparte de unas pocas personas y una presentación en la UFM hace dos años, nunca he discutido estos temas con una audiencia latinoamericana. Esto tiene algo de sentido. Mi investigación se centra en los Estados Unidos y, hasta ahora, me he centrado en las dinámicas internas, las intervenciones en el Medio Oriente o la “guerra contra el terrorismo.” Por otro lado, es extraño que yo, alguien que investiga la intervención estadounidense, haya tenido poca oportunidad de hablar sobre América Latina. Hasta el último año, sinceramente, no había pensado mucho en las interacciones militares entre los Estados Unidos y sus vecinos del sur.
Esto, en pocas palabras, es una gran omisión de mi parte, pero también ilustra la dinámica central entre los Estados Unidos y América Latina. Es esta dinámica la que me gustaría discutir hoy. En particular, quiero discutir tres preguntas.
- ¿Por qué los Estados Unidos ha intervenido tanto en América Latina?
- ¿Por qué, a pesar de todas estas intervenciones, muchos en los Estados Unidos olvidan o ignoran a América Latina?
- ¿Cuáles son los efectos persistentes de estas intervenciones? ¿Debemos esperar que las intervenciones estadounidenses en América Latina promuevan la paz y la estabilidad? ¿En un país? ¿En una región?
Para ser clara, no pretendo tener todas las respuestas. Pero son cuestiones que vale la pena discutir.Comencemos con algunos datos básicos. En menos de 100 años, entre 1898 y 1994, Estados Unidos derrocó o cambió con éxito un gobierno latinoamericano al menos 40 veces. Un promedio de un gobierno cada dos años. Diecisiete de estos casos involucraron una intervención directa con el uso de fuerzas militares o de otro tipo. Por ejemplo, el derrocamiento del presidente Arbenz pertenecería a esta categoría. En los demás casos, Estados Unidos jugó un papel más “indirecto”. Se podría decir que “ayudaron” a las cosas. Por ejemplo, Estados Unidos apoyó el golpe contra el presidente Manuel Zelaya en Honduras. Estados Unidos también ha “ayudado” a cambiar los gobiernos de Bolivia, Brasil, Argentina, El Salvador, a Panamá, por nombrar algunos.
Si se preguntan por qué Estados Unidos ha intervenido tanto en América Latina, normalmente encontrarán tres explicaciones. La primera, particularmente de los Estados Unidos, es que las intervenciones fueron el resultado de las amenazas a la seguridad nacional de los Estados Unidos. Sin embargo, sabemos, por registros históricos, que este no suele ser el motivo principal. Con excepción de la instalación de misiles en Cuba por parte de la Unión Soviética en 1962, es difícil argumentar que cualquier cosa que suceda en América Latina represente un riesgo para la seguridad nacional de Estados Unidos. Entonces, ¿por qué se usa tanto esta explicación? La respuesta es fácil. Es mucho más fácil generar apoyo popular y del Congreso si convences a las personas de que están en peligro.
Entonces, si no es seguridad, ¿cuál es el motivo? La segunda posibilidad es la economía. Aquí hay dos argumentos principales. Uno es más de un nivel micro y el otro es un nivel macro.
En el nivel micro, hay argumentos de que Estados Unidos ha intervenido porque sus intereses comerciales, conectados con actores relevantes en el gobierno, tenían presencia en América Latina. Quienes proponen este argumento podrían señalar fácilmente a Guatemala, la República Dominicana y Nicaragua como ejemplos. Las “Guerras del banano” y el papel que desempeñó la Corporation de United Fruit en la región contribuyeron al menos algunas de estas intervenciones. “El pulpo” era “El pulpo” por una razón.
Otros argumentan que el problema es más amplio, insistiendo en que el capitalismo y el imperialismo están íntimamente conectados. Si leen a Marx, Lenin y sus sucesores, van a encontrar argumentos de que el imperialismo es necesario para mantener el capitalismo. Este es un debate más amplio y continuo. En parte de mi trabajo, mis coautores y yo intentamos abordar esta crítica más amplia del “imperialismo capitalista”. Sugerimos que el capitalismo y el imperialismo están fundamentalmente en desacuerdo. El capitalismo se basa en los derechos de propiedad privada y el intercambio voluntario. El imperialismo se basa en el poder político y, a menudo, dentro de las fuerzas armadas. Los dos pueden relacionarse, pero no hay nada propio del capitalismo que requiera imperialismo. Los beneficios de la conquista que suelen atribuirse al “capitalismo” se atribuyen mejor a los privilegios políticos generados por el Estado.
