En tiempos de la “antipolitica”
Debería ser al revés, pero son sobre todo los Congresos de los países regidos por el sistema presidencialista y no los de las democracias parlamentarias los que parecen haberse desprestigiado sin remedio. Un fenómeno, el de la “antipolítica”, que “hermana” a países desarrollados y países atrasados, y que se repite en ámbitos culturales distintos.
En Estados Unidos, se estrenó un nuevo Congreso hace cuestión de semanas y su nivel de aprobación ya está en un menguante 20%, cifra no muy distinta del 16% que despidió al saliente. La curva descendente es impactante: en 2001, la mitad de la población veía a sus parlamentarios con buen ojo (y después de los atentados del 11 de septiembre la aprobación se mantuvo entre el 80% y el 60% por bastante tiempo). En otras épocas, un cambio de control del Congreso venía acompañado casi siempre de un aumento notable del prestigio de la institución parlamentaria porque el partido ganador transfería el efecto multiplicador de su triunfo al ámbito legislativo: ocurrió, por ejemplo, en 1994, cuando los republicanos de Newt Gingrich arrebataron a los demócratas, en tiempos de Bill Clinton, el Poder Legislativo.
En América Latina, habíamos visto un fenómeno parecido en años recientes: ni siquiera las elecciones y los cambios de control parlamentario revierten el desprestigio de los Congresos. La corrupción, en el caso de Brasil, y la desinstitucionalización, en el de Perú, han hecho que en esos dos países se rompan los vasos comunicantes entre la población y los parlamentarios. La repulsa cívica contra la institución del Congreso opera así como un “igualador” de los partidos, por encima de las diferencias ideológicas, la preparación académica o técnica, o las propuestas legislativas. Un inmenso agujero negro se ha devorado la credibilidad, la autoridad y la prestancia del recinto legislativo. En cierta forma, también de la función parlamentaria.
Desde luego, en países con Estado de Derecho más sólido y democracia más funcional, hay mayores defensas contra el peligro golpista o de interrupción constitucional. Pero en otros no lo hay: de allí que hayamos visto la facilidad con que gobiernos populistas de derecha (Fujimori) o izquierda (el chavismo) lograron demoler los contrapesos parlamentarios al poder presidencial.
Decía que es paradójico que esto tenga mayor acento en los sistemas presidencialistas que en los parlamentarios, donde, precisamente porque los miembros del Poder Ejecutivo lo son también del Legislativo, uno supondría mayores razones para el desprestigio. Están allí también desprestigiados, por supuesto (el ascenso de “Podemos” en España así lo atestigua). Pero la diferencia es que en esos sistemas las corrientes de los “outsiders” acaban insertándose en el Parlamento, mientras que en sistemas presidencialistas de frágiles instituciones terminan arrasando el Congreso.
El problema no es el Parlamento en sí, sino la política. El Parlamento es como el receptáculo donde se concentra la ira (o el desdén) ciudadanos frente a lo público. En algunos lugares esto se vio muy temprano y en otros, como Chile, tardó bastante más, pero ya se nota. En tal virtud, también puede hablarse del desprestigio del Congreso por su efecto “igualador” entre países de la región.
Pero conviene no perder de vista la lección que sin partidos y sin políticos, acaba sucumbiendo la democracia bajo Estado de Derecho… y siendo reemplazada por otros partidos y otros políticos que no dicen su nombre.
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