Guatemala: Tarjetazo
Por José Raúl
González Merlo
Nadie, en su sano juicio, le
prestaría la tarjeta de crédito a un político para que se vaya de compras. Sin
embargo, no la necesitan. Tienen algo mejor: la capacidad de crear deuda
pública para financiar sus aventuras políticas sin que podamos detenerlos.
Ya es hora de poner fin a la
fiesta de hipotecar nuestro futuro irresponsablemente. El año pasado, los
ciudadanos produjimos riqueza por aproximadamente Q390 mil millones. A eso le
llaman Producto Interno Bruto. Este año, si bien nos va, cerraremos con un
endeudamiento público cercano a Q110
mil millones. Como el fisco cobra impuestos por cerca de 10% de la riqueza que
se produce en el país, una deuda de esa magnitud nos obliga a producir 10 veces
más; unos Q1,100 mil millones. Con ese dinero habrá que pagar la deuda que los
gobernantes nos han heredado, hasta ahora, más los respectivos intereses. Es el
trabajo de casi tres años dedicados exclusivamente a pagar por lo que los
políticos han despilfarrado… Ya nos gastamos el dinero y ni siquiera hemos
producido la riqueza.
Algunos
promulgan ingenuamente que la deuda pública, por sí sola, no es mala. Que en el
sector privado la deuda ayuda a hacer crecer a las empresas y que eso mismo
puede pasar en el país vía deuda del sector público. Nada más equivocado. Los
países no crecen gracias al endeudamiento público. Más bien este se convierte
en una carga insostenible para la ciudadanía y los termina llevando a una
crisis financiera. Ejemplos abundan a lo largo de la historia. ¿Acaso no
estamos viendo lo que ocurre en Grecia?
En Guatemala,
los préstamos se “invierten” en mantener la administración pública. Para
muestra, el último financiamiento por más de US$400 millones que se nos quiere
meter para el pago de salarios de nuevos burócratas relacionados con las
finanzas públicas. No hay que creer en esos “cantos de sirenas” que pretenden
legitimar el endeudamiento público. Si algo ha sido evidente a lo largo de los
últimos 30 años es que los gobiernos han sido irresponsables en el manejo de
las finanzas públicas. No existe rendición de cuentas. El dinero simplemente se
gasta y se le pasa la factura a las próximas generaciones. Es una ecuación
inmoral.
Por lo tanto,
por las mismas razones que usted no le prestaría su tarjeta de crédito a un
político, de esa misma manera debemos cortar, de raíz, la capacidad de endeudamiento
público por parte de los gobernantes de turno. Algunos ingenuos piensan que
esta medida es “radical”, que el Gobierno necesita cierta “flexibilidad” para
poder operar. Nada que ver. Esa “flexibilidad” continuará hipotecando nuestro
futuro hasta llevarnos a una crisis fiscal.
Por lo tanto,
esta coyuntura de debate debe servir para reformar nuestro ordenamiento
jurídico y obligar a los políticos a operar bajo las condiciones de un
presupuesto público balanceado. El déficit fiscal es la fuente de los
requerimientos de endeudamiento y por ello hay que prohibirlo. Por nuestro
futuro y el de nuestros hijos, hay que acabar con ese incentivo perverso y
forzar a los políticos a actuar con responsabilidad fiscal.
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