Se puede decir que la ideología fue un importante impulsor de la intervención, en otras palabras, el capitalismo frente al comunismo. Pero sugerir que el sistema económico requería una intervención es… dudoso en el mejor de los casos. Es difícil encontrar a alguien que diga que la posición económica de los Estados Unidos alguna vez fue apuntalada por la intervención latinoamericana.
Ambos argumentos se centran exclusivamente en la parte interviniente. Sugieren que es Estados Unidos, el “proveedor de intervención”, el responsable. Para ser claros, no sugiero que Estados Unidos esté libre de culpa. Pero ¿qué pasa con el lado de la demanda? Hay, al menos en inglés, sorprendentemente poco sobre las personas y grupos en América Latina que han estado interesados en la intervención militar de los Estados Unidos en sus países, o en recibir ayuda de los Estados Unidos. ¿Cómo pensamos en esos componentes del lado de la demanda? Esto se puede hacer desde un nivel superior, por personas fuera de un país. Por ejemplo, podría hablar ampliamente sobre la demanda o los factores de “atracción”. Pero para comprender realmente la dinámica de un lugar, las personas que lo discuten necesitan un conocimiento íntimo de ese lugar.
Esta omisión del lado de la demanda —el lado latinoamericano— salta a la vista. Pero no es sorprendente desde mi perspectiva. De hecho, si le preguntaran a personas de los Estados Unidos, incluidos miembros del gobierno y las fuerzas armadas, sobre la relación entre los Estados Unidos y América Latina, muchos no podrían decirles nada en absoluto.
Permítanme darles un ejemplo que lo ilustra. También nos llevará a mi segunda pregunta sobre por qué América Latina es ignorada por tantos en los Estados Unidos.
Mi esposo es venezolano. Emigró a los Estados Unidos a los 10 años y se hizo ciudadano de adulto. Hace cuatro o cinco años, mientras conversando con mi marido hice una referencia de los “americanos”. Él respondió: “¿Cuáles americanos? Oh, te refieres a la gente en los Estados Unidos”. Puse los ojos en blanco y dije: “Todo el mundo sabe de quién estoy hablando”. Él dijo: “Sí, pero Estados Unidos es un país en el continente americano. Todos ustedes (es decir, las personas de los Estados Unidos) sienten que son dueños de esta mitad del mundo”.
Años más tarde leí un libro, Cuba: Una Historia Americana, de Ada Ferrer. En la introducción, habla sobre el subtítulo, haciendo un comentario similar al de mi esposo. Para resumir su punto, la historia “americana” no solo implica a los Estados Unidos. La forma en que las personas de los Estados Unidos usan la palabra “americano” y la forma en que otras personas de esta mitad del mundo usan “americano” demuestran las diferentes percepciones sobre la relación entre los Estados Unidos y sus vecinos. Más recientemente, Bad Bunny hizo una observación similar. (Gracias, Benito, por recordárselo a los gringos.)
Todo esto me hizo pensar.
Uno de los temas de mi investigación es la dinámica de la intervención extranjera. Mi primer libro, en coautoría con mi querido amigo Chris Coyne, analiza las consecuencias internas de la intervención extranjera. Nuestro segundo libro analiza la economía de la propaganda. Hemos discutido los mecanismos a través de los cuales una mentalidad y una cultura militarista se transfieren a la población de los Estados Unidos, incluso a aquellos que no están involucrados directamente en la intervención extranjera. Las películas, los deportes en los que participan y miran, las noticias que consumimos, todo promueve y refuerza estas ideas, así como una cultura militarista más amplia.
