Palestina, otro traspié de la Asamblea General de la ONU

Por Darsi
Ferret
Miami, Florida.
– Similar al caso de la permanencia del embargo económico norteamericano a la
dictadura que rige férreamente los destinos de Cuba, la Asamblea General de la
ONU vuelve erróneamente a votar por un absurdo en abrumadora mayoría. Esta vez
el dislate se deriva hacia el estatus de nación reconocida exigido por los
representantes de Palestina en el cónclave mundial. Y es tan aberrante meterse
a decirle a USA con quién tiene que comerciar como aceptar que los palestinos
tienen un gobierno. Como una tendencia que parece acomodarse entre los
países en vías de desarrollo de darle prioridad a la representación de un
grupo como si fuera la nación, y así molestar a los Estados Unidos y darle en
la torre al Estado democrático de Israel, olvidándose que esos grupos se
representan a sí mismos, como sucede en el caso cubano, las autoridades
palestinas se apechan la legitimidad que no tienen.
En realidad, el
Estado palestino más se asemeja a una nación fallida como Sudán que a un país
con un gobierno verdaderamente representativo. En esa misma Asamblea de la ONU
se sabe bien que ese proyecto mal armado de país del Medio Oriente desde sus
mismos inicios está dividido en una lucha entre facciones con características
más gansteriles que de estadistas democráticos. Los mismos ciudadanos que
conforman la población de ese territorio árabe están secuestrados en sus
derechos por grupos como Al Fatah y Hamas, aunque no son los unicos, que imponen
sus credenciales como representantes del resto de la sociedad, intimidan a sus
súbditos para que voten por ellos, les incitan constantemente contra Israel,
los mantienen en condición de miseria y guerra permanente, obligándoles a
sostener un enorme aparato corrupto que se traga la mayor parte de las remesas
de ayuda que recibe el país. Para nadie tampoco es un secreto que este modelo
de explotación, esquivo de la institucionalización de una democracia, de la
libertad informativa y la libre expresión, es el mismo que fundara el primer
presidente, Yasser Arafat, hace más de treinta años. Nadie, ni siquiera el
Estado judío, con el que las diversas facciones palestinas han mantenido una
permanente pugna como el demonizado Enemigo, casi tan violenta como la que
sostienen entre ellos por agarrar todo el poder y dinero que pueden, les ha
exigido que se democraticen y que la sociedad sea transparente. Esa premisa
hace rato habría acabado con el forzado conflicto israelí-palestino que ha
costado y cobra a diario tantas vidas.
Para vergüenza
de las funciones que debe cumplir la ONU, primero con los ciudadanos de un país
antes que con el grupo que por fuerza dice representarlo en esta magna
Asamblea, acaparando su voz y verdaderos deseos, en el caso palestino y
en el cubano se utiliza irresponsablemente un instrumento para la paz
internacional con una finalidad estrecha, sectaria y cargada de un oculto
rencor en general al peso democrático global de los países de Occidente y, en
especial, a los Estados Unidos. El voto de muchos de estos paises miembros es
usado para otorgarle estatus de naciones normales a los representantes de
dictaduras y autoritarismos como Palestina y Cuba, con tal de ignorar la razón
de no premiar con reconocimiento y legitimidad internacional a un régimen
abusivo con sus propios ciudadanos.
Anteponer la
representatividad legal de un Estado confuso y represivo como Palestina a su
democratización auténtica equivale a condenar a que más ciudadanos palestinos
continúen pobres, reprimidos, repletos de odio contra un Enemigo externo, y
manteniéndole los bolsillos llenos a unos crápulas. Así se eluden las
verdaderas bases para lograr la paz entre Israel y Palestina, y la
posibilidad de dirimir pacíficamente, sin extremismos guerreros que alimenten
más odios y muertes de ambas partes, los conflictos territoriales que son el
argumento esgrimido de tales diferencias.
La paz tan
añorada en esa región nunca se podrá lograr si primero no se le exige al
gobierno palestino que de pasos verdaderamente democráticos, no formales y
ladinos, de claridad y transparencia en su propia sociedad. De hacerlo, la
sorpresa sería mayúscula hasta en esa Asamblea General de la ONU
que hoy se ufana de haber sido mayoría en esta votación. Como en cualquier
pueblo que quiere progresar en paz, se descubriría que si el ciudadano
palestino no teme expresar su verdadera voluntad sin represalias, la inmensa
mayoría preferiría acabar con este estado de permanente conflicto e incluso
trabajar y comerciar con el Estado de Israel, una nación de desarrollo de
primer mundo en la región.
Es la misma
historia para el pueblo de Cuba. Somos traicionados cada vez que esta Asamblea
General le concede al gobierno de fuerza de la isla el beneficio de su voto
frente a los derechos humanos que les son conculcados por la dictadura. El
primer embargo que esta magna Asamblea debe condenar es el que la dictadura en
el poder le impone al pueblo contra su propio progreso y libertad de elección. Si
mañana desapareciera el embargo comercial del gobierno norteamericano a la
dictadura militar cubana, que parece tener tantos amigos y simpatizantes en el
mundo diplomático, a diferencia de la Junta Militar Argentina, los
desaparecidos regímenes del general Stroessner en Paraguay o la dictadura del
general Pinochet en Chile, el pueblo cubano seguiría sufriendo carencias,
miserias y la violación rapaz de todos sus derechos. No es ahí donde está la
moña, compañeros diplomáticos y gobiernos simpatizantes de dictaduras, como
tampoco lo está en reconocerle autoridad moral o legal a los pandilleros que
mantienen secuestrada la voluntad de los palestinos.
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