El dictador “Zelig”

ABC, Madrid
Los estudiantes de Ciencias Políticas deberían estudiar a Daniel Ortega, el carnicero nicaragüense (con perdón de la industria) que ha matado a trescientos compatriotas suyos en tres meses. Hay muchas formas de hacerse con todo el poder. La suya podría llamarse “Zelig”, como el personaje de Woody Allen que modifica su aspecto adaptándose a sus interlocutores. También podría llamarse “Aikido”, técnica que consiste en usar la fuerza del contrario para derrotarlo.
En 2007, diecisiete años después de la derrota del régimen sandinista de 1990 –durante los cuales se supo, primero, que había robado innumerables propiedades antes de dejar el Gobierno y, luego, que había violado a su propia hijastra, Zoilamérica–, Ortega volvió al poder. Lo logró gracias a sendos pactos con dos de sus tres peores enemigos: el “liberal” Arnoldo Alemán, un presidente corrupto que negoció con él varios años antes la reducción de la valla electoral a 35 por ciento para protegerse de la Justicia, y el cardenal Obando y Bravo, que pasó de ser antisandinista a convertirse en un aliado de Ortega: presidió su boda con Rosario Murillo (ser repulsivo donde los haya) en 2005 y en 2006, poco antes de las elecciones, bendijo al sandinista a cambio de que éste hiciera aprobar con su poderosa bancada parlamentaria una ley antiaborto sin excepciones.
Ya en el poder, utilizó al tribunal electoral, a cuyos miembros confirió la perpetuidad por vía parlamentaria, y a la Corte Suprema para agenciarse una reelección que era inconstitucional. Entonces pactó con el tercero de sus peores enemigos: los empresarios reunidos con el Consejo Superior de la Empresa Privada (Cosep). A cambio de que no se metieran en política, les dio garantías jurídicas. Esto, junto al petróleo venezolano, le dio años de crecimiento económico. Mientras tanto, repartía prebendas y subvenciones, y junto a su mujer utilizaba la brujería para atontar a los atontables. También otorgó una concesión a un consorcio chino para un canal interoceánico que es una arlequinada grotesca.
En 2016 tocaba hacerse reelegir nuevamente. Ya tenía el control de todo menos una cosa: la oposición política. Empleó entonces a la Corte Suprema para quitarle a Eduardo Montealegre, líder opositor, la representación del Partido Liberal Independiente, que pasó a manos de un muñeco de ventrílocuo del Gobierno; cuando veintiocho parlamentarios liberales que habían sido electos en 2011 se negaron a aceptar la jefatura del usurpador, fueron despojados de sus escaños. Ortega ganó, pues, en 2016 unos comicios “norcoreanos” sin ningún candidato de la oposición.
¿Puede alguien sorprenderse de que, en abril de este año, con el pretexto de una reforma del Instituto Nicaragüense de la Seguridad Social, que está en bancarrota por culpa de la dictadura, estallara una rebelión popular contra la indigesta pareja gobernante? Habría que estar lobotomizado para ser nicaragüense y no sublevarse contra semejante estado de cosas.
El problema, como siempre, es que Ortega tiene ya todo el poder y por tanto sacárselo de encima costará Dios y su ayuda. Gracias a que en distintos momentos convenció a sus tres enemigos –los “liberales”, la Iglesia y los empresarios– de que se había vuelto uno de ellos, como Zelig, y a que, como el Aikido, supo emplear la fuerza del contrario en beneficio propio, Ortega es hoy el amo y señor de Nicaragua. Ahora que los “liberales”, los obispos y los empresarios están, junto a los estudiantes, auténticos adalides de la rebelión, dando una batalla heroica contra el tirano, conviene no mirar atrás y mantener la unidad a toda costa. Pero, entre nos, muy bajito, sin que nadie nos escuche, lloremos la trágica ingenuidad de los enemigos de Ortega.
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