Edward Snowden en la encrucijada
Por Alberto Benegas Lynch (h)
El
dirigente político estadounidense más liberal en el sentido clásico del término
y dos veces candidato a la presidencia Ron Paul acaba de señalar en Fox
Business el 11 de junio del corriente año que “Vivimos malos tiempos en el que
los ciudadanos americanos [norteamericanos] no tienen derechos y pueden ser
muertos. El caballero [Edward Snowden] está tratando de decir la verdad de lo
que sucede” y más adelante subrayó que “No concibo ni por un minuto que sea un
traidor [Edward Snowden]. Todos están preocupados sobre como lo condenarán por
traidor y como lo matarán. Pero ¿qué decimos sobre los que destruyen nuestra
Constitución? ¿que pensamos sobre las personas que asesinan a ciudadanos americanos[norteamericanos] sin juicio y asumen que esa es la ley de la nación? Es allí
donde radica nuestro problema”.
Y
el Juez Andrew Napolitano en el programa televisivo Studio B el mismo día afirmó enfáticamente que “Edward Snowden es
un héroe que pone al descubierto la trama infame de espionajes que vulneran
nuestros valores y los principios de la Constitución” y concluyó que “los
gobernantes que permiten semejantes políticas no merecen el cargo”, lo cual es
apoyado también por muchos destacados miembros del Partido Demócrata quienes
acaban de generar un feroz abucheo a la líder de la minoría en el Congreso
Nancy Pelosi en National Netroots Political Conference en San José (California)
el 23 de junio cuando pretendió apoyar las trapisondas de Obama en materia de
seguridad.
He escrito antes sobre este tema a
raíz del caso Assange que es del caso reiterar.
En este nuevo episodio de espionaje sin orden de juez competente y sin
un sustento claro puesto de manifiesto tal como indica la cuarta enmienda de la
Carta Magna estadounidense, hay varios aspectos delicados a considerar. En
primer lugar, lo público no es privado especialmente en sociedades que se
precian de contar con sistemas transparentes y que los actos de gobierno deben estar en conocimiento de los
gobernados quienes se dice son los mandantes. Lo dicho no significa que en muy
específicas circunstancias y de modo transitorio y provisional los gobiernos
pueden mantener reserva sobre ciertos acontecimientos (como, por ejemplo, un
plan de defensa que no debería divulgarse antes de su ejecución). En todo caso,
la reserva mencionada es responsabilidad de quienes estiman debe mantenerse
reservada la información correspondiente. En ningún caso puede imputarse a la
función periodística la difusión de datos e informaciones una vez que estas
llegan a las redacciones.
Viene a continuación otro asunto
directamente vinculado con lo que analizamos y es el contrato de
confidencialidad sea en el área privada o pública. Si un empleado de una
empresa comercial asume el compromiso de no divulgar cierta información, no lo
puede hacer. Lo contrario implica lesionar los derechos de la otra parte en el
referido convenio. Idéntico razonamiento es del todo aplicable para el sector
gubernamental. Cuando en los años cincuenta funcionarios gubernamentales
estadounidenses (dicho sea de paso, pertenecientes al Departamento de Estado)
se comprometían a ser leales con su país y, simultáneamente, le pasaban
información confidencial a los rusos, incumplían con sus deberes elementales.
Pero, el contrato de
confidencialidad ¿tendría vigencia si uno se entera que la están por asesinar a
su madre? ¿Son válidos los contratos contrarios al derecho? En el caso de
Snowden, se trata de divulgar información sobre el ataque sistemático a la privacidad
de ciudadanos pacíficos lo cual es permitido por legislaciones
inconstitucionales como la aberrante “Patriot Act” en la que nuevamente se
desconoce la célebre sentencia de Benjamin Franklin en cuanto a que “Aquellos
que renuncian a libertades esenciales para obtener seguridad temporaria, no
merecen ni la libertad ni la seguridad” puesto que el Gran Hermano trasmite
inseguridad además de arrancar la libertad y la protección elemental a los
derechos individuales.
Supongamos incluso que Snowden sabía
de antemano -cuando se comprometió a guardar secreto- que se vulnerarían los
derechos de ciudadanos inocentes y luego se arrepintió de haber incurrido en
ese traspié, en este supuesto caso tampoco es condenable del hecho si quien
juzga comprende que no puede alegarse derecho contra el derecho y, asimismo, adhiere
a los valores y principios reiterados por los Padres Fundadores (tema sobre el
cual me explayo en mi libro Estados
Unidos contra Estados Unidos).
