Uribe no debería buscar un nuevo período en el poder
Editorial –
Un presidente moderno, democrático, que cuenta con un índice de aprobación de 64% al final de su segundo período tiene razones para estar orgulloso y preguntarse si puede volver a ganar. Sin embargo, es justamente en esos momentos que debería recordar que una democracia que funciona apropiadamente nunca depende de un sólo hombre y requiere de una transferencia pacífica del poder.
Nos referimos al presidente de Colombia, Álvaro Uribe Vélez, cuyo segundo término llega a su fin en agosto del próximo año. Cuando asumió la presidencia en 2002, Colombia estaba acosada por el terrorismo de los grupos guerrilleros. Millones de colombianos se han beneficiado de su política de "seguridad democrática", la cual ha restaurado el orden y la confianza en el gobierno. Ahora, sin embargo, sus partidarios tratan de sacar adelante una enmienda constitucional que le permitiría optar por un tercer mandato, y Uribe no les ha dicho que "no".
Lo debería hacer. La decisión de la semana pasada del Consejo Nacional Electoral que invalida millones de firmas usadas en la petición del referendo requerido para cambiar la Constitución es la oportunidad perfecta para que Uribe se niegue a ser reelegido.
Algunos analistas legales cuestionan el fallo y dicen que es probable que la Corte Constitucional no lo tome tan en cuenta cuando emita una decisión final sobre la legalidad del referendo. Pero la decisión ciertamente complica tanto la legalidad como la viabilidad política del intento por obtener un tercer mandato y es poco probable que el asunto se resuelva pronto. Entre tanto, las elecciones de mayo se acercan y el partido del presidente Uribe aún no tiene candidato.
Uribe ha sido un paladín del estado de derecho y el intento por un tercer mandato amenaza su legado como un líder que ha sentado las bases para una nueva Colombia. También sentaría un mal precedente para futuros líderes, algunos de los cuales son populistas de izquierda, quienes podrían utilizarlo para justificar sus propios intentos por aferrarse al poder.
América Latina tiene un largo historial de líderes populares quienes decidieron que eran demasiado valiosos para abandonar el poder. Los latinoamericanos tienen un nombre especial para el hombre fuerte que se niega a desaparecer: caudillo. Cuando la democracia regresó a la región en los años 80 y 90, tras décadas de dictadura, los límites a los mandatos presidenciales se adoptaron de modo generalizado. Pero no duraron mucho. Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador han usado referendos para otorgarse un mandato indefinido. Honduras recientemente impidió que Manuel Zelaya hiciera lo mismo.
Se supone que Uribe es otro tipo de presidente, un reformista que entiende que Colombia necesita un estado donde las leyes son más importantes que los hombres. Al fortalecer las instituciones que defienden la libertad en estos últimos ocho años, ha construido un país mejor. Su regalo final sería preservar tales logros al permitir la transición de poder a un nuevo líder.
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