La estrella en ascenso en EEUU

En los mentideros políticos estadounidenses no hablan de otra cosa: Marco Rubio, Marco Rubio y Marco Rubio. Son tales las conjeturas sobre su elevación a la candidatura vicepresidencial en el ticket republicano como acompañante de Mitt Romney, que hay incluso una biografía crítica siendo pergeñada a toda carrera: en junio, el periodista del Washington Post Manuel Roig-Franzia publicará un libro sobre el joven senador de origen cubano con un título -“El ascenso de Marco Rubio”- que lo dice todo y que parece una anticipación a la Convención republicana del verano.
Si Mitt Romney lo elige como su número dos, será evidente que el líder republicano trata de matar tres pájaros de un tiro: el voto hispano, el voto de la base conservadora agrupada en el Tea Party y el voto femenino. En esos tres sectores el seguro candidato presidencial de los republicanos tiene problemas y se cree, pero no está de ningún modo probado, que Rubio aporta soluciones.
No hay manera de saber por ahora si Rubio es la solución, pero sí puede a estas alturas, por el mero hecho de que las conjeturas se centren en él, sacar conclusiones muy interesantes sobre el estado del Partido Republicano y los factores que podrían ser determinantes en las elecciones presidenciales de noviembre.
El factor hispano será todavía más importante que en comicios anteriores. Desde hace años que el electorado hispano va aumentando sistemáticamente, pero por fin ha alcanzado masa crítica. Representó cinco por ciento del total de votantes en 1996, cuando Bill Clinton obtuvo la Presidencia, y pasó a abarcar seis por ciento en la elección que llevó a George W. Bush a la primera magistratura. Cuando Obama fue elegido, ya los hispanos -o “latinos”, como les dicen a menudo- representaban 7.4 del electorado, de manera que se espera que este noviembre la cifra ronde el ocho por ciento, algo que, si se tiene en cuenta la presencia desproporcionada de estos votantes en estados clave, puede literalmente decidir quién será el próximo inquilino de 1600 Pennsylvania Avenue. A esto hay que añadir que el voto hispano, que había llegado a dividirse en tiempos de la segunda elección de Bush hijo, ahora es masivamente prodemócrata.
Una prédica de años contra la inmigración; votaciones legislativas como la de 2005, que encendieron a los hispanos; medidas en estados conservadores como la Ley SB 1070 en Arizona; el constante bloqueo de iniciativas tendientes a la legalización parcial de indocumentados, y el tono beligerante contra el extranjero han ido minando la posición de los republicanos entre los votantes latinos. Esto, a pesar de que en muchas cuestiones -el espíritu emprendedor, la religión, la familia- los rasgos culturales de los inmigrantes de origen latinoamericano en principio deberían emparentar a este segmento de la población con los conservadores. Incluso durante las primarias republicanas, cuando ya era evidente a lo que se arriesgaban, los contendores se esmeraron en enajenarse a los hispanos con un lenguaje apocalíptico y casi xenófobo.
Mitt Romney, que era consciente de su debilidad ante el electorado más conservador por haber sido gobernador de un estado liberal, fue uno de los más ardorosos críticos de la inmigración durante los debates (y eso que él mismo es hijo de inmigrante). No sorprende, pues, que hoy Obama se lleve el 68 por ciento del voto latino en las encuestas y Romney sólo el 23. Dicho eso, no hay precisamente fervor por Obama entre los hispanos. La noticia de que han sido deportados más de un millón de latinos bajo su gobierno y el no haber impulsado a fondo una ley que otorgue vías de legalización a millones de indocumentados han minado su prestigio en ese grupo.
Este es el contexto en el que Rubio surge como una carta posible. El mismo parece muy consciente del riesgo que ha corrido su partido. De allí que acabe de proponer, como senador, una ley que pretende ser la alternativa al Dream Act respaldado por un sector del Partido Demócrata y que nunca se ha podido aprobar. La ley de marras pretende legalizar, otorgándoles ciudadanía, a los hijos de inmigrantes que fueron traídos siendo menores de edad siempre y cuando cumplan dos años en las Fuerzas Armadas o completen cuatro años de licenciatura en la universidad. La versión de Rubio es algo menos generosa y sólo daría una residencia temporal condicionada a esos jóvenes. Pero es un paso adelante en comparación con la posición que él mismo adoptaba hace un tiempo y que adoptaron casi todos los candidatos en las primarias republicanas.
Rubio, sin embargo, es una incógnita como líder hispano. Representa a un sector especial y muy singularizado de la población latina en Estados Unidos: los cubanos. A diferencia de otros hispanos, los cubanos tienen derecho a la legalidad con sólo poner un pie en territorio estadounidense. Los guardacostas tratan de atajarlos en el mar, pero ellos si logran colocar un pie en tierra firme, la ley los ampara. Por otro lado, los cubanos representan 3.5 por ciento de la población latina y 4.5 por ciento de los votantes latinos. La inmensa mayoría (más de 60 por ciento) son de origen mexicano. ¿Está un cubano en condiciones de lograr que los mexicanos se identifiquen con él?
De lo que no hay duda es de que tiene apoyo cubano. Cuando el mismo periodista del Washington Post antes citado reveló el año pasado que los padres de Rubio no llegaron a Estados Unidos huyendo de Fidel Castro en 1959 sino como inmigrantes económicos dos años y medio antes, la comunidad cubana de Florida cerró filas en torno a su flamante senador. Lo que será difícil es que habiendo tenido posturas contrarias a la legalización de inmigrantes y del propio Dream Act, y siendo miembro de una comunidad percibida por otros hispanos con recelo, pueda atraer a muchos votantes de por sí enemistados con el Partido Republicano. A lo cual se añade una ironía que será muy explotada por los demócratas si finalmente es el elegido por Romney: se ha revelado que el abuelo de Rubio fue inmigrante ilegal y que incluso tuvo una orden de deportación en 1962, que el susodicho desobedeció.