Aunque no es la misma situación, es
de interés recordar el caso de lo que se ha dado en denominar en la jerga
periodística como “los Papeles del Pentágono” cuyos documentos del Departamento
de Defensa de Estados Unidos fueron fotocopiados por Daniel Ellsberg con la
ayuda de Anthony Russo y entregados primero a The New York Times y luego a The
Washington Post que los publicaron en
1971, medios que alegando la Primera Enmienda de la libertad de prensa
naturalmente no sufrieron ninguna sanción y los dos fotocopiadores clandestinos
mencionados fueron sobreseídos por el Juez Federal William M. Bryne en 1973.
Dichos documentos probaron gruesas y reiteradas
mentiras, patrañas y falsificaciones pavorosas de la administración de
Lyndon Johnson sobre la guerra de Vietnam.
En todo caso, considero de utilidad
la difusión de los documentos expuestos para que resulte más claro aún lo
escrito por Hannah Arendt en el sentido de que “Nadie ha puesto en duda que la
verdad y la política están más bien en malos términos y nadie, que yo sepa, ha
contado la veracidad entre las virtudes políticas”. Los llamado “secretos de
estado” (y escribo estado con
minúscula porque de lo contrario debería escribir individuo con mayúscula que es más apropiado), en la inmensa
mayoría de los casos son para ocultar las fechorías de gobernantes inescrupulosos,
lo cual viene ocurriendo desde Richelieu, Metternich, Talleyrand y Bismarck,
prácticas que revirtió categóricamente Estados Unidos pero que, de un tiempo a
esta parte, ha retomado costumbres insalubres de otras latitudes.
Ahora bien, no conozco la filosofía
de Snowden solo sé que como es de dominio público dice defender los derechos de
los norteamericanos que están siendo impune y sistemáticamente violados, pero
no estimo relevantes las ideas de esta persona, lo crucial es que expuso
públicamente un programa para que el Leviatán atropelle derechos de las
personas. Incluso aun suponiendo que fuera comunista, la denuncia es cierta y
sumamente peligrosa para el futuro de Estados Unidos y el mundo libre.
La encrucijada en la que se
encuentra Edward Snowden es que ha solicitado asilo en diversos países
occidentales desde su reducto en Hong Kong, requerimiento que ha sido denegado una
y otra vez por temor a represalias de Estados Unidos o por convencimiento de
que es lícito interferir en las comunicaciones telefónicas privadas y en los
correos electrónicos también privados sin la expresa orden del juez de la
causa. Lo último en lo que insistió fue la posibilidad de exiliarse en Islandia
para lo que un empresario privado había puesto a su disposición su avión para
el traslado correspondiente en caso de accederse al pedido de marras, lo cual,
como queda dicho, no ocurrió.
Como es del conocimiento público el
gobierno ruso facilita su eventual traslado desde ese país a Ecuador (situación
no definida al cierre de esta columna). Estuvo considerando la posibilidad de
viajar a Cuba como escala intermedia, gran paradoja puesto que se trata del
Gulag que espía a todos sus habitantes a quienes se encarcela si se descubre
que hay desacuerdos con los sátrapas de la isla-cárcel. El posible desembarco
en Quito será otra paradoja ya que en ese país el gobierno persigue de modo
implacable la poca libertad de prensa que aún queda (se acaba de promulgar la
ley mordaza llamada “ley orgánica de comunicación”), además de conculcar otros
derechos de la gente tal como ha explicado con tanta lucidez Gabriela Calderón.
Funcionarios norteamericanos de alto rango le han trasmitido a Rafael Correa
que si concreta el asilo, entre otras cosas, verá bloqueado al mercado
estadounidense el ingreso de productos ecuatorianos como fruta, pescado y flores,
todo lo cual agravaría la situación después que el enviado de Estados Unidos
(Heather Hodges) fuera expulsado de Ecuador en abril de 2011, después de que
Wikileaks puso en evidencia denuncias de ese enviado sobre corrupción de
autoridades radicadas en Quito. También el patán venezolano que habla con los
pajaritos espetó podría ofrecer asilo.
Por las informaciones que nos
llegan, conjeturamos que el ex funcionario norteamericano que ahora filtró
alguna información reservada y se propone expandir su oferta al público ha
debido recurrir a asesores legales de dudosa reputación pues otros
profesionales tienden a excusarse frente a posibles consecuencias de
enemistarse con burócratas estadounidenses. Independientemente de su postura
intelectual y sus conductas personales, situación parecida sucede con el
referido Assange que se encuentra asilado en Londres en la embajada de Ecuador.
Si Snowden es comunista,
filocomunista o un estatista consumado estará cómodo en su nuevo destino, si no
es el caso vislumbrará un futuro incierto e incómodo, pero ¿cual sería la
salida si alguno de nosotros tuviera el coraje de denunciar públicamente lo
dicho? ¿someternos a la cacería monstruosa de los servicios de inteligencia
estadounidenses y sus fuerzas parapoliciales con un final trágico o acceder a
un refugio transitorio cuyo jefe lo hace como venganza a todo lo bueno que
significa Estados Unidos?