Entonces, cuando mi esposo preguntó “cuales americanos”, cuando leí la introducción a la discusión de Ferrer sobre Cuba, cuando vi a Bad Bunny, efectivamente me pusieron un espejo en la cara. Me dijo: “No eres inmune al tema de tu estudio”.
Aunque tal vez no sea un pecado tan grande, mi insistencia en usar “americano” para referirme a personas de los Estados Unidos ignoró a los “americanos” de otras partes de América. Lingüísticamente, coloca a Estados Unidos en la cima de una jerarquía imaginaria. Como lo “mejor” que América tiene para ofrecer, podemos reclamar el término y todos los demás pueden encontrar otro.
Me hizo pensar en otras cosas también. Por ejemplo, ¿cuánto sé sabe sobre los “otros americanos”?
Resulta que soy muy ignorante. Sabía poco o nada sobre los vecinos del sur, a pesar de los cientos de años de intervención y del hecho de que los países de América Latina son algunos de los vecinos más cercanos de mi país. Es posible que me hayan enseñado sobre la crisis de los misiles en Cuba en algún momento de la escuela. Tal vez.
Si bien podía identificar la mayoría de los países latinoamericanos en un mapa, no podía identificar la mayoría de sus banderas. (Todavía fallaré en la prueba de la bandera). No sabía nada sobre las historias de las naciones latinoamericanas, excepto algunos “datos”. Brasil tiene al gran Jesús, los colombianos tienen toda la cocaína, Argentina tiene a Evita y Messi, México es la tierra de tequila y Venezuela y Cuba están llenas de comunistas. ¿Qué más podría necesitar saber? Lo sé, Guatemala tiene el mejor ron. Lo beberé más tarde.
Mi esposo se horrorizó, por ejemplo, cuando mencionó a Simón Bolívar y yo le respondí “¿quién?”. Aquí está un hombre, el Libertador, una de las figuras más importantes de la historia latinoamericana y nunca escuché hablar de él. De igual forma, no sabía de José Martí y Cuba. No sabía nada de Fidel Castro excepto su nombre y su rostro. No sabía sobre la United Fruit y cómo el gobierno de los Estados Unidos era responsable de toda una serie de conflictos conocidos como “las guerras del banano”.
Me quedó claro, cuando comencé a escuchar, mirar y leer, que hay una brecha, un abismo, en el estudio de las intervenciones de Estados Unidos en América Latina. Creo que esto es resultado de algunas cosas.
1 – La mayoría de los investigadores que trabajan en temas de defensa, particularmente en economía, hablan inglés. Simplemente no hay mucho material en inglés. Muchos archivos en América Latina o no existen, no han sido abiertos o no han sido traducidos. Como resultado, los académicos que hablan inglés lo evitan.
2 – También ha habido una tendencia en el discurso público, en las discusiones gubernamentales y en la academia, a tratar a América Latina como profundamente importante, pero al mismo tiempo sin importancia. Por ejemplo, América Latina fue importante durante la Segunda Guerra Mundial porque se sabía que Alemania tenía un punto de apoyo en lugares como Brasil y Argentina. Pero era menos importante que Europa. La solución: mantener el statu quo y tratarlo más tarde. Imagínense al espía que llegó a Brasil, habiendo recibido lecciones de español solo para descubrir que debería haber estudiado portugués. Nadie se molestó en chequear que Brasil habla español cuando todo el resto de América sabe que en Brasil se habla portugués.
Durante la Guerra Fría fue más de lo mismo. Latinoamérica era importante, pero no vista como el principal “teatro de guerra”. Una vez más, el objetivo era mantener el statu quo y lidiar con eso más tarde. ¡Los “expertos” de Estados Unidos sobre varios países americanos, en algunos casos, nunca han puesto pie en el país de su estudio! En la guerra contra el terror, la única preocupación que los Estados Unidos tenía era la amenaza de terroristas cruzando la frontera de los Estados Unidos y México.
Recientemente, el gobierno estadounidense intentó derrocar a Nicolás Maduro en Venezuela. Era “importante” hacerlo debido a preocupaciones de seguridad nacional, el narcotráfico y para fortalecer la libertad del pueblo venezolano.
