Argentina: La máquina de producir votos

El año próximo habrá elecciones importantes en el
país. Mientras la República cruje y las instituciones estatales son
maltratadas, el sufragio democrático conserva su prestigio. Desde 1983,
ganadores y perdedores se han acostumbrado a inclinarse ante su
manifestación, contundente o no. El sufragio es inapelable, simple y
verosímil: cada ciudadano participa igualitariamente en la designación
de las autoridades. Una simple suma aritmética confiere legitimidad a
los gobernantes.
Así debe ser. Pero en la práctica las cosas son algo
distintas. El sufragio no es sólo un punto de partida, sino también de
llegada. La producción del sufragio es el resultado de un largo proceso
social y estatal previo, en el que condiciones, acciones y
procedimientos se articulan para operar sobre los sufragantes
singulares. Puede hablarse de un modo de producción del sufragio.
Hoy esto suena incorrecto. Pero parecía normal en el
siglo XIX, cuando surgieron los sistemas electorales. En Francia, los
gobiernos imponían sus candidatos movilizando su principal batallón
electoral: los empleados públicos, a quienes en vísperas electorales se
recordaba con descarnada precisión cuál era su obligación. En Alemania,
la injerencia estatal estaba absolutamente vedada, pero se aceptaba que
el pastor luterano, quien presidía el comicio, metiera la mano en el
bolsillo de su feligrés, destruyera la boleta equivocada y le diera la
correcta. Los industriales alemanes simplemente hacían saber a sus
obreros que la fábrica cerraría si triunfaba el candidato socialista.
Desde 1890 en España hubo sufragio universal masculino,
pero pocos se tomaban la molestia de votar. Los dos grandes partidos
habían acordado un "turno pacífico", que eliminaba la competencia.
Inicialmente, el rey y las Cortes cambiaban el partido gobernante, y
luego se convocaba a elecciones para consagrar la adecuada mayoría
parlamentaria. El ministro de la Gobernación distribuía las
diputaciones, de modo de equilibrar las influencias y conformar a todos;
en algunos casos negociaba con los caciques locales, pero en la mayoría
simplemente indicaba al juez local cómo redactar el acta de un comicio
que sólo había existido en el papel. Sin elecciones no había
legitimidad, pero en ellas no se jugaba el poder.
Los requisitos del rito electoral cambiaron en el siglo
XX. Se exigió el voto universal y secreto, suponiendo que en la soledad
del cuarto oscuro cada persona recuperaba su razón autónoma. Se eliminó
la manipulación del padrón. Nuestra ley Sáenz Peña de 1912 le agregó la
obligatoriedad, pues a muchos no les interesaba votar. Aunque el
espíritu de esa ley rigió las prácticas electorales, hasta 1983 sólo
influyó parcialmente en la política y en el poder. En esos años hubo
revoluciones y dictaduras. El peronismo estuvo largos años proscripto.
La variante plebiscitaria de Yrigoyen y de Perón redujo la significación
de la elección y valoró la aclamación masiva y unánime del líder.
Desde 1983 hemos entrado en la normalidad democrática.
No más golpes ni proscripciones. Los comicios se realizan casi
puntualmente, y hubo algunos ejemplares, como el de octubre de 1983 o la
interna peronista de 1988. ¿La Argentina alcanzó la normalidad
democrática? ¿La idea de que cada uno de los ciudadanos designa con su
voto a los gobernantes es hoy suficientemente verosímil?
Sí y no. Nuestro país es grande y diverso. La idea del
ciudadano individual y razonable sigue siendo verosímil en las grandes
ciudades y en la "pampa gringa", donde la producción del sufragio se
limita a la publicidad y los medios. En muchas provincias los
gobernadores alinean con facilidad a los empleados públicos y a otros
que dependen del Estado. Esta es una historia vieja y conocida. Lo
novedoso es la forma de votar del vasto mundo de la pobreza, crecido en
el Gran Buenos Aires y otros conurbanos en las últimas décadas, nutrido
de trabajadores desocupados, clase media empobrecida y nuevos migrantes
periféricos. Aquí nadie imagina que pueda construirse la vieja
ciudadanía de los individuos. Aquí el sufragio se produce; se está
produciendo, noche y día, todo el año.
