Alinear incentivos
Por
Alberto Benegas Lynch (h)
No
se trata de fabricar seres humanos según el molde de algún megalómano ni
“hombres nuevos”, sino de tomar a las personas como son y encontrar el mejor
camino para que cada uno pueda seguir su proyecto de vida sin lesionar derechos
del prójimo. Cada cual responderá ante su conciencia por sus actos, pero nadie
debiera tener la facultad de entrometerse en la vida ni en las haciendas de
otros a menos que se recurra al derecho de autodefensa en vista del uso de la
fuerza agresiva.
En
última instancia, se trata de una cuestión de incentivos que permitan la
cooperación libre y pacífica. Independientemente de la bondad o la maldad de
distintos individuos, los incentivos adecuados ponen límites estrictos a la
invasión a los derechos de cada cual y estimulan el entendimiento de la gente
en pos de sumas positivas. En este cuadro de situación se tenderá a sacar lo
mejor de cada uno, a diferencia de incentivos perversos que tienden a sacar lo
peor de las personas.
Los
incentivos de todos operan en dirección a pasar de una situación menos
favorable a una que le proporcione al sujeto actuante una situación más
favorable. Esto es independiente de cuales sean las particulares y subjetivas
metas de cada uno. Siempre será un incentivo este paso de una situación a otra
y será un desincentivo lo contrario (a veces denominado contraincentivo). Para
que esto ocurra es indispensable una atmósfera de libertad cuya contratara es
la responsabilidad.
Como
todo no puede realizarse al mismo tiempo, cada uno, de modo explícito o
implícito establece una jerarquía de valores en cuyo contexto no resultan
posibles las comparaciones intersubjetivas y siempre estarán presentes los
costos de oportunidad (al proceder en determinada dirección debe renunciarse a
otra).
Los
arreglos contractuales ajustan distintas situaciones al efecto de alinear
intereses, tal como sucede en los ejemplo elementales del empleado y el
empleador o de los gerentes y los accionistas (respectivamente agente y
principal en cada caso) o cuando aparece la posibilidad de selección adversa o
el riesgo moral (por ejemplo cuando compañías de seguros que optan por asegurar
en grupos para evitar primas elevadas y así distribuir riesgos).
El
entramado de incentivos que permiten la armónica y productiva cooperación
social está basado en la institución de la propiedad privada. Dado que los
recursos son limitados en relación a las necesidades ilimitadas, la propiedad
privada permite que se les de el uso más eficiente a los factores de producción
disponibles. El cuadro de resultados establece un sistema de recompensas para
quines mejor atienden las necesidades del prójimo y de castigo para quienes se
equivocan en el uso de sus recursos en cuanto a las preferencias de los demás.
Asimismo, este aprovechamiento de los bienes existentes conduce a la
maximización de las tasas de capitalización, lo cual, a su turno, hace que
aumenten los salarios e ingresos en términos reales.
En
cambio, cuando irrumpe “la tragedia de los comunes” donde no se asignan
derechos de propiedad, el panorama de incentivos se modifica sustancialmente.
El comportamiento de personas que viven en un mismo edificio es radicalmente
distinto cuando cada uno posee un departamento respecto a cuando todo es de
todos. El trato cambia, los modales y la convivencia operan de forma diferente.
Como queda dicho, el derecho de propiedad hace florecer lo mejor de las
personas, mientras que la colectivización muestra la peor cara. En cada
intercambio libre y voluntario, es decir, en el contexto de la sociedad
contractual, las partes se agradecen mutuamente, sea en una transacción
comercial o en una simple conversación, por el contrario, cuando todos pelean
por lo que existe sin que nadie tenga títulos de propiedad se traduce en la
lucha de todos contra todos.
El
derecho a la propiedad privada deriva del derecho a la vida: la posibilidad de
usar y disponer el fruto del propio trabajo y muchos de los goces no
crematísticos están también vinculados con esa institución, como la libertad de
expresión atada a la propiedad de imprentas, periódicos, ondas
electromagnéticas y equivalentes, la preservación de la intimidad presupone la
inviolabilidad del domicilio, el matrimonio supone el respeto a los
consiguientes arreglos contractuales, el teatro y el cine libres e
independientes dependen de edificios y otras propiedades, y así sucesivamente.
