Francia: lecciones para la izquierda
¿Quiénes son hoy los emblemas de la izquierda occidental? Aunque hay que estirar mucho la liga para situar a Bill Clinton en la siniestra, en los años 90 el presidente estadounidense y el primer ministro británico Tony Blair lideraban a la nueva generación de la izquierda. En el mundo en vías de desarrollo, un tiempo después, aparecieron figuras como Lula, tributarias de ese gran caudal ideológico que la pareja anglosajona potenciaba. Superada esa generación, ¿quiénes han tomado la posta?
Uno tiene la tentación de decir que Obama es la figura clave de la izquierda moderada pero en realidad la izquierda internacional no siente ya el entusiasmo que alguna vez tuvo por él. La figura clave es François Hollande. Hay otras dos que, en circunstancias distintas, podrían disputarle el cetro. Una, la danesa Helle Thorning-Schmidt, de 47 años, es demasiado “periférica” para jugar el rol prominente. Otro, Matteo Renzi, de apenas 39 años y flamante primer ministro italiano después del “golpe” interno que dio a su correligionario Enrico Letta, ha surgido con fuerza pero su país está por ahora demasiado debilitado tras varios años de caos político y económico como para permitirle ejercer el liderazgo de la izquierda internacional. Eso podría cambiar y hay que estar atentos porque el dinamismo y el carisma del joven líder italiano no deben ser menospreciados.
Hollande es por ahora la figura emblemática de la era post-Blair. Harían bien las izquierdas mundiales -incluida, por cierto, la chilena que estrena gobierno- en estudiar con atención lo que sucede en Francia. ¿Cuál es el signo que caracteriza a Hollande? Diría que tal vez la perplejidad. A diferencia de Clinton y Blair, que transmitían seguridad en sí mismos y una idea de rumbo -para bien o para mal-, Hollande es un hombre que va a tientas, que explora este camino y este otro, que tiene más preguntas que respuestas, como los filósofos, y que da la sensación de ser un corcho que flota en aguas procelosas que lo gobiernan.
Si Clinton y Blair habían hecho suya una parte significativa del recetario “reaganiano” y “thatcheriano” para compaginarlo con la emoción social de sus raíces políticas y sus tendencias intelectuales -lo que Anthony Gibbons, creyendo que decía algo muy novedoso, llamó la “tercera vía”-, Hollande pretende un regreso a una idea más pura del socialismo. O pretendía, hasta que el shock de verse convertido en el Presidente más impopular de la V República, administrar unas finanzas que dejan poco margen para la generosidad y presidir una economía atascada descarrilaron su proyecto.
Esto no quiere decir que haya dado un bandazo hacia la “tercera vía”. Sigue tratando de preservar la idea original de su presidencia pero la quiere hacer aceptable a los empresarios medianos y grandes que viven asfixiados por la burocracia gala. El resultado es un cierto galimatías conceptual y unas políticas contradictorias que el nuevo gabinete de ministros, nombrado tras la hecatombe de las elecciones municipales recientes, refleja a la perfección.
El nombramiento de Manuel Valls (de origen catalán, sí) como primer ministro en reemplazo de Jean-Marc Ayrault pareció, inmediatamente después de los comicios, la apuesta por el ala derechista del socialismo francés y en tal virtud un regreso de la izquierda más importante de Europa al legado del Blair. Valls, un tipo fogoso que venía de manejar el Ministerio de Interior con mano de hierro (la deportación de una familia gitana, incluyendo Leonarda Dibrani, una niña de 15 años detenida mediante una treta policial, le había granjeado popularidad), parecía ofrecer perspectivas de un giro conservador. Valls es un admirador declarado de Blair y Clinton y un crítico tenaz de la jornada laboral de 35 horas, tan cara a la izquierda francesa.
Todo indicaba que Hollande había aceptado un trago amargo -Valls es mucho más amigo de la ex pareja del Presidente, Valéry Trierweiler, que del inquilino del Eliseo– para recuperar iniciativa, transmitir confianza y competir con la derecha ante un electorado que había infligido un duro revés al gobierno. El socialismo acababa de perder el control de 151 ciudades, la centroderecha se había hecho con el poder en otras tantas y la extrema derecha había obtenido un resultado descollante.
Pero se trataba, en realidad, de un juego de equilibrios para mantener el control de su partido sin renunciar del todo a su idea original. Los nombramientos posteriores emitieron señales contradictorias. En especial, el de Arnaud Montebourg como responsable de Economía. Azote de la Comisión Europea, de Alemania y del Reino Unido, Montebourg se encargó durante la primera etapa del gobierno de Hollande, cuando era Ministro de Industria, de promover el proteccionismo, pelearse con todas las empresas importantes, extranjeras o francesas, que pretendían racionalizar sus gastos y defender un déficit público que superó el 4,1% del PIB el año pasado.
Para más enredo, Hollande ha encargado a Michel Sapin la cartera de Finanzas (en esto Francia adopta la misma fórmula que España, país donde también se separan las áreas económica y financiera). Se trata de otro miembro del ala “liberal” del socialismo y de una figura situada en las antípodas de Montebourg. Será Sapin quien deba lidiar con Bruselas, donde la presión para que Francia reduzca su déficit y lo adecue a los límites máximos permitidos -3 por ciento del PBI- va en aumento. Hace poco, el laborista holandés Jeroen Dijsselbloem, que preside el grupo de ministros de Finanzas de la Eurozona, dijo que “se va acabando el tiempo” para que Francia cumpla su compromiso fiscal.