3 – También hay una tendencia, en aquellos trabajos que sí abordan la dinámica estadounidense-latinoamericana, a tratar al gobierno de los Estados Unidos como el único con autonomía. Estas personas actúan como si los gobiernos y la gente latinoamericana no piensan o actúan. Si lo hacen, tratan a los latinoamericanos como si fueran niños.
Por ejemplo, después de que los chilenos eligieran a Salvador Allende, el ex secretario de Estado de Estados Unidos, Henry Kissinger, dijo: “No veo por qué tenemos que quedarnos quietos y observar cómo un país se vuelve comunista debido a la irresponsabilidad de su propio pueblo”. Kissinger jugaría un papel fundamental en las operaciones para instalar a Augusto Pinochet en 1973.
Existe una brecha seria en la comprensión de la historia y la dinámica de los países latinoamericanos. Si necesitan más evidencia, pueden ver la tendencia de agrupar a toda América Central, América del Sur y el Caribe en un solo grupo. ¿Dominicanos y argentinos? Lo mismo. Guatemala y Perú—lo mismo. Chile y Bolivia, lo mismo. ¡Es absurdo, pero típico!
Expongo mi propia ignorancia por dos razones. Primero, avergonzándome a mí misma, quizás lo haga mejor. Segundo, creo que presenta un punto más amplio sobre la dinámica entre Estados Unidos y el resto de América. Arriesgo de sonar arrogante, sé más que la mayoría de las personas sobre las intervenciones de los Estados Unidos y, sin embargo, si no fuera por casarme con un hombre venezolano, es posible que nunca hubiera pensado en ello. Yo, al igual que otros investigadores, funcionarios y el ejército de los EE. UU., tiendo a buscar primero en todas partes y luego en el sur.
Ya sea que se aprecien o no, directos o indirectos, ¿cómo conceptualizamos los efectos de la intervención? Aquí llegamos a mi tercera pregunta. ¿Cuáles son las consecuencias de la intervención de Estados Unidos en América Latina?
En la superficie, esto parece una pregunta fácil. Podemos medir algunos resultados de la intervención. ¿Fue depuesto el gobernante? ¿Se ganó o se perdió territorio? ¿Cuántos combatientes murieron? ¿Cuántos civiles fueron desplazados?
Pero otras preguntas son más complicadas de medir. Son difíciles de formular en primer lugar.
En economía, tratamos de hacer lo que se llama “predicciones de patrones ” o “modelos.” Y me disculpan que no tengo otra manera de traducirlo. En otras palabras, cuando se implementa la política “A”, ¿debemos esperar generalmente el resultado “Y” o el resultado “Z”? Si el precio de Zacapa sube, ¿qué deberíamos esperar que suceda con el consumo de Zacapa: aumento o disminución? Dentro de este contexto queremos preguntar, ¿qué debemos esperar de las intervenciones realizadas por los Estados Unidos? ¿Deberíamos esperar que logren los resultados deseados por los legisladores? ¿Es probable que promuevan la paz y la estabilidad o no? ¿A corto plazo? ¿Qué hay del largo plazo? Esto no está claro ex ante. Necesitamos una teoría y datos para analizarla.
Creo que es más útil discutir esto con un ejemplo. Pensemos en las armas estadounidenses y otras transferencias a América Latina durante la Guerra Fría. Si bien no sabemos la cantidad precisa de armas transferidas o su valor monetario, sabemos que estas transferencias fueron significantes. Durante este período (y en la actualidad), Estados Unidos ha ofrecido una gran cantidad de entrenamiento a los militares latinoamericanos a través de variaciones de la Escuela de las Américas.
Las transferencias de armas podrían, en teoría, funcionar para proporcionar “buenos resultados”. Desde la perspectiva de los Estados Unidos, proporcionar armas y entrenamiento podría lograr los objetivos de su política. La lógica es fácil. Primero, al proporcionar armas y entrenamiento a regímenes o grupos simpatizantes o aliados, el gobierno de los Estados Unidos puede garantizar que esos grupos sigan siendo sus amigos. Es un intercambio. Los recipientes enfrentan incentivos para adoptar o rechazar políticas de acuerdo con los deseos y preferencias de los legisladores estadounidenses. La amenaza de reducir o retirar la ayuda eleva por completo el costo de desviarse de las políticas preferidas. Además, Estados Unidos podría, en teoría, usar tales transferencias para mantener el “equilibrio” en América Latina y promover la estabilidad geopolítica. Si Estados Unidos arma fuertemente a la República Dominicana, por ejemplo, es menos probable que los responsables de los disturbios en Haití intenten llevar esos disturbios al otro lado de la frontera.