Como
ya he apuntado en otras ocasiones, el contrato implica la propiedad y la vida
es una serie prácticamente sin interrupción de contratos. Nos levantamos a la mañana y tomamos
el desayuno (estamos en contacto con transferencias de derechos de propiedad a
través de la compra-venta, sea del refrigerador, el microondas, el pan, la
leche, la mermelada, los cereales, el jugo de naranja o lo que fuere). Tomamos
un taxi, un tren, un bus y llevamos los hijos al colegio (contratos de
adquisición, de enseñanza, de transporte). Estamos en el trabajo (contrato
laboral), encargamos a nuestra secretaria ciertas tareas (mandatos) y a un
empleado un trámite bancario (contrato de depósito), para solicitar un crédito
(contrato de mutuo) o para operar ante cierta repartición (gestión de
negocios). Alquilamos un inmueble para las vacaciones (contrato de locación),
ofrecemos garantías (contrato de fianza). Nos embarcamos en una obra
filantrópica (contrato de donación). Resolvemos los modos de financiar las
expensas de nuestra oficina o domicilio (contrato societario), etc. Este haz de
contratos solo tiene sentido si no se dispone de los derechos que se
intercambian. En esta trama de intercambios consiste la célebre figura de “la
mano invisible”, no es que las cosas suceden arbitrariamente y por casualidad
sino que procede cada cual con el acuerdo de su prójimo y no lo imponen los
burócratas a su medida.
El
objetivo en este clima de tolerancia recíproca estriba en contar con marcos
institucionales que logren estos propósitos nobles para que cada uno pueda
proseguir con su vida sin lesionar derechos de terceros. Entonces, en este cuadro de situación, deben estudiarse
cuidadosamente los incentivos inherentes al monopolio de la fuerza que
denominamos gobierno al efecto de evitar tensiones y contradicciones de
incentivos y compararlos con las posibles alineaciones que puedan surgir en los
debates que se llevan a cabo respecto a las externalidades, los bienes públicos
y el dilema del prisionero y proceder en un contexto evolutivo sin pretender la
perfección que nunca estará al alcance de los mortales y sin pretender nunca
introducir tajos abruptos en la historia sino a través de la comprensión de
números suficientes de personas que estén persuadidas de los caminos a tomar
con la plena conciencia de que nunca se llegará a una meta final y que las
corroboraciones son provisorias sujetas a refutaciones.
Por
último, debe destacarse que los incentivos a defenderse de situaciones
difíciles y amenazantes abren las puertas a procesos que aun sin
deliberadamente dirigirse a la filosofía de la sociedad abierta, de hecho la
apuntalan vía órdenes espontáneos más complejos y ricos que los que cada uno podría
concebir. Ejemplos de ello son los crecientes sistemas educativos digitales
paralelos a las universidades establecidas (muy especialmente la excelencia del
ahora muy difundido MOOC), el home-schooling,
las escuelas virtuales y el correspondiente coaching
que elimina en estos rubros las
autoridades gubernamentales de control, los barrios cerrados que disminuyen el
peso de las calles y las iluminaciones estatales, la seguridad privada que
minimiza el requerimiento de la policía oficial, los arbitrajes que en gran
medida dejan de lado la justicia gubernamental y las mutuales de medicina que
barren con los esquemas impuestos por los aparatos estatales, que pueden
extenderse a públicos mucho más amplios en la medida en que los sindicatos no
operen coactivamente en los monopolios denominados “obras sociales”.
Es
importante prestar atención a procesos evolutivos abiertos sin la participación
de los obstinados por manipular el fruto del trabajo ajeno, quienes se sienten
con “derecho” sobre la vida del prójimo que todavía debe agradecerles sus
sandeces, puesto que como escribe Norbert Bilbeny en El idiota moral “la necedad constituye un enemigo más peligroso que
la maldad. Ante el mal podemos al menos protestar, dejando al descubierto y
provocar en el que lo ha causado alguna sensación de malestar. Ante la necedad,
en cambio, ni la protesta surte efecto. El necio deja de creer en los hechos e
incluso los critica; se siente satisfecho de sí mismo y si se le irrita pasa al
ataque”.
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