Por si todo esto no fuese suficientemente confuso, Hollande ha puesto a cargo de Educación a Benôit Hamon, ficha del ala gastadora e intervencionista del partido, y un potencial aliado de Montebourg en los forcejeos que se avecinan al interior del gabinete. Ingresa al gabinete también nada menos que Ségolène Royal, con quien el presidente tiene cuatro hijos y que aparece así como triunfadora, ante la prensa del cotilleo, contra la mujer que la había desplazado y declarado la guerra: la expectorada Trierweiler. Royal se sitúa más cerca de la corriente izquierdista sin llegar a los extremos de Montebourg.
Una explicación burocrática de este rompecabezas apuntaría a la necesidad de Hollande de mantener equilibrios dentro del partido. Valls es un hombre muy contestado por la izquierda (los Verdes renunciaron al gobierno tras su nombramiento), por lo que indudablemente Hollande debía compensar ese gesto a la derecha del partido con guiños de signo contrario. Pero ha ido mucho más allá, haciendo valer lo que ya en días anteriores había expresado con rotundidad: la necesidad de “seguir fiel al compromiso”, es decir hacer un gobierno de izquierda. Cuando, la noche de la derrota, el mandatario pronunció una autocrítica (“cambio insuficiente, demasiada lentitud, poco empleo y justicia social, demasiados impuestos, poca eficacia en la acción política”), estaba en realidad ofreciendo hacer mejor lo que había hecho mal, no cambiar de rumbo.
La confusión de señales se convirtió en confusión de contenidos cuando, hace pocos días, Hollande anunció que reducirá los impuestos a la renta de las personas en ciertos tramos, una medida que va a contracorriente del compromiso de estrechar la brecha fiscal. En enero pasado, el mandatario suscribió un “Pacto de Responsabilidad” para reducir el gasto público en unos 50 mil millones de euros, además de rebajar las cotizaciones sociales de las empresas en unos 30 mil millones. En parte, estos anuncios eran el resultado de la presión de Europa y en parte de la patronal francesa. Pero la contrapartida de estas medidas tendientes a poner orden en las finanzas y aliviar las cargas que restringen la inversión y la creación de empleo era el sostenimiento de la recaudación en niveles que permitiesen hacer buena la promesa de recortar el déficit sustancialmente para 2015. El anuncio de la rebaja de impuestos para evitar otra debacle en las elecciones al Parlamento europeo en mayo contraviene ese compromiso inmediato. Bruselas filtró, casi inmediatamente después, comentarios críticos.
Todo esto tiene connotaciones para el socialismo mundial, muy pendiente de lo que pueda pasar en Francia, donde la extrema derecha amenaza con ganar las elecciones de mayo. La primera ministra danesa, Helle Thorning-Schmidt, ha hecho unas políticas de centroderecha muy en la línea de Blair y el italiano Renzi ha dado a entender que librará una batalla contra la burocracia y el intervencionismo, lo que deja entrever intenciones parecidas (ha sido cauteloso en los detalles, por lo que es prematuro asegurar que emulará a Blair). Mientras París, con el peso que tiene en el Partido Socialista Europeo, continúe tratando de rescatar una idea superada del socialismo, las tensiones ideológicas se notarán mucho.
Un fracaso de Hollande podría tener dos consecuencias. Una sería alimentar el crecimiento de la extrema derecha que, bajo el liderazgo de Marine Le Pen, no hace sino esgrimir el argumento de que las dos grandes fuerzas tradicionales han demostrado su bancarrota política y moral. La otra consecuencia será debilitar seriamente a la corriente socialista que propugna un regreso a ciertos orígenes, es decir un alejamiento del legado de Blair y compañía.
Desde América Latina, donde el socialismo moderado de Brasil ha topado con obstáculos serios y donde el de Bachelet soporta una presión ambiental no muy distinta a la que soportó Hollande por parte del socialismo galo, lo que pueda suceder con el gobierno francés encierra lecciones importantes. Una es que no tener ideas claras y pretender ser la suma de facciones contradictorias que le impongan a uno la agenda puede resultar paralizante y a la larga contraproducente. Otra es que el rescate de las viejas ideas socialistas es incompatible con un mundo que, a remolque de la crisis de 2008 no del todo superada en Occidente, los excesos fiscales, la pérdida de competitividad y la burocratización de la vida se pagan doblemente caro. Una tercera es que tratar de abandonar el paradigma de Blair sin tener una idea del todo clara de con qué reemplazarlo lleva a la confusión y a la larga al encogimiento del liderazgo (lo que a su vez obliga a quien gobierna a priorizar los equilibrios contradictorios por encima de otras consideraciones).
Hace más de tres décadas, Mitterrand ensayó, nada más llegar a la presidencia, el socialismo a la antigua. Era un mundo en el que se pagaba un precio menos inmediato que ahora y quizá menos caro en una primera instancia, y sin embargo bastaron dos años para que el presidente socialista tuviera que dar un giro copernicano a la orientación de su gobierno. Hoy, para convencer a su ala izquierdista, quizá es Mitterrand y no Blair el paradigma que Hollande debe tener en cuenta porque su gobierno pide a gritos un líder con capacidad de enmienda y una desacomplejada renovación de la idea socialista.
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