El voto cubano fue determinante para la hazaña que logró Rubio cuando lo eligieron senador por Florida en 2010 con apenas 40 años y ante nada menos que el gobernador, Charlie Crist, y un rival demócrata. Pero en esa elección quizá fue incluso más determinante el factor Tea Party. En aquel momento, el Tea Party tenía una fuerza que parece haber menguado últimamente. De hecho, esa organización altamente descentralizada fue la que devolvió a los republicanos en 2010 el control de la Cámara de Representantes con el mayor vuelco electoral desde 1948. En el caso del Senado, los republicanos apoyados por el Tea Party no pudieron arrebatar a los demócratas el control pero sí aumentaron en seis el número de escaños. Rubio se benefició de la movilización de conservadores “duros” en Florida contra el gobernador, a quien juzgaban un republicano demasiado moderado. De hecho, obligaron a Crist, por el galope de Rubio, a abandonar al partido y hacerse candidato independiente.
Dicho antecedente es, no cabe duda, otro elemento que Romney habrá tenido muy en cuenta si elige a Rubio. No sólo la base conservadora más radical le tiene afecto al senador: también un sector del “establishment” intelectual y periodístico de derecha. Desde Rush Limbaugh, el tremebundo hombre de radio a quien siguen millones de fanáticos, hasta el elegante intelectual George Will, todo ese sector, que tiene conexiones importantes con el Tea Party, lleva promocionando la figura de Rubio desde 2010 con denuedo. Una circunstancia que ha permitido a este político hacer una carrera meteórica: Rubio, un abogado que entró temprano a la política, fue congresista de la Cámara Baja del estado de Florida de 2000 a 2009 y la presidió los dos últimos años, antes de saltar al Senado en Washington. Y, ahora, está en todas las conjeturas vicepresidenciales.
La religión ha sido siempre un ingrediente importante en la política conservadora. Romney está midiendo si el senador de origen cubano puede aportarle un respaldo también por ese lado. No hay duda de que Rubio y su familia tienen creencias religiosas firmes, algo que el Tea Party ha valorado en él desde un inicio. Pero ha surgido un intenso debate sobre cuál es, precisamente, su religión. En principio, es católico. Hizo la primera comunión como tal y se casó por la Iglesia Católica. También ha bautizado a sus cuatro hijos. Sin embargo, durante los tres años en que vivió en Las Vegas de pequeño (de los 8 a los 11 años), su familia practicó la religión mormona y lo bautizó mormón. Luego, todos siguieron practicando esa religión, hasta que se convirtieron al catolicismo. Y ya de adulto, en Florida, Rubio y su mujer, que es de origen colombiano, han alternado la asistencia a una iglesia católica con la asistencia a otra protestante en el sur de su estado (bautista del sur, la mayor denominación cristiana del país).
Para Romney, que es mormón y ha debido vencer muchas resistencias de sectores protestantes del conservadurismo que consideran a esa iglesia una secta, tener de número dos a alguien que también fue de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días puede representar un riesgo. El riesgo de que ese aspecto de su candidatura obtenga un perfil mayor del necesario y de que su propio candidato a vicepresidente se vea obligado a responder muchas preguntas sobre el particular a lo largo de la campaña.
Está en el ánimo de Romney, por otra parte, la consideración del voto femenino. De forma persistente, las encuestas indican que Romney tiene mucha resistencia en ese electorado, en gran parte por culpa de su partido. La reciente disputa en torno a una medida propuesta por Obama para incluir los anticonceptivos en la cobertura obligatoria de ciertos seguros, llevó a los conservadores a movilizarse en todo el país acusando al Presidente de querer forzar a instituciones religiosas a hacer algo que les repugna íntimamente. Esta polémica, que probablemente fue calculada por la Casa Blanca antes de presentar la iniciativa, tuvo el efecto de proyectar la imagen de un Partido Republicano opuesto no sólo al aborto, que es legal desde 1973, sino al uso de anticonceptivos, algo que no es cierto estrictamente hablando, pero que en el contexto de la propuesta de Obama lo pareció.
Romney no puede apelar al electorado femenino renunciando a las posiciones valóricas conservadoras, pero necesita buscar elementos que ayuden a moderar la imagen republicana entre las mujeres, o al menos que disminuyan las resistencias. No hay hasta ahora evidencia de que Rubio ayude a Romney con las mujeres, pero la posición algo más moderada, o al menos el tono más moderado, de Rubio en cuestiones valóricas hace creer a estrategas republicanos que podría ser la carta que permita acortar la brecha.
Una última consideración que juega a favor de Rubio: Florida será uno de los estados clave de las presidenciales, como lo ha sido en las elecciones anteriores. Todavía las encuestas de ese estado no reflejan un aumento significativo de Romney cuando se coloca a Rubio en el hipotético ticket. Es más, el ex gobernador y hermano del anterior Presidente, Jeb Bush, parece, según los últimos sondeos del estado, darle más réditos al candidato. Sin embargo, es pronto para saberlo.
Pase lo que pase, Rubio no puede perder. A alguien que hace apenas dos años y medio era un poco conocido representante de la legislatura estatal de Florida no le hacen ningún daño estas habladurías. De por sí le dan estatura presidencial y le permiten ir allanando el camino a una candidatura presidencial en 2016. Calculando que, a menos que la economía revierta su tendencia ligeramente positiva, Obama lleva todavía las de ganar en estos comicios, a Rubio podría convenirle más que Romney no lo lleve en su ticket. Eso, sí, le interesa que las conjeturas sigan a la orden del día todo el tiempo posible.
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