Cómo ve EE.UU. la enfermedad de Chávez
En otros tiempos, la enfermedad del mandatario venezolano, Hugo Chávez, habría sido motivo de un enfoque político al más alto nivel en las ramificaciones y consecuencias de ese hecho, los distintos escenarios potenciales, la sucesión, el futuro de las relaciones con los gobiernos aliados de Caracas y de la relación estratégica con Irán, así como las implicaciones para el suministro bélico por parte de Rusia a la república bolivariana. Y ese enfoque nacería de una decisión política en las máximas instancias, posiblemente en la propia Presidencia a instancias del Consejo de Seguridad Nacional y como mínimo al nivel de la Secretaría de Estado.
La realidad, sin embargo, es mucho menos política y mucho más burocrática. Según la información de que dispongo, no hay diferencia sustancial, desde el punto de vista del trato político dado al "asunto" Venezuela, entre el antes y el después del anuncio de que Chávez ha sido operado dos veces por la presencia de células cancerosas en la zona pélvica y de que está enfrascado en lo que será una larga lucha por su salud. No ha cambiado el nivel de urgencia ni la intensidad del enfoque, apenas el contenido de la información que procesan los "sospechosos habituales" en la burocracia, y nadie se está ocupando de diseñar nada muy significativo en función de lo que pueda o no pueda pasar. No se diría que uno de los dos archienemigos de Estados Unidos en América Latina vive una incertidumbre que podría, en el escenario más dramático, desembocar en su caída o desaparición y, por tanto, impactar traumáticamente en el otro archienemigo, o sea Cuba, cuya dependencia con Venezuela, si se suman a los 100 mil barriles diarios de petróleo las otras formas de "comercio" que en verdad representan un subsidio, es umbilical.
La razón de esto es algo que prácticamente todos los analistas de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina vienen apuntando desde 2009: el bajo nivel de interés de las principales instancias de la Administración Obama en América Latina. Hace dos días, el ex Presidente Alejandro Toledo me comentó algo muy cierto: "Hubiera cabido esperar que la relación entre Estados Unidos y América Latina fuese mucho más intensa o estrecha con Barack Obama de lo que fue con George Bush y, sin embargo, ha sido al revés".
Varios factores contribuyen a que el drama venezolano se esté desarrollando aparentemente con tan poco interés por parte de Washington, más allá del previsible en las instancias burocráticas. Entre ellos: la crisis interna que no acaba de resolverse; el énfasis de la política exterior en Irak, Afganistán y Libia; la situación esquizofrénica que se vive en Washington con un Poder Legislativo en el que el Partido Republicano tiene mucho poder de presión, pero no de decisión, y, ahora, el inicio del largo proceso reeleccionista son los factores principales.
Pero se suman otros, empezando por la circunstancia de que el responsable de asuntos latinoamericanos en el Departamento de Estado, Arturo Valenzuela, está de salida, como ya se ha hecho público, y el reemplazo no está del todo decidido. Asimismo, se arrastra un problema que existió desde el comienzo en la Casa Blanca en lo que respecta a América Latina: la ausencia de una cabeza estratégica que pueda interpretar con gran visión de conjunto y sentido de lo importante lo que ocurre en América Latina. Dan Restrepo, el actual responsable de temas latinoamericanos en el Consejo de Seguridad Nacional tiene muchos méritos, pero no es alguien que haya podido imprimir en el jefe, es decir el consejero para la Seguridad Nacional, actualmente Tom Donilon, un sentido claro de la relación estratégica entre Washington y el hemisferio. El propio Donilon, un ex abogado cuya experiencia exterior se relaciona con Bosnia y la OTAN, no tiene un gran conocimiento de América Latina.
Todo lo cual apunta a un cierto vacío en las máximas instancias políticas. Por tanto, son los niveles burocráticos los que están más cerca de los acontecimientos venezolanos. Precisamente por esto, quien mejor informado está y se halla más pendiente de Caracas y La Habana es el comandante que jefatura el Comando Sur, Douglas Fraser. No por primera vez en los último años, un funcionario militar con una función muy específica en asuntos de Defensa y seguridad, en quien no debería recaer naturalmente la función de pensar los grandes asuntos políticos, es quien llena ese vacío. También se oyen las voces de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado. Pero en este caso lo que más se deja notar no es la voz de la mayoría demócrata, sino de la minoría republicana, y no precisamente la del jefe de esa minoría, Richard Lugar, sino Jim DeMint y Marco Rubio, fuertes críticos de Chávez junto con la presidenta de la comisión equivalente en la Cámara de Representantes, también republicana. Frente a ello, los demócratas aparecen enteramente desinteresados, casi haciendo dejación de responsabilidad.
