Edward Snowden: ¿Héroe o traidor?
En
casi todas las entrevistas en los medios sobre la historia de filtraciones de
Edward Snowden, a la persona entrevistada (incluyéndome a mí) casi siempre se
le pregunta si Snowden debería ser considerado un soplón heroico o un traidor
deshonroso a la nación. La pregunta probablemente nace de la atención que la
sociedad estadounidense pone en el individuo, la cual conduce a una cultura que
ama la celebridad, y a una concepción en blanco y negro de lo que está bien y
lo que está mal incrustada en la cultura popular por las películas y los
programas de televisión. La pregunta a menudo está también diseñada para poner
en evidencia los puntos de vista políticos del entrevistado, estableciendo así
un atajo para que los espectadores determinen rápidamente si están de acuerdo o
en desacuerdo con él o ella sin ser molestados con los detalles de los temas.
Y
los detalles son secretos, complejos y legalistas. Pero los temas son de tal
vital importancia para la preservación de una república que los verdaderos
patriotas tienen que abrirse camino a través de ellos antes de formarse una
opinión. Incluso si lo peor, como alegan los funcionarios del gobierno de los
Estados Unidos, es cierto—que Snowden ya haya divulgado alguna información
sobre el espionaje estadounidense a países extranjeros que comprometerían las
fuentes y métodos de la inteligencia, lo cual podría hacer que espías de los
Estados Unidos terminen muertos o perjudicar la futura recopilación estadounidense
de inteligencia—esta ramificación excepcionalmente mala puede quedar eclipsada
por la positiva contribución de Snowden. ¿Qué?
La
política exterior tradicional de los Estados Unidos a finales de los siglos 18
y 19 era, en la mayor parte de los casos, una de moderación en el extranjero.
Esta política surgió porque los antimilitaristas fundadores de la nación se
habían percatado de que históricamente, las guerras externas conducían a una
opresión gubernamental acrecentada en el país y que los Estados Unidos se daban
el lujo de ser capaces de evitar la mayoría de las guerras debido a su posición
inherentemente segura a medio mundo de distancia de las fuentes de la mayoría
de los conflictos. Esta moderación comenzó a erosionarse durante la primera
mitad del siglo 20, con el involucramiento de los EE.UU. en la Guerra
Española-Americana y en las Guerras Mundiales I y II, pero todavía existía.
Una
significativa oposición surgió entre segmentos de la población estadounidense a
la participación de los Estados Unidos en estas tres guerras, y después de cada
uno de los conflictos, el país volvía a una posición de tiempos de paz. Durante
la Guerra Fría, a partir de la Guerra de Corea (1950-1953) y después, los
Estados Unidos nunca regresaron a su política exterior moderada más tradicional
y en su lugar se convirtieron en un imperio militarista, abarcador de todo el
globo e informal—propagando sus alianzas unilaterales, bases militares,
intervenciones armadas, y ayuda externa a todas las regiones del mundo. La Guerra
Fría, debido a su duración, en verdad erosionó a la república estadounidense y
sus libertades civiles. En otras palabras, en lugar de una política exterior
estadounidense que asegurase la república y sus instituciones, como imaginaron
los fundadores de la nación, la república iba a ser sacrificada al servicio del
nuevo imperio americano.
A
pesar de que el terrorismo es una amenaza mucho menor que la del cuco soviético
utilizada como una cubierta para el imperio estadounidense durante la Guerra
Fría, ha reemplazado a la URSS como la principal justificación para el imperio
por la cual la republica debe ser entregada. Y gran parte de la erosión de la
república a través del comportamiento inconstitucional de los burócratas
gubernamentales durante la Guerra Fría y la Guerra contra el Terror ha sido
perpetrada en secreto. Incluso si Snowden ha divulgado mucho sobre las
actividades de la inteligencia estadounidense—y ese sería un delito grave—esto
queda más que compensado por su revelación vital de la incautación inconstitucional
del gobierno de posiblemente todos los registros telefónicos de los
estadounidenses en contravención directa a la prohibición de la Cuarta Enmienda
contra las incautaciones generales y los allanamientos sin causa probable de
que un crimen ha sido cometido. La Cuarta Enmienda no hace excepción alguna o
no tiene ningún estándar menor, respectivamente, para los casos que atañen a la
“seguridad nacional”. Las protecciones de la Cuarta Enmienda son uno de los
pilares de la república.
Independientemente
de sus intenciones—Dudo que Snowden sea un espía chino debido a que China lo
habría dejado en su puesto, en vez de exponerlo para publicitar que los EE.UU.
espían a su propio pueblo, algo que probablemente a China le preocupe
poco—Snowden puede haber sido demasiado torpe con sus revelaciones. Sin
embargo, el efecto neto de sus revelaciones puede ser positivo, a pesar de que
no debería recibir el estatus de “héroe”.
Es
hora de dejar de permitir que la política exterior de los EE.UU. socave la
república, como el Director de la Inteligencia Nacional James Clapper parece
haber hecho al mentirle al Congreso sobre estos programas masivos para espiar a
los estadounidenses. ¿Por qué nadie lo está llamando traidor a la república por
socavar sus pesos y contrapesos constitucionales? Incluso el famoso traidor
Benedict Arnold cumplió un importante rol no reconocido en ganar la revolución
americana al hacer una enorme contribución para vencer en una de las dos más
importantes batallas de la guerra—Saratoga. ¿Cuál es la contribución de Clapper
a los Estados Unidos? Me gustaría analizarla con más detenimiento antes de
llamarlo traidor a la Constitución. Del mismo modo, deberíamos evitar las
etiquetas simplistas para Snowden. El tema es demasiado complejo para eso. Sin
embargo, podemos apreciar la divulgación de Snowden de la colosal mala conducta
inconstitucional del gobierno.
Traducido
por Gabriel Gasave
Ivan Eland
es Asociado Senior y Director del Centro Para la Paz y la Libertad en The
Independent Institute en Oakland, California, y autor de los libros Recarving
Rushmore: Ranking the Presidents on Peace, Prosperity, and Liberty, The Empire
Has No Clothes, y Putting
“Defense” Back into U.S. Defense Policy.
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