Macri, a prueba

La devaluación del peso argentino por una estampida de inversores hacia el dólar el jueves de la semana pasada y, otra vez, el martes de esta semana ha llevado a Mauricio Macri a pedir ayuda al Fondo Monetario Internacional y desatado alarmas sobre el proyecto económico, intensificando un debate que lo acompaña desde el primer día: ¿“shock” o gradualismo? Desde el inicio ha existido una tensión -por culpa de la infausta herencia kirchnerista- entre la lógica económica, que exigía una drástica reforma para reducir el gasto público, la emisión monetaria y el tamaño del Estado, y la lógica política, que exigía prudencia para evitar que, en ese país populista donde los gobiernos no peronistas duran poco, los enemigos del progreso hicieran naufragar esta oportunidad dorada de superar el tercermundismo.
Macri, es sabido, optó por lo segundo. Gracias a ello ha podido gestionar los humores populares con eficacia, prueba de lo cual es que su aprobación roza el 50% y que, si hoy hubiera elecciones, obtendría un 35% del voto, contra un 25% de Cristina Kirchner. Significa que, a pesar de lo lento de la recuperación, la gente expresa comprensión y por tanto paciencia. Sólo la oposición populista y un sector de intelectuales liberales lo ataca, por ahora, con fiereza. Pero los últimos días y el pedido de auxilio al FMI nos demuestran que esa paciencia no se podrá estirar eternamente porque todo se puede precipitar por la pendiente y por tanto que el gradualismo de Macri entraña un riesgo político, precisamente lo que se quería evitar.
No es verdad que Macri no ha hecho cosas impopulares. Ha hecho varias: la última ha sido un nuevo ajuste de tarifas para seguir aliviando la carga de los subsidios del Estado (esa carga equivalía a 5% del PIB y ahora está por debajo del 3%). Pero es cierto que hay un problema grave de gasto público: hoy supera, si contamos todo (incluyendo las provincias), el 8% del PIB. Si sólo tomamos en cuenta el déficit del gobierno central antes del servicio de la deuda, asciende a más de 3% del PIB. Además, hay una deuda abultada que crece porque, para evitar el “shock”, Macri prefirió buscar financiamiento interno y externo. Por esa misma razón, en parte, el banco central ha seguido creando moneda a un ritmo no mucho menor del que empleaba el kirchnerismo. No extraña, pues, que la inflación siga en torno al 20%, bastante más de lo que las autoridades ofrecían.
La buena noticia es que Macri y su gente entienden perfectamente el problema. La mala es que creen que, si aprietan demasiado el acelerador, surgirá un conflicto social y político que podría frustrar el proyecto… y traer de regreso al populismo. Pero, como acabamos de ver, los capitales, que hoy pueden encontrar rentabilidades mejores que antes en Estados Unidos, no están dispuestos a esperar. Se calmaron temporalmente, pero el precio ha sido alto: el banco central ha subido las tasas de interés de referencia a un vertiginoso 40%, evidenciando el asunto no resuelto.
Si persiste la crisis de confianza en los mercados, la paciencia que le tienen los ciudadanos a Macri podría terminarse. ¿Corre peligro su reelección en 2019? No por ahora, dado el monumental desprestigio del kirchnerismo. Pero si las cosas se agravan y la aprobación presidencial decae, pueden surgir alternativas y el escenario se volverá muy hostil.
Estoy entre quienes creen que Macri debe, ahora sí, arriesgar más… con medidas impopulares de fondo. Tiene tiempo, de aquí a octubre de 2019, de pagar el costo, explicar por qué ciertas decisiones son inevitables y empezar a cosechar los frutos. Si el gobierno se limita a gestionar con el FMI los 30 mil millones de dólares que calcula que necesita para financiar su programa y no hace reformas ahora, después puede ser demasiado tarde.
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