La caída de Batista
Por Álvaro Vargas Llosa
No, no me refiero a Fulgencio ni a 1958, sino a Eike y a 2013. La ruina del imperio brasileño de Eike Batista, hasta hace pocos días el hombre más rico de su país y el heraldo del Brasil emergente, tiene implicancias de primera magnitud para la potencia sudamericana. Me extraña, por eso, que la bancarrota de OGX haya colmado las páginas financieras de medio mundo y no las políticas.
Esta fuerza de la naturaleza que amasó una fortuna de 30 mil millones de dólares en industrias que van del petróleo a la minería y la logística simbolizaba cuatro cosas: la adopción del capitalismo por parte del PT; el asiento que Brasil quiere ocupar entre los grandes; el surgimiento de ese país como potencia energética de la mano del Estado, y el nacionalismo de la empresa privada.
Asfixiada por las deudas, OGX, la empresa petrolera que había crecido con ayuda de abundante crédito de BNDES, palanca estatal del desarrollo brasileño, se ha declarado en bancarrota, arruinando a esos inversionistas que veían en Brasil una alternativa al rendimiento ínfimo de los bonos estadounidenses.
Sus pozos petroleros, cinco años después del gran descubrimiento de las reservas pre-sal, no contenían lo prometido y, como el gobierno había congelado la subasta de lotes por discutir cuán grande debía ser la tajada del Estado, no había sido posible ampliar la exploración con más pozos.
Ha fallado el modelo petrolero que inventó Lula con el pre-sal y que Dilma intenta ahora reformar sin atreverse del todo a tocar lo intocable: la obligación de que los privados compartan la producción con el Estado y de utilizar servicios y componentes nacionales en todo el proceso, lo cual ha ahuyentado a las grandes empresas (la subasta reciente, primera en años, atrajo a un único consorcio).
Todo ello en medio de una resaca muy fuerte de la clase empresarial contra el modelo intervencionista y una angustia manifiesta por la situación del propio Petrobras, santo y seña de los “BRIC”, al que el endeudamiento y la obligación de vender gasolina a pérdida están afeándole la vida.
Estamos ante un asunto serio: América Latina necesita que Brasil se ponga de pie otra vez (lleva tres años casi sin crecer) y refunde su modelo. Hay quienes ven (vemos) en la Alianza del Pacífico, que suma un PIB similar y una población comparable, un acicate para obligar a la potencia sudamericana a sacudirse la mala racha. Ojalá sea así. La caída del imperio de Batista, el hombre que aseguraba que muy pronto sería la primera fortuna del mundo, es una metáfora dolorosa de la promesa incumplida del Brasil moderno, que empezó a gozar del estatus de nación desarrollada demasiado prematuramente.
Lo que ha logrado ese gran país es indudable: una democracia sólida, una nueva clase media, una izquierda que ha aceptado las instituciones republicanas y la empresa privada. Pero esto es apenas un marco. Resulta, para añadir complejidad a las cosas, que el mismo PT que ha desperdiciado una parte del éxito de la década de 2000 dedicándose a repartir riqueza sin pensar en crearla es el que tiene en sus manos el futuro: todo indica que Dilma será reelecta y que Lula sigue siendo, a pesar de la comprobada corrupción de sus allegados, una figura inevitable de la política brasileña.
Ojalá que la conmoción de la bancarrota de Batista sirva para que la Presidenta, una mujer inteligente y más formada que Lula, entienda que su país, que nos pertenece a todos los sudamericanos, pide a todo pulmón repensar el modelo del PT.
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