La profunda transformación social y cultural del mundo
de la pobreza afectó los dos supuestos actuales del sufragio: que sea
individual y que el propósito del votante sea elegir gobernantes. En
ambos aspectos la situación recuerda a las sociedades europeas del siglo
XIX. El entonces novedoso principio del voto individual igualitario
coexistió mucho tiempo con desigualdades sociales e identidades
colectivas tradicionales: la familia, la aldea, la parroquia. La
política consistía en traducir esa realidad grupal en votos singulares e
iguales. "Los votos no se cuentan; se pesan", se decía por entonces.
Por otro lado, la compra del voto no era mal vista. Los modernizadores
veían allí la liberación del sometimiento automático al señor. Los
votantes creían que la venta del voto era su derecho, y protestaban
contra "los que quieren hacerse elegir gratis".
Lo llamativo es ver generalizarse estas prácticas cien
años después de la ley Sáenz Peña. Pero la Argentina cambió mucho en las
últimas décadas, y en ese aspecto pasó del siglo XX al siglo XIX. En
nuestros conurbanos la sociedad pobre creció, sobrevivió y se organizó
al margen de la tutela y la protección del Estado. Su lugar fue ocupado
por diferentes asociaciones, que traducen el complejo entramado social, y
por liderazgos fuertes, de personas que encabezan la acción colectiva y
se hacen cargo de las necesidades del conjunto. Comúnmente se los llama
"referentes".
Por otro lado, los partidos políticos se adecuaron a la
nueva sociedad, archivaron sus programas y desarrollaron redes
territoriales con operadores de base: los "punteros". Por encima,
aparecen las estribaciones locales de un Estado fragmentado. Ya no podía
desarrollar políticas universales, pero era capaz de movilizar sus
escasos recursos para acciones focalizadas y en buena medida
discrecionales, cuya expresión más conocida son las "obras públicas" y
los "planes".
Referentes y punteros son hoy las piezas clave del
proceso de producción del sufragio. Los punteros que cuentan son los que
hablan por el Estado: el concejal, el secretario, el intendente. Los
referentes, por su parte, hablan por los colectivos que lideran. Puede
ser una familia extensa, un vecindario, un grupo étnico, religioso o
deportivo, como en el fútbol. Entre punteros y referentes circulan
bienes y servicios variados: bolsones de comida, ayuda a comedores, una
franquicia, una tolerancia policial, un "plan".
Se trata de un intercambio cotidiano, continuo, que en
un momento se expresa políticamente, en la asistencia a una marcha o en
una elección. En el primer caso el colectivo es visible y quiere serlo:
desde el transporte hasta las pancartas. En el comicio, el colectivo
negociado -denominado "el paquete"- se disimula, y se traduce en votos
singulares, secretos. Pero reconocibles por el puntero, quien certifica
el cumplimiento de los términos del acuerdo.
Es común llamarlo clientelismo. Es una palabra
genérica, pobre y descalificante. No da cuenta de los matices de una
relación compleja, siempre abierta y en proceso, en la que hay también
independencia e imprevisibilidad. Cada persona pertenece simultáneamente
a varios colectivos, y su lealtad bascula entre ellos. Los compromisos
políticos son flexibles, graduales y reversibles. Los intercambios
requieren no sólo una base material, sino también sintonías de forma,
tono y trato. La gente no se entrega ni obedece, sino que "acompaña".
Manejar todo esto requiere una enorme sabiduría artesanal. Nada es
automático. Todo es cambiante, y a la vez regular, como en un
caleidoscopio. Al final, se traduce en votos, singulares,
cuantificables, acumulativos. A veces, cambian los gobernantes.
Usualmente los ratifican.
En esta operación, el partido político tradicional
desaparece. Hay funcionarios y punteros. Todos profesionales. Compiten
entre sí, administran recursos del Estado y viven de ellos. O esperan su
turno para hacerlo. Tampoco existe el Estado, entendido como el lugar
del interés general. Hay en cambio un gobierno, que utiliza recursos
estatales para montar esta maquinaria productora de sufragios. Hay un
partido del gobierno que se nutre del Estado para producir sufragios.
Esta es la democracia que tenemos, tan distinta de la imaginada en 1983.
Pocos ciudadanos. Poco Estado. Mucho gobierno. Hay opiniones negativas y
positivas sobre esta realidad. Pero es la única verdad.
© La Nacion.
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