Glenn Beck en su programa de
televisión The Blaze también acaba de
sostener que Edward Snowden “es un héroe” que hay que proteger contra las acciones
criminales de energúmenos enquistados en Washington que traicionan los valores
expuestos por los Padres Fundadores y que, por este camino, afirma el conductor,
ciertos megalómanos con rostros demócratas terminarán con las libertades
individuales.
En su libro Constitutional Chaos el antes mencionado Juez Andrew Napolitano
concluye que es gravísimo lo que viene ocurriendo en Estados Unidos, donde el
gobierno puede confiscar y encarcelar sin
el debido proceso y espiar la correspondencia privada y escuchar
conversaciones de inocentes sin intervención de la Justicia. Es por esto que Osama
Bin Laden ha consignado que el triunfo de su ideología “inexorablemente tendrá
lugar merced a la guerra antiterrorista por las restricciones a lo que en
Occidente se denomina libertad” (citado por Ivan Eland en The Empire has no Clothes. US Foregin Policy Exposed).
Algunos trogloditas del Partido
Republicano de la línea G.W. Bush están furiosos con Snowden, del mismo modo
que defienden la emboscada inaceptable y repugnante de Guantánamo y suscriben
la “preventiva” invasión militar por doquier. Es de esperar que prime la
cordura y la mejor tradición del american
way of life que hizo a esa nación el refugio de la libertad y el respeto
recíproco y se abandonen procedimientos dignos del atropello terrorista (en “La
Nación” de Buenos Aires me detuve en la crítica a métodos incompatibles con una
sociedad abierta: “Para que sirven los servicios de inteligencia”, agosto 4 de
2006, donde distingo información de alarmante entrometimiento).
El 19 del corriente mes de junio
Mike Stein lo entrevistó en KWAM 900 AM al profesor Mark Thornston sobre el
tema que nos ocupa quien manifestó que “Snowden es un patriota que hizo lo
correcto frente a la inmoralidad del espionaje” y que “esto es un balde de agua
fría para la economía ya que la consiguiente inseguridad hará que muchas
empresas, especialmente las tecnológicas, se muden a países más seguros”.
Con esta situación nos retrotraemos
a las cavernas, en el segundo tomo de Historia
de la vida privada compilada por Philippe Ariés y Georges Duby se lee que
“los Medicis llegan a vigilar la correspondencia privada” también alegando
seguridad del Estado. Muchas veces no se otorga el suficiente peso a este
espionaje hasta que se pone en evidencia que personeros del aparato estatal concretamente
estuvieron escuchando algunas de nuestras personales e íntimas conversaciones
telefónicas o interfiriendo en nuestros correos electrónicos privados, en ese
momento dejamos de mirar el tema como algo abstracto y lejano y nos invade el
temor por las garras del Gran Hermano.
He aquí entonces la encrucijada que
presento en esta nota para un prófugo que posee más de doscientos documentos
reservados que ponen al descubierto las tropelías de un Leviatán desbocado, una
persona convertida en un paria puesto que la administración de Obama acaba de
cancelarle el pasaporte, no vaya a ser que lo escrito en 1952 por Taylor
Caldwell como ficción en su The
Devil´s Advocate se convierta en
realidad: “Siempre había una guerra. Siempre había un enemigo en alguna parte
del mundo que había que aplastar […] Denle guerra a un nación y estará contenta
de renunciar al sentimiento de libertad […] En los días en que América [del
Norte] era una nación libre, sus padres deben haberles enseñado la larga
tradición de libertad y orgullo en su país. Sus profesores tienen que haberles
enseñado, y sus pastores, sus rabinos y sus sacerdotes. La bandera, en un momento,
debe haber significado algo para ellos. La Constitución de los Estados Unidos,
la Declaración de la Independencia: seguramente habría entre ellos quienes
recordarán. ¿Por qué entonces permitieron que la Constitución se pusiera fuera
de la ley? ¿Por qué desviaron sus miradas cuando sus artículos, uno por uno,
fueron devorados por las ratas? ¿No hubo una sola hora en la que se sublevaron
como hombres en sus corazones y levantaran la voz en protesta? […] Todo empezó
tan casualmente, tan fácil y tantas palabras grandilocuentes. Comenzó con el
uso odioso de la palabra `seguridad ` […] ¿Por qué han estado tan ansiosos de
creer que cualquier gobierno resolvería los problemas por ellos, los cuales
habían sido resueltos una y otra vez tan orgullosamente por sus padres?”.
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