Colombia sin Uribe
Por Guillermo I. Martínez
Algunos políticos llegan a su máxima popularidad el día en que lo eligen presidente. Unos pocos gobiernan con habilidad y su popularidad sube mientras ocupan el cargo de primer mandatario. Pero sólo un muy pequeño grupo logra mantener su popularidad durante todo el tiempo que gobiernan y dejan su cargo con la satisfacción de haber cumplido con sus deberes, de haber gobernado con sabiduría y de al abandonar el cargo saber que hicieron un buen trabajo y que la historia los va a juzgar con una sonrisa.
Esta es la situación del Presidente de Colombia, Alvaro Uribe, quien llegó al poder hace ocho años y ha probado que es posible hacer lo que nadie pensaba podría lograrse. Uribe logró hacer lo que muchos consideraban imposible; reducir en forma dramática la violencia que emanaba de grupos de izquierda y de derecha que habían llevado al borde del abismo a Colombia. Muchos huyeron del país por la violencia. Y Uribe logró controlarla. Por eso, al finalizar su segundo período en el poder su popularidad en las encuestas todavía ronda alrededor del 65 por ciento.
Uribe es un hombre fuerte de carácter que trabajó hasta 20 horas al día para reducir la violencia en su país. El fue, y es, un gran aliado de los Estados Unidos a pesar que la Administración del Presidente Barack Obama y el Congreso norteamericano no le han reconocido sus méritos. El Congreso se niega a aprobar el Tratado de Libre Comercio con Colombia. Dicen que colaboradores de Uribe tienen vínculos cercanos a grupos paramilitares en Colombia.
Sin embargo, hay que tomar en cuenta que en momentos en los cuales muchos gobiernos del hemisferio occidental tienen a la cabeza a líderes izquierdistas, enemigos de Estados Unidos, y empecinados en cambiar las leyes de sus respectivos países para perpetuarse en el poder. Uribe es diferente. El logró modificar la Constitución de Colombia una vez para poder aspirar a un segundo período presidencial.
Y ahora recientemente, a pesar de su enorme popularidad, Uribe aceptó sin titubeos la decisión del Tribunal Constitucional de Colombia que dictaminó que el referéndum para permitirle al presidente aspirar a un tercer período en el cargo era inconstitucional. Eso impide que Uribe aspire de nuevo a la presidencia y él lo acató como si fuera un buen soldado.
Eso es lo que separa a Uribe de otros mandatarios en la región que cambian las leyes cada vez que les da la gana. Son demasiados: Hugo Chávez en Venezuela, los hermanos Castro en Cuba, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, y Daniel Ortega en Nicaragua.
Estos mandatarios creen que una vez que llegan al poder tienen el derecho divino de quedarse en el trono hasta la eternidad, y no les molesta usar la fuerza a su disposición para lograrlo. Cada día sus gobiernos son más y más totalitarios a medida que usan a policías y militares para reprimir a sus opositores.
Uribe todavía no ha dicho a cuál de los candidatos que compiten por reemplazarlo en el poder él piensa respaldar. Dos de ellos, Juan Manuel Santos, fue Ministro de Defensa de Uribe por varios años y Andrés Felipe Arias, fue Ministro de Agricultura, también bajo la presidencia de Uribe.
En las elecciones al Congreso celebradas el domingo pasado, el partido que dirige Santos, U, obtuvo 27 de 102 escaños en el Senado de Colombia. En el 2006 el Partido U había obtenido seis escaños menos. El resultado de estos últimos comicios hace de Santos el favorito en las elecciones presidenciales de este año.
La tarea que le espera a Santos no va a ser fácil. Después de todo a él siempre lo van a comparar con Uribe, y eso es una tarea muy difícil.
Guillermo I. Martínez reside en el sur de la Florida.
- 28 de septiembre, 2026
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