Segundo round: El vuelco de Sebastián Piñera
Santiago. - Fue el personalismo lo que hizo crisis en el gobierno chileno. Y curiosamente fue también desde el personalismo que el Presidente decidió dónde le estaba entrando agua a su gabinete y a quiénes debía convocar.
Aunque la tesis del fracaso de los ministros tecnócratas no se sostiene mucho como explicación del ajuste que el Presidente Piñera hizo este mes a su equipo de gobierno, sí parece ser cierto que la incorporación de dos figuras políticas de peso en la centroderecha a las carteras de Trabajo (la senadora Evelyn Matthei) y Defensa (el senador Andrés Allamand) va a establecer un nuevo equilibrio en la correlación de poderes del gabinete.
Para decirlo en simple, Piñera se ha dado cuenta que no puede seguir gobernando solo. Los cambios que dispuso por sí y ante sí revelan esta convicción. Esta cierto que el ajuste fue gatillado por la dimisión del ministro de Defensa Jaime Ravinet, un concertacionista con experiencia en esa cartera y cuya designación fue parte de la fracasada estrategia de atraer a lo menos a una fracción de la DC a las filas del gobierno. Con Ravinet, político de un estilo muy diferente al del mandatario, el gobierno nunca logró desarrollar elementales empatías y las investigaciones que están en curso respecto de diversos procedimientos de gestión en la cartera de Defensa señalan que su salida estaba sellada desde hacía semanas.
Aceptado que este alejamiento no era una sorpresa mayor, es efectivo que la búsqueda de su reemplazante abrió la puerta a cambios mayores. Pero nadie –ni en el segundo piso ni en los ministerios, ni en los partidos de la coalición y ni siquiera entre los observadores políticos- esperaba un vuelco tan grande como el que Piñera dio. Así las cosas, todo indica que la pelea de su gobierno no será a un solo round.
El ajuste revela que el Presidente advirtió problemas políticos de mayor calado que los que la cátedra e incluso la oposición estaban viendo. La economía en esta pasada, que marcha como avión, nunca fue tema. El problema era político. Piñera advirtió de partida que el ministro del Interior no estaba realmente actuando como jefe del gabinete. Advirtió que si bien el comisariato general de ministerios instalado en el segundo piso del palacio, a cargo de María Luisa Brahm, sirve para controlar a los secretarios de estado, es una instancia completamente inoperante para pensar al gobierno en términos estratégicos. Advirtió que la relación del gobierno con el parlamento, donde el oficialismo no tiene mayoría, sigue siendo traumática. Y advirtió que la contracción de la popularidad presidencial en las encuestas y episodios como el de la revuelta regional en Magallanes, a raíz de una impremeditada alza del gas decidida por Enap entre gallos y medianoche, eran problemas originados en el diseño original de su administración.
Este diagnóstico muestra a un Presidente más lúcido y autocrítico de lo que se concede. Porque ninguna de estas limitaciones es ajena al modelo de trabajo gubernativo que el propio mandatario -y solamente él- definió en marzo del año pasado. Porque no es solo que algunos ministros estuvieran sobrepasados; había un problema político adicional imputable a su personalismo como gobernante. Con el ingreso de Allamand y Matthei termina el esquema de los ministros subalternos y el gobierno queda abierto a otras voces y percepciones. Si bien ninguno de los dos entró al gabinete en representación de sus respectivos partidos, RN y la UDI, tanto él como ella son figuras con redes, experiencia y trayectoria suficiente para darle mayor densidad política a los planes de La Moneda.
¿Podría el gobierno haber persistido en su diseño original, con el cual después de todo tan mal no le fue? Sí, a lo mejor hubiera podido. La clase política chilena es tremendamente refractaria a los cambios y lo normal en Chile es que los presidentes hagan -como los erizos- lo que siempre han hecho. Que ahora en La Moneda habite un zorro –un zorro que incluso se da el lujo de anunciar el ajuste ministerial cuando andaba en gira, solo, a 850 kilómetros de Santiago- revela que Piñera no quiere ser reo ni de la carga protocolar que tiene la Presidencia en Chile ni tampoco reo de sus propias determinaciones. No hay peor preso, debió pensar, que el que quiere serlo.
Ese pragmatismo contrasta con el de la oposición, que sigue entrampada en la agonía de sus viejos tercios, en el desgaste de su discurso y en el debate sobre si debiera cambiar de nombre puesto que la palabra Concertación evoca una carga de inmovilismo que terminó por pasarle la cuenta a la coalición.
Mientras la oposición sigue postrada, el gobierno está listo para el segundo round.
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