“Libertad de pensamiento y discusión”

Extracto de Sobre la libertad de John S. Mill
“En cualquier
otra rama del saber humano, las opiniones de los hombres no merecen el nombre
de conocimientos si no se ha seguido de antemano un proceso mental —sea
forzado por los demás, sea espontáneamente— equivalente a una controversia
activa con los adversarios. Si existen, pues, personas que discuten las
opiniones recibidas de sus mayores o que lo harían si la ley o la opinión lo
permitieran, agradezcámoselo, escuchémosles, y alegrémonos de que alguien
haga por nosotros lo que de otra manera (por poco apego que tengamos a la
certeza o a la vitalidad de nuestras convicciones) deberíamos hacer nosotros
mismos con mucho más trabajo."
Queda todavía por tratar de una de las principales causas que hacen ventajosa
la diversidad de opiniones. Esta causa subsistirá hasta que la humanidad entre
en una era de progreso intelectual -que parece por el momento a una distancia
incalculable-. Hasta ahora no hemos examinado más que dos posibilidades:
1°, que la opinión recibida de los mayores puede ser falsa, y que, por
consecuencia, cualquier otra opinión puede ser verdadera.
2°, que siendo la opinión recibida verdadera, la lucha entre ella y el
error opuesto es indispensable para una concepción clara y para un profundo
sentimiento de su verdad.
Pero suele ocurrir a menudo que las doctrinas que se contradicen, en lugar de
ser una verdadera y la otra falsa, comparten ambas la verdad; entonces,
la opinión disidente es necesaria para completar el resto de la verdad, de la
cual, sólo una parte es poseída por la doctrina aceptada.
Las opiniones populares, sobre cualquier punto que no sea cognoscible por los
sentidos, son a menudo verdaderas, pero casi nunca lo son de modo completo.
Ellas contienen una parte de la verdad (bien sea grande; bien, pequeña) pero
exagerada, desfigurada y separada de las verdades que deberían acompañarla y
limitarla.
Del otro lado, las opiniones heréticas contienen generalmente, algunas de estas
verdades suprimidas y abandonadas que, rompiendo sus cadenas, intentan
reconciliarse con la verdad contenida en la opinión común, o bien la afrontan
como enemiga y se elevan contra ella, afirmándose de manera tan exclusiva como
toda la verdad completa.
Este segundo caso ha sido el más común hasta el presente, pues en la mente
humana la unilateralidad ha sido siempre la regla, y la plurilateralidad la
excepción.
De ahí que, ordinariamente, incluso en los cambios de opinión que la humanidad
experimenta, una parte de la verdad se oscurezca mientras aparece otra parte de
ella. El progreso mismo, que debería sobreañadirse a la verdad, la mayor parte
del tiempo no hace más que sustituir una verdad parcial e incompleta por otra.
Tal mejora consiste simplemente en que el nuevo fragmento de verdad es más
necesario, está mejor adaptado a la necesidad del momento, que aquel a quien
reemplaza. Éste es el carácter parcial de las opiniones dominantes, incluso
cuando reposan sobre una base justa: así, pues, toda opinión que representa
algo, por poco que sea, de la verdad que descuida la opinión común, debería ser
considerada como preciosa, aunque esta verdad llegase a estar mezclada con
algunos errores.
Ningún hombre sensato sentirá indignación por el hecho de que aquellos que nos
obligan a preocuparnos de ciertas verdades, que de no ser por ellos se nos
hubieran pasado inadvertidas, se descuiden a su vez de algunas que nosotros
tenemos bien en cuenta. Más bien, pensará que por ser la opinión popular -que
no ve más que un lado de la verdad-, es deseable que las opiniones impopulares
sean proclamadas por apóstoles no menos exclusivos, ya que éstos son
ordinariamente los más enérgicos y los más capaces de atraer la atención
pública hacia la parte de conocimiento que ellos exaltan como si fuera el
conocimiento completo.
