¿Quién autorizó la entrevista a McChrystal?
Por Cal Thomas
El lema de la Segunda Guerra Mundial “La boca hunde buques” (Loose Lips Sink Ships), cuya intención era alentar a los estadounidenses a mantener silencio sobre cualquier información sobre esa guerra, también podría aplicarse a los generales de hoy en día y su personal.
El error del General Stanley McChrystal no fue dedicarse a – y permitírselo a sus auxiliares – conversaciones algo crudas; su “error de juicio” fue permitirle a un escritor de la revista de extrema izquierda, antiguerra, “Rolling Stone” tener prolongado e irrestricto acceso a él y a sus auxiliares. Una Casa Blanca liberal no les permite acceso a escritores conservadores a sus deliberaciones y aplicación de su filosofía de redistribución de la riqueza a lo Saúl Alinsky (N.R. un organizador comunitario de Chicago fallecido en 1972, autor del libro “Reglas para Radicales”).
Rich Galen fue secretario de prensa del ex Vicepresidente Dan Quayle cuando éste era representante y senador y de Newt Gingrich cuando éste fue Republican Whip de la Cámara de Representantes. En su blog “Mullings” él escribe sobre sus “excelentes relaciones con reporteros” porque dice que él se guiaba por tres reglas: 1) Nunca he vendido a mi jefe para ganarme el favor de la prensa; 2) Nunca le he mentido a la prensa para proteger a mi jefe; 3) Si no sé una respuesta, lo digo. Yo no finjo estar “al tanto” de todo lo que se discute en Washington”. Obviamente, el General McChrystal se olvidó de la primera regla.
Galen opina que McChrystal merecía ser despedido, aunque sólo se le atribuye a él una cita algo inocua en el artículo del Rolling Stone. El resto son comentarios más serios hechos por auxiliares que no se identifican. La pregunta importante aquí es: ¿Quién hizo los arreglos para esta entrevista y cuáles fueron los motivos de esa persona? ¿Cuándo será despedida esa persona?
El problema de McChrystal es en parte sobre la cadena de mando y el Código Uniforme de Justicia Militar, que dice que la insubordinación es delito que justifica el despido. Sin embargo, mayormente se trata de si es posible ganar esta guerra y las consecuencias para los EE.UU. y Afganistán si no se gana.
El fracaso de los EE.UU. en la Guerra de Viet Nam no resultó en las consecuencias que muchos habían anticipado, excepto para los vietnamitas. Hoy, el capitalismo parece estar progresando en Viet Nam, aunque las otras libertades siguen restringidas.
Sin embargo, perder en Afganistán tendría un severo costo para los EE.UU. El centro de planificación del 11 de septiembre del 2001 se revigorizaría. Sería fácil reclutar más dinamiteros homicidas. El mundo musulmán radical quedaría convencido de que “Alá” verdaderamente está de su lado contra “El Gran Satanás”. Mahmoud Ahmadinejad, de Irán, vería una derrota como prueba de que su dios quiere que él proceda con sus anunciados planes de provocar el “Armagedón” posiblemente lanzando un ataque nuclear contra Israel.
No es que McChrystal fuese el hombre indispensable. Reemplazarlo con el jefe del Comando Central de los EE.UU., el General David Petraeus, era la mejor opción del Presidente después de decidir relevar a McChrystal de su mando. Pero el Presidente sí seleccionó a McChrystal para dirigir el esfuerzo en contra del Talibán así que cualquier “error de juicio” no debe limitarse al General McChrystal. Si el presidente escogió al “hombre equivocado” ¿qué nos dice esto de su buen juicio?
Todas estas – y otras- preguntas se olvidarán si los EE.UU. prevalecen en Afganistán estableciendo un gobierno democrático sostenible que esté relativamente libre de corrupción (una labor titánica) y que pueda convertirse de una economía basada en el opio a una que pueda aprovechar sus enormes recursos minerales.
Para ganar en Afganistán, y que estas cosas sean posibles, nuestras “reglas de juego” deben cambiar. Las muertes estadounidenses han aumentado por restricciones autoimpuestas cuando nos enfrentamos a los Talibanes que se esconden tras civiles. Uno no puede ganar una guerra titubeando cuando el enemigo está en desventaja. Para parafrasear un consejo familiar: agárrenlos por el cuello y sus corazones y mentes seguirán.
McChrystal parecía estar haciendo progresos en la guerra a tiros. Pero falló por hablar demasiado. Pero si todo el que alguna vez haya dicho algo menospreciante sobre su jefe fuese despedido, nadie tendría trabajo.
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