¿Adónde va la democracia?
Por Juan Larraín
Hace pocos días, un alto jefe de las Fuerzas Armadas venezolanas declaró públicamente que ellas no reconocerán un triunfo de la oposición en las próximas elecciones presidenciales, que tendrán lugar en 2012. En pocas palabras, este esbirro de Chávez notificó a la oposición para que no pierda el tiempo buscando un candidato y haciendo campaña para derrotarlo, ya que no aceptarán el resultado de los comicios si le es adverso.
Esto de por si muy grave por provenir de un uniformado que no debe deliberar, anticipa el fin de lo que queda de democracia en Venezuela y revela el grado de politización al que han llegado sus Fuerzas Armadas. Chávez se ha preocupado de purgarlas ideológicamente con la ayuda de los numerosos agentes y asesores cubanos con que cuenta la revolución bolivariana y que pueblan los ministerios, instituciones y agencias del Estado.
Lo increíble en todo esto es que Chávez, lejos de rechazar lo dicho por su esbirro en el comando militar, al menos por consideraciones tácticas, los ha endosado plenamente. En efecto, Chávez señaló que justificaba las declaraciones del citado uniformado ya que las Fuerzas Armadas pertenecen al pueblo y a su revolución, por lo que no permitirán que se revierta el proceso hacia el socialismo que él ha iniciado.
De esta manera, el pueblo venezolano -y en particular la oposición- han sido notificados claramente acerca de lo que les espera. Deben tomar nota que el resultado de las próximas elecciones ya se conoce y que el voto es totalmente irrelevante.
Es muy probable que el resto de América acepte callada esta situación, ya que se ha vuelto políticamente incorrecto criticar la dictadura comunista de Cuba o la revolución bolivariana. En este sentido, la izquierda nos tiene apabullados y ha condenado a la inercia los mecanismos regionales que velan por la preservación de la democracia y la defensa de los derechos humanos.
Dentro de pocos días, se inaugurará en Santiago de Chile un seminario de alto nivel, al que asistirán diversas personalidades del continente, con el propósito de recoger ideas y propuestas para actualizar la Carta Democrática Interamericana. Se trataría de hacerla más operativa para que pueda anticipar cualquier situación que pueda poner en peligro la democracia en alguno de nuestros países. El caso “imprevisto” que se menciona es el de Honduras, no obstante que fue enfrentado y resuelto por sus instituciones democráticas, aunque le disguste reconocerlo a la izquierda.
Es muy improbable que esta loable iniciativa consiga el objetivo que se persigue. Cuesta imaginar, por ejemplo, que Venezuela y sus discípulos del ALBA den su consentimiento para que se materialice una reforma. Ellos han escogido un camino que se aleja paulatina pero inexorablemente de lo que entendemos por democracia y es muy difícil que acepten que la OEA los emplace o les pida cuentas al respecto. Por otra parte, hay otros países que defienden a ultranza el principio de no intervención en los asuntos internos y es también poco probable que accedan a entregarle al organismo regional más facultades cuyo ejercicio les pueda resultar complicado.
Ello hace que el referido seminario es muy posible no pase de ser un ejercicio académico, pero con poco o ningún efecto práctico. Las personalidades que participarán en él deben estar conscientes que cualquier reforma a la Carta Democrática, si realmente existe la voluntad política de llevarla adelante, será también el resultado de un cuidadoso proceso político consensuado, que hoy no parece viable.
En todo caso, para promover y defender la democracia en nuestro continente no se necesitan más instrumentos internacionales. No nos saquemos la suerte entre gitanos, lo que se requiere es simplemente la voluntad de ponerlos en práctica y hacerlos respetar. Por ejemplo, es un cinismo haber confinado al ostracismo al actual gobierno democrático de Honduras, mientras a la dictadura comunista cubana se le recibe con los brazos abiertos y se le permite pasearse oronda en todos los foros regionales, sin que nadie cuestione su descarada presencia.
El autor es profesor de la Universidad de Miami y ex Embajador de Chile en la Organización de las Nacioines Unidas (ONU) y la OEA.
- 28 de septiembre, 2026
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