Vemos mucho este argumento en la literatura sobre el comercio de armas y está claro que esta idea ha impulsado la política estadounidense en América Latina. En 1983, el expresidente Ronald Regan declaró:
Lo que nosotros [el gobierno de los Estados Unidos] podemos hacer es ayudarlos a darles [al gobierno de El Salvador] las habilidades y los suministros que necesitan para hacer el trabajo [luchar contra las guerrillas] ellos mismos. Eso significa, sobre todo, capacitación… Debido a que los problemas de El Salvador no son únicos en esta región, también pediré $20 millones adicionales para asistencia regional. Estos fondos se utilizarán para ayudar a los estados vecinos a mantener la seguridad nacional”.
Podría hacer argumentos similares sobre proporcionar entrenamiento militar. Capacitar al personal, ya sea en armas, tácticas o de otra manera, podría ayudar a promover la paz y la estabilidad en un país y en una región. Los beneficiarios enfrentarían un incentivo para apoyar las políticas estadounidenses. Además, la integración de armas y entrenamiento de los EE. UU. a militares extranjeros podría “profesionalizarlos”. Al escribir sobre esto específicamente, una agencia del gobierno de EE. UU. declaró:
Estados Unidos considera la educación y el entrenamiento de militares extranjeros… una parte fundamental de su estrategia de seguridad nacional para perseguir el objetivo específico de promover la democracia en América Latina… Programas internacionales de entrenamiento militar exponen a los estudiantes a la doctrina y las prácticas militares de los EE. UU. e incluyen instrucción para militares y civiles extranjeros sobre el desarrollo de sistemas de gestión de recursos de defensa, el respeto por los valores democráticos y el control civil de las fuerzas armadas, el respeto por los derechos humanos y el estado de derecho, y las operaciones antidrogas.
Si todo esto es cierto, este tipo de intervenciones de EE. UU. podría ayudar a los gobiernos latinoamericanos a ser más capaces de proporcionar lo que se denominan funciones “protectoras y productivas”. Pueden estar mejor capacitados para proteger los derechos de sus ciudadanos y proporcionar bienes públicos.
Pero ¿y si esto no es cierto? La realidad es que estos posibles resultados positivos se basan en supuestos críticos. Si relajamos esas suposiciones, podemos llegar a la conclusión opuesta. En lugar de proporcionar un escenario en el que los gobiernos latinoamericanos estén mejor capacitados para proteger a sus ciudadanos, la intervención de los Estados Unidos puede hacer que los estados sean más propensos a involucrarse en comportamientos depredadores.
Mis coautores y yo argumentamos que este es el caso más probable. Ofrecemos dos explicaciones. Primero, al proporcionar armas y entrenamiento a gobiernos y ejércitos extranjeros, el gobierno de los Estados Unidos altera la dinámica relativa del poder dentro de esos países. Con el grupo receptor mejor entrenado y equipado que sus rivales, se reduce el costo relativo de participar en un comportamiento depredador contra estos rivales y otros grupos. Esto incluye a los civiles. El armamento mejorado y un mejor entrenamiento pueden hacer que los recipientes sean más eficientes en las operaciones militares. No necesariamente los hace más humanos o menos inclinados a participar de manera ofensiva. Es importante destacar que estos cambios de costos relativos no solo aplican en el período en el que ocurrieron las transferencias, sino que también alteran el costo en el futuro.
En segundo lugar, no nos queda claro que la intervención en forma de armas y entrenamiento haría que los destinatarios cooperen más con los objetivos de la política estadounidense. Tampoco está claro que la estabilidad regional resulte de estas transferencias.
