Democracia y libertad de expresión
Por Juan Larraín
La libertad de expresión es uno de los pilares en que se sustenta la democracia, los derechos humanos y la libertad individual. Sin ella no se puede hablar de democracia y por eso está asegurada en todas las legislaciones de los países libres del mundo. Un régimen autoritario o dictatorial, por una cuestión de subsistencia, no puede permitir su libre ejercicio pues teme a la crítica más que al demonio.
En el Derecho internacional contemporáneo, esta libertad fundamental se encuentra consagrada en una serie de instrumentos que arrancan desde la Declaración Universal de Derechos Humanos, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 10 de Diciembre de 1948, solo tres años después que se adoptara la Carta de San Francisco. El artículo 19 de dicha Declaración, eleva este derecho a la categoría de inalienable y consubstancial a la persona humana.
Nuestro hemisferio tampoco se ha quedado atrás en esta materia. La Carta de la Organización de Estados Americanos y más concretamente la Convención Interamericana de Derechos Humanos o Pacto de San José, se refiere a libertad de expresión en su artículo 13. Por último, recientemente, la Carta Democrática Interamericana, aprobada el 11 de Septiembre del 2001, la consagra en su artículo 4 no solo como un derecho sino también como una característica esencial del sistema democrático.
A lo largo de los años, desde la independencia de las naciones latinoamericanas, muchos de sus gobiernos -sino todos- en algún momento han conculcado la libertad de expresión y su cara más visible que son los medios de comunicación. Con la salvedad de Cuba, que sufre por más de medio siglo una dictadura comunista y donde la única prensa es aquella autorizada por el partido, en los demás países las restricciones han tenido un carácter excepcional y transitorio. Sin embargo, hoy tenemos en el caso de Venezuela una situación muy preocupante, pero que no ha concitado todavía la atención regional que amerita.
En efecto, desde un tiempo a esta parte, Chávez viene paulatinamente acosando a los medios independientes, imponiéndoles cadenas obligatorias o simplemente apropiándose de ellos por una cierta vía “legal”, la que se le facilita dado su completo control del poder judicial. Tal fue por ejemplo lo ocurrido con Radio Caracas Televisión y otras estaciones de radio a lo largo y ancho del país las que, o se cuadran con la revolución bolivariana y su líder o corren el riesgo de perder sus licencias.
A pesar de los constantes apremios a sus periodistas, ejecutivos y accionistas, Globovisión se mantenía en pie cumpliendo con su deber de informar de manera independiente. En vista de ello, el gobierno chavista demandó ante la justicia al principal accionista y su hijo, a los que se acusa de una serie de falsedades que habrían merecido penas de encarcelamiento. Felizmente, ambos pudieron escapar a tiempo y Chávez se ha visto forzado a solicitar de Estados Unidos su extradición. Como es altamente improbable que esta sea concedida, teniendo en cuenta la situación del poder judicial en Venezuela, la falta total de garantías del debido proceso y que los supuestos delitos de los que se les acusa son una patraña, los días de Globovisión están contados. Por lo demás, ya el Estado ha comenzado a incautar las propiedades, bienes y activos de ellos.
Como si todo esto fuera poco, Chávez las ha emprendido ahora contra la prensa escrita, por publicar fotografías que muestran en forma vivida el nivel de criminalidad que enfrenta el país. Al prestigioso periódico “El Nacional” se le ha censurado cualquiera información que el gobierno considere inapropiada así como el material fotográfico correspondiente, sancionándolo por un mes y forzándolo a publicar páginas en blanco.
¿Puede decirse que hay una auténtica democracia en Venezuela? ¿Existen las condiciones mínimas para realizar elecciones libres, informadas y transparentes cuando, además del acoso a los candidatos opositores se asedian ahora los escasos medios de prensa independientes que todavía quedan? ¿Los países democráticos del continente van a mirar al lado y bendecir esta payasada de Chávez? Salvo un milagro y como creo en ellos no lo descarto, lamentablemente lo más probable es que así será.
El autor es profesor de la Universidad de Miami y ex Embajador de Chile en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la OEA.
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