¿Por qué ha cambiado Mujica?
El País, Montevideo
Cuando José Mujica le ganó el balotaje presidencial a Luis Alberto Lacalle, cundió el temor entre los que aman a la democracia. Aunque viniera de la extrema izquierda, el presidente saliente Tabaré Vázquez había demostrado ser un mandatario democrático. ¿Se prolongaría la moderación de Vázquez en el nuevo presidente, salido como él del Frente Amplio, o el chavismo, que ya domina en cinco países latinoamericanos, lograría proyectar la sombra del populismo sobre la democracia uruguaya?
Esta inquietante pregunta, tenía su fundamento. Después de todo, tanto el venezolano Chávez como sus imitadores en Bolivia, Ecuador, Nicaragua y la Argentina habían llegado al poder por la vía democrática. Si Mujica viraba en el mismo sentido, no sería entonces la primera que el autoritarismo reeleccionista usaba la democracia para desvirtuarla una vez en el poder. Pero también contaban en las conjeturas de los que se preguntaban qué rumbo tomaría Mujica los ejemplos presidenciales de Lula y del propio Vázquez, quienes habían acatado estrictamente las reglas del no reeleccionismo democrático.
¿Cuál de estas dos vías mutuamente excluyentes seguiría el nuevo presidente uruguayo? Las primeras definiciones de Mujica disiparon las dudas. En lo económico, el nuevo presidente anunció una amplia apertura para atraer a las inversiones privadas. En lo político, reiteró además la amnistía entre los enemigos de antaño, que ya habían apoyado sus predecesores Sanguinetti, Lacalle, Batlle y Vázquez.
Habrá críticas a las modalidades del desarrollo económico y el consenso político que busca Mujica, pero probablemente se hallarán bien lejos de su antigua militancia en las filas de los Tupamaros, a consecuencia de la cual él y su esposa conocieron la cárcel. La pregunta que nos queda por contestar no es, entonces, "si" Mujica ha cambiado, sino "por qué" ha cambiado.
Dos razones fundamentales permiten responder a ella. La primera, el impacto del aprendizaje. Es un error sostener que el destino habitual de los políticos es insistir tozudamente en la línea de acción que los había caracterizado en el pasado. Al contrario, como es en definitiva un ser "errante", el verdadero horizonte del ser humano no es no cometer errores sino aprender de ellos. Algunos obstinados, como los Kirchner, se ufanan en doblar la apuesta cada vez que la experiencia les muestra que se han equivocado. Pero otros como Lula, Vázquez o Alan García, han cosechado los frutos del aprendizaje. No conozco el camino exacto a través del cual maduró Mujica, pero ya es evidente que de sus duras experiencias anteriores no resultó el resentimiento sino una toma de conciencia. Quizá sea prematuro dar por concluido este progreso interior, porque muchas tentaciones aún lo esperan. Digamos, eso sí, que Mujica no inició su gestión bajo el signo de la revancha sino bajo el augurio de la reconsideración.
La segunda razón que explica la maduración de Mujica ya no reside en él sino en algo superior a él: el hecho de que desde 1985, cuando reanudó el camino de la democracia, Uruguay ha adquirido un sistema. ¿Qué entendemos por "sistema"? La vigencia de reglas de conducta aceptadas por los actores políticos. Estas reglas incluyen de una manera o de la otra la limitación de los plazos presidenciales. En Brasil, ya desde Cardoso y Lula los presidentes sólo pueden ser reelectos de inmediato una sola vez. En Chile, gracias al ejemplo inaugural de su primer jefe de Estado democrático después de Pinochet, Patricio Aylwin, ningún presidente ha pretendido, incluida Bachelet, la reelección inmediata. En Uruguay, la norma constitucional es que no puede haber ninguna reelección inmediata. Por eso Brasil, Chile y Uruguay, tienen "sistema". A esta altura de los acontecimientos, nada indica que Mujica abandonará el comportamiento ejemplar de sus antecesores.
Un hombre que ha aprendido y un sistema que es respetado: esto es, hoy, Uruguay. Contra este ejemplo que ha seguido también Colombia a partir del momento en que su corte constitucional vetó al presidente Álvaro Uribe el peligroso camino hacia una segunda reelección consecutiva, salvándolo así de sí mismo, las cinco naciones "chavistas" que hemos mencionado no se basan sobre una norma fundamental sino sobre un liderazgo personal tenido por mesiánico y vitalicio, con el agregado de que, en la Argentina, los Kirchner ahora pretenden un tercer período consecutivo violando el espíritu de la Constitución mediante la chicana de las rotaciones conyugales.
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