Chile: La decisión de Michelle
Por Eugenio Tironi
El paso que dio Michelle Bachelet de trasladarse a Nueva York para asumir un alto cargo en Naciones Unidas cierra definitivamente el ciclo que abrió el plebiscito de 1988 en la historia política chilena. Ahí fue que la Concertación descarriló el proyecto de continuidad del régimen autoritario, a partir de lo cual la ciudadanía le entregó el gobierno por 20 años. Su liderazgo, en todo este lapso, estuvo en manos de la generación que había encabezado, tanto intelectual como políticamente, la oposición a Pinochet. Alguien dirá que este "ciclo concertacionista" finalizó con el triunfo de Sebastián Piñera. Cierto, pero sólo en parte: el cierre de un ciclo sólo es definitivo cuando se clausura desde dentro. Esto es lo que ha hecho Bachelet.
Con gobiernos de apenas cuatro años, en la Concertación aún estaba viva la posibilidad de un retorno al poder sin necesidad de reinventarse. Ésta ha sido la apuesta de sus partidos, que optaron por evitar escrupulosamente cualquier autocrítica que los condujera a una ruptura en el plano de las ideas y de los liderazgos. Su lógica de actuación desde su derrota en enero ha descansado en dos premisas: la primera, que el nuevo gobierno va a fracasar, con la figura del Presidente Piñera produciendo indigestión; la segunda, que Michelle Bachelet, con su enorme popularidad, hace de la Concertación, sin necesidad de desgarros de ningún tipo, una fuerza perfectamente competitiva el 2013.
La primera premisa está flaqueando. El Gobierno no parece destinado indefectiblemente al fracaso, ni mucho menos. Su gestión ha revolucionado a la derecha y al paisaje político en su totalidad y, por ahora al menos, esto a la gente no le ha caído mal. En cuanto a la segunda premisa, ella desapareció. Con sus nuevas y apasionantes responsabilidades e instalada en Nueva York, Bachelet deja la escena política chilena: sostener lo contrario más parece una fijación infantil.
Con su decisión, Bachelet eligió disociar su destino personal de la suerte de la Concertación, rechazando la idea de dedicar sus próximos años a "defender su legado" o renovarla. El suyo es un acto de libertad y de coraje, pues de haber cedido a la inercia y a las presiones se habría quedado aquí, siguiendo un libreto que ya conocía. Pero optó por reinventarse, y dejar la responsabilidad por la Concertación a otra gente. En otras palabras, Bachelet hizo lo que esta última se ha negado a hacer.
La Concertación perdió por fatiga. Se agotaron su curiosidad, su energía, sus ganas. El deseo de confirmar sus obsesiones y recetas fue bloqueando su porosidad para absorber nuevos desafíos y otras fórmulas y estilos. En una palabra, envejeció. La lectura oficial, sin embargo, es que la derrota fue resultado de fallas humanas, y que Chile no está ante un nuevo ciclo político, sino ante un paréntesis. Por eso mismo, los partidos se han negado a emprender una reinvención "a lo Bachelet", limitándose a efectuar una suerte de "renovación corta", cuidando de no romper con el viejo orden intelectual y político concertacionista.
Todo ese plan quedó hecho trizas con la decisión de Bachelet. Al partir, ella rechaza erguirse en símbolo de la restauración concertacionista, develando de paso que es un proyecto sin destino en el nuevo Chile. Si el Presidente Piñera, desde el poder, está removiendo a la derecha desde sus raíces, ahora Bachelet, renunciando al mismo, ha trastornado a la centroizquierda. Les toca ahora a los partidos reaccionar, y ver si son capaces de hacer el duelo que hasta ahora han resistido, y emprender su propia reinvención.
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