En parte, la falta de enfoque en lo que sucede en Venezuela tiene que ver con la inercia de la relación bilateral, que ha transitado hacia la insignificancia. Como se recuerda, Barack Obama y Hugo Chávez se encontraron brevemente en la Cumbre de las Américas en 2009. Ambos países restablecieron por poco tiempo relaciones a nivel de embajador, pero todo fue cuesta abajo desde entonces: fue obligado a salir de Caracas el embajador Patrick Duddy, luego Chávez vetó también a su reemplazo, Larry Palmer, y finalmente, en represalia, Washington le canceló la visa al embajador venezolano en Estados Unidos, Bernardo Alvarez. La actitud de Estados Unidos, a pesar de estos episodios, fue en general la correcta: ignorar a Chávez para no darle el pretexto antiamericano de siempre. La estrategia funcionó bastante bien, porque le quitó intensidad al enfrentamiento de Chávez con Washington, pero tuvo, para lo que está sucediendo ahora, una consecuencia política imprevista: Caracas dejó de ser un asunto de interés en las altas esferas políticas. Pasó a ser una anécdota sin mayor interés. El resultado: la burocracia, y no la política, tomó el control del tema, con excepción, como queda dicho, de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado y, en menor medida, su equivalente en la Cámara Baja. Salvo un "hearing" sobre los nexos entre Venezuela, Irán y el terrorismo, Caracas tampoco ha sido en el Poder Legislativo, dicho sea de paso, un asunto mayúsculo.
¿Qué está pensando la burocracia norteamericana, en cualquier caso, sobre lo que sucede en Venezuela y qué información maneja el Comando Sur? La principal ya es pública: el cáncer de Chávez. Desde hacía dos semanas se sabía que el Presidente venezolano padecía esta enfermedad, y también que -como lo sugiere la propia actitud de Chávez de no dar por ganada esa batalla- el pronóstico sigue siendo incierto. Por tanto, se barajan escenarios de sucesión. Washington no cree, como se especula en otros gobiernos del hemisferio y en la prensa de lengua española, que haya una baraja amplia donde están, además de Adán, el hermano de Chávez y gobernador del estado Barinas, el Vicepresidente Elías Jaua, el canciller Nicolás Maduro, el general Henry Rangel, el diputado Diosdado Cabello o el "hombre del petróleo", es decir, el jefe de PDVSA, Rafael Ramírez. Para Washington -y el Comando Sur es el más seguro de esto-, Adán no tiene rivales en caso de una incapacidad real de Hugo Chávez.
¿Por qué? Básicamente, porque los demás tienen el mismo problema que han tenido siempre los gerifaltes ocasionales del chavismo desde 1998: su condición puramente funcional y pasajera. De todos ellos, tal vez el que tenga una condición más permanente y goce de una confianza más real, se piensa en Washington, sea Diosdado Cabello, sobre todo dado el papel que cumple en lo que respecta a las finanzas personales del jefe. Pero Adán es el sucesor, al más puro estilo de los hermanos Castro. Y para Washington esto tiene una implicación: la fuerte ideologización que sufriría el régimen en caso de darse la necesidad de un traspaso de poderes. Se cree que, a diferencia de Cuba, donde Raúl es más reformista que Fidel y tiene interés en transitar hacia un modelo de mayor apertura económica, en Venezuela Adán, mentor político de Hugo desde el inicio, sería un factor de "huida hacia adelante".
No se ve muy probable a estas alturas que una eventual incapacidad de Hugo Chávez provoque el desmoronamiento del régimen. Desde la perspectiva de Washington, las bases están sentadas para una continuidad, al menos por algún tiempo, del régimen, básicamente porque el nivel de armamento que tiene la milicia organizada por Chávez, el grado de complicidades compradas mediante la corrupción y la adhesión muy firme de un núcleo duro de al menos 25 por ciento son factores poderosísimos que gravitan contra la oposición. Por ello, según el sentimiento del gobierno estadounidense en mandos medios, no conviene alentar expectativas, como ocurre en un sector de la oposición interna, de descomposición acelerada del sistema político que, con estrecha ayuda de Cuba, ha ido montando el chavismo.
En los próximos meses, a medida que Washington vaya concentrando la imaginación en el complejo proceso político que desembocará en los comicios del año que viene, la atención que se le prestará a Venezuela en las máximas instancias políticas será sumamente escaso. Se suma a esto el hecho de que Hillary Clinton ha dicho muchas veces que dejará el cargo al final del primer gobierno de Obama aun si es reelegido. Aunque no se puede descartar que la necesidad política, en caso de reelección de Obama, la lleve a continuar por un tiempo más, se cree en Washington que la ex primera dama se alejará definitivamente luego de los comicios de 2012. Lo cual quiere decir que el vacío estratégico con respecto a América Latina, y en particular Venezuela, en la administración norteamericana tenderá, en lo inmediato, a ampliarse.
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