En el corto plazo, las transferencias de armas y el entrenamiento están sujetos a los llamados problemas de “agente-principal”. Los problemas de agente-principal pueden surgir cuando existe un conflicto de intereses entre un individuo (el “principal”) y otra parte (el “agente”) con la capacidad de tomar decisiones en nombre del principal. Estos problemas se pueden superar si los principales tienen información y el incentivo para actuar sobre esa información. Dentro del gobierno, estos problemas son generalizados y difíciles de superar. Dentro del contexto de la política exterior, estos problemas se complican aún más debido a factores como el secreto y otras restricciones. Las sociedades democráticas pueden ser particularmente susceptibles a estos problemas. Agregar gobiernos adicionales genera problemas adicionales.
A largo plazo, los “buenos” resultados que acabamos de discutir requieren que las intervenciones ocurran dentro de un sistema lineal y cerrado. Lo que quiero decir con “cerrado” y “lineal” es que los responsables políticos pueden entender todas las partes necesarias. Existe un vínculo claro entre la acción A y el resultado B. Si las intervenciones ocurren dentro de un sistema lineal cerrado, los formuladores de políticas de EE. UU. pueden encontrar la cantidad y calidad correctas de armas, capacitación y destinatarios para lograr sus objetivos.
El problema es que Latinoamérica no es un sistema lineal cerrado. Estados Unidos, en cambio, ha intervenido en un sistema complejo y abierto. Es imposible saber acerca de cada elemento en el sistema y saber cómo el interferir en una parte del sistema afectará a otras partes. En estos casos, surgen efectos del sistema. Los efectos del sistema son resultados generados por la interferencia dentro de un sistema. Es importante destacar que es difícil, si no del todo imposible, saber cómo la intervención en una parte del sistema afectará a otras partes. Hay tres razones por las que estos efectos surgen en sistemas complejos.
Primero, las intervenciones en sistemas complejos producen efectos directos e indirectos. Los efectos indirectos suelen ser variables y se producen durante períodos largos. No son inmediatamente observables. Por ejemplo, Estados Unidos logró su objetivo directo inmediato cuando apoyó a Manuel Noriega en Panamá. Sin embargo, no podrían haber sabido cómo usaría sus conexiones, poder y riqueza para asociarse con los narcotraficantes o rechazar la interferencia de los EE. UU.
En segundo lugar, los sistemas complejos se definen por interacciones entre múltiples actores. La relación entre dos actores no está determinada por su contacto directo, sino también por sus interacciones con y por otros actores del sistema. Las transferencias de armas durante el período de la Guerra Fría, por ejemplo, no fueron exclusivamente una función de la relación del gobierno de los Estados Unidos con un gobierno receptor, sino también de las relaciones de estos actores con otras partes. No era solo la relación entre Estados Unidos y Guatemala lo que era importante, sino las relaciones de Guatemala con México, Cuba, las relaciones internas entre los funcionarios, etc.
En tercer y último lugar, los efectos del sistema surgen del hecho de que los sistemas complejos no son aditivos. El resultado general de un sistema puede ser radicalmente diferente a la suma de las partes individuales del sistema. El suministro de armas, por ejemplo, puede aumentar la capacidad de protección de un estado y promover la estabilidad regional. Pero esto no es necesariamente cierto, ya que estas mismas herramientas pueden usarse para el propósito opuesto.
Las políticas de venta de armas y otras transferencias de defensa implementadas durante el período de la Guerra Fría en América Latina fueron simples en comparación con la complejidad de los sistemas en los que se crearon e implementaron. Dados los complejos sistemas sociales, culturales, legales, políticos y económicos (tanto a nivel nacional como internacional), hubiera sido imposible para los legisladores en Washington conocer el resultado final de la transferencia a una parte del sistema.