Así es como, en el siglo XVIII, las paradojas de Jean-Jacques Rousseau,
produjeron una explosión saludable en medio de una sociedad cuyas clases todas
eran profundas admiradoras de lo que se llama la civilización y de las
maravillas de la ciencia, de la literatura, de la filosofía moderna, sin
compararse a los antiguos más que para encontrarse muy por encima de ellos.
Rousseau nos rindió el gran servicio de romper la masa compacta de la opinión
ciega y de forzar a sus elementos a reconstituirse de una forma mejor y con
algunas adiciones. No es que las opiniones admitidas estuviesen más lejos de la
verdad que las profesadas por Rousseau; al contrario, estaban más cerca,
contenían más verdad positiva y mucho menos error.
Sin embargo, existía en las doctrinas de Rousseau, y se ha incorporado con ella
a la corriente de la opinión, un gran número de verdades de las que la opinión
popular tenía necesidad; verdades que se han sedimentado, una vez pasado el
turbión.
El mérito superior de la vida sencilla y el efecto enervante y desmoralizador
de las trabas y de las hipocresías de una sociedad artificial son ideas que
después de Rousseau no han abandonado jamás los espíritus cultivados; ellas
produjeron un día su efecto, aunque hoy tengan necesidad de ser proclamadas más
alto que nunca, y proclamadas con actos; pues las palabras, en este terreno,
han perdido casi su poder.
De otra parte, en política, casi es un tópico que un partido de orden y de
estabilidad, y un partido de progreso o de reforma son los dos elementos
necesarios de un estado político floreciente, hasta que uno u otro haya
extendido de tal manera su poderío intelectual que pueda ser a la vez un
partido de orden y de progreso, conociendo y distinguiendo lo que se debe
conservar y lo que debe ser destruido.
Cada una de estas maneras de pensar consigue su utilidad de los defectos de la
otra; pero es principalmente su oposición mutua lo que las mantiene en los
límites de la sana razón. Si no se puede expresar con una libertad
semejante, o sostener y defender con un talento y una energía igual, todas las
opiniones militantes de la vida práctica, bien sean favorables a la democracia
o a la aristocracia, a la propiedad o a la legalidad, a la cooperación o a la competición,
al lujo o a la abstinencia, al estado o al individuo, a la libertad o a la
disciplina, no habrá ninguna oportunidad de que los dos elementos obtengan
aquello que les es debido; es seguro que uno de los platillos de la balanza
subirá más que el otro. La verdad, en los grandes intereses prácticos de la
vida, es ante todo una cuestión de combinación y de conciliación de los
extremos; pero muy pocos hombres gozan del suficiente talento e imparcialidad
para hacer este acomodo de una manera más o menos correcta: en este caso será
llevado a cabo por el procedimiento violento de una lucha entre combatientes
que militan bajo banderas hostiles. Si, a propósito de uno de los grandes
problemas que se acaban de enumerar, una opinión tiene más derecho que otra a
ser, no solamente tolerada, sino también defendida y sostenida, es precisamente
aquella que se muestra como la más débil.
Ésa es la opinión que, en este caso, representa los intereses abandonados, el
lado del bienestar humano que está en peligro de obtener aún menos de lo que le
corresponde."
Ya sé que entre nosotros se toleran las más diferentes opiniones sobre la mayor
parte de estos tópicos: lo que prueba, por medio de numerosos ejemplos, y no
equívocos precisamente, la universalidad de este hecho: que en el estado actual
del espíritu humano no puede llegarse a la posesión de la verdad completa más
que a través de la diversidad de opiniones.
"Es probable que los disidentes, que no comparten la aparente
unanimidad del mundo sobre un asunto cualquiera, tengan que decir, incluso
aunque el mundo esté en lo cierto, alguna cosa que merezca ser escuchada, y es
probable también que la verdad perdiera algo con su silencio.”
Un pensamiento muy apropiado para el momento que estamos viviendo…
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