Estos resultados se ven bien en toda América Latina. Es probable que conozcan muchos de los resultados mejor que yo. Por ejemplo, las múltiples intervenciones de Estados Unidos en Guatemala pueden haber logrado objetivos estratégicos inmediatos de derrocar al presidente Arbenz o proporcionar campos de entrenamiento para una posible invasión de Cuba. Pero no podrían haber anticipado cómo estas intervenciones y las reacciones fomentarían la creación de grupos guerrilleros o la inestabilidad social general. En El Salvador, las armas y el entrenamiento pueden haber ayudado a evitar que el gobierno adoptara el comunismo. Los funcionarios no podían predecir cómo utilizarían sus nuevos conocimientos para llevar a cabo el asesinato de miles de civiles. De manera similar, no podrían haber predicho cómo los cambios en El Salvador contribuirían a las tendencias migratorias contemporáneas.
Esto no quiere decir que las intervenciones estadounidenses nunca puedan tener resultados positivos. Sin duda, si se hace algo lo suficiente, se tendrá éxito al menos algunas veces por pura suerte y probabilidad estadística.
Aquí quisiera decir más sobre la reciente intervención estadounidense en Venezuela. Tenemos otro ejemplo de un “éxito” inmediato con la destitución de Nicolás Maduro. En cierto modo, puede ser un éxito: se derrocó a un dictador. Sin embargo, ¿por qué ahora? ¿Por qué cobra importancia de repente? Venezuela ha sido un régimen hostil a Estados Unidos durante 30 años.
Las razones que se ofrecen son ya conocidas: supuestos vínculos con el narcotráfico, el terrorismo y la “seguridad nacional estadounidense”. Pero, si analizamos a fondo, estos argumentos no se ajustan a la realidad. Venezuela no es una parte importante del narcotráfico estadounidense. El “grupo terrorista” Tren de Aragua tiene quizás 5.000 miembros a nivel mundial.
Pero al darle importancia a Venezuela ahora, Washington puede demostrar su poderío militar sin perder mucho. No existen relaciones comerciales como las que existen entre Estados Unidos y México, que es una importante fuente de drogas para Estados Unidos.
Además, instalar un régimen amigo en Caracas deja en mal lugar políticamente a los dos principales rivales geopolíticos de Estados Unidos: China y Rusia. Ambos países han estado perforando en busca de petróleo en el lago Maracaibo y el río Orinoco.
Lo digo con toda seriedad; sin embargo, a menos de dos meses del derrocamiento de Maduro, es difícil encontrar cobertura mediática sobre Venezuela en Estados Unidos. Venezuela fue importante por un momento antes de pasar a un segundo plano.
Cuando miro la geopolítica actual y pienso en las relaciones entre los países latinoamericanos y los Estados Unidos, veo lo mismo que cuando miro la historia. Estados Unidos sigue interviniendo en América Latina de forma regular, aunque ahora se habla de ello en términos de programas “humanitarios”. Pero si observan mas de cerca, muchos de estos programas se llevan a cabo como parte de las operaciones militares de los EE. UU. Todavía hay una tendencia a hablar de América Latina en segundo lugar después de otras partes del mundo, a pesar de que es la región más cercana geográficamente a los Estados Unidos.
Hay una completa falta de comprensión de cómo las políticas estadounidenses relacionadas con América Latina han afectado a las naciones latinoamericanas. Los legisladores estadounidenses están en gran medida ciegos a las consecuencias. No se aprecia cómo la política de drogas de EE. UU., las transferencias de armas, etc., han creado una inestabilidad real en la región. Los legisladores en los Estados Unidos están enojados con la inmigración, pero no se dan cuenta de que sus políticas y las de sus predecesores han contribuido a las tendencias actuales.
Mi esperanza es continuar explorando temas en esta área. Las preguntas que les he traído hoy son solo algunas de las que vale la pena discutir. Dada su posición como miembros de las fuerzas armadas, es posible que enfrenten decisiones sobre trabajar con los Estados Unidos. Tienen la capacidad de ver conexiones, de ver resultados que yo, como alguien externo, simplemente no puedo. Es mi sincera esperanza que otros se interesen más en entender y discutir estos temas. Las implicaciones son profundas.
Espero sus preguntas y escuchar su discusión. Gracias por escuchar mi español gringo. Gracias por su tiempo y gracias a la UFM por la oportunidad de hablarles a todos ustedes hoy. Y muchas gracias a mi esposo Edgar por ayudarme con la traducción.
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