La cantaleta es para los brutos
Juan David Escobar Valencia
El Colombiano, Medellín
"La incesante repetición estúpida del estúpido recado del anunciante se ha convertido de tal modo en parte de nuestras vidas que si no nos andamos con cuidado, nos olvidamos de sentirnos insultados por ello ". Aparte de un artículo publicado en el London Times.
Si fuese correcta la descripción de "cantaleta" propuesta por el filólogo, poeta y dramaturgo español Luis Miguel Madrid como "ese tipo de discurso de extensión variable en el que los trapos sucios, el desahogo y los dolores son esparcidos frente al interlocutor ante la pasividad del mismo", estaríamos simplemente frente a un proceso de naturaleza fisiológica del organismo, que al igual que otras actividades realizadas a campo abierto o en tronos porcelanizados, buscan deshacerse de los subproductos de la vida diaria, entendida como un proceso digestivo de la coexistencia con otros.
Pero si la concebimos como lo que es, como ese monótono regaño persistente e infame que apela a la repetición premeditada y vengadora, nada más parecida la cantaleta que a la técnica de tortura denominada 'gota china', en la que la víctima, inmovilizada con cuerdas, o en este caso por la lengua del torturador, recibía sobre su frente una gota de agua fría a un ritmo constante que terminaba provocando un estado de locura por la imposibilidad de conciliar el sueño y erosionaba el hueso del cráneo hasta producir la muerte, tal vez la mejor alternativa para un desdichado cantaleteado.
Existen defensores de la repetición como un método en el aprendizaje de un idioma o de una actividad física, pero aunque la eficacia de la repetición no podría ponerse en duda completamente, no puedo estar de acuerdo en la eficiencia de dicho método, pues dicho aprendizaje, arbitrario y sometido rápidamente al olvido, implica que solamente se memorizan mensajes pero no se comprenden ni se relacionan con conocimientos previos.
La cantaleta, método detestable de tortura cercano al lavado de cerebro, que intenta motivar el cambio en el otro, pero no por persuasión sino por negación, prohibición o amenaza implícita de otra dosis, es también el reconocimiento de la escasez de neuronas del victimario y de la víctima. Es la interacción de un par de mensos.
El que echa cantaleta, cual pájaro carpintero que aferrado al otro lo taladra incesante y repetitivamente, en el fondo está aceptando que su capacidad argumentativa es tan escasa como su conteo neuronal y solo espera que su alicorto mensaje o zumbido ensordecedor, que no tiene por sí mismo el poder de infiltrarse en el otro, termine introduciéndose en el cerebro del cantaleteado. La próxima vez que vean a la senadora Cecilia López, siempre "preocupada por todo pero ocupada en nada", entenderán lo que digo, pues uno no sabe si está argumentando o regañando al marido que se cortó las uñas de los pies en la cama. La cantaleta es el instrumento del falto de talento e inspiración, que por su poquedad de raciocinio no percibe el mensaje silencioso de su víctima, la cual ha decidido no cambiar su posición porque no le da la gana o porque considera al otro o a sus argumentos como un mal necesario que debe soportar estoicamente.
Pero la víctima de la cantaleta, independiente si se la merece o no, es igual de tonto que el cantaleteador, pues su pasividad termina apoyando la creencia que la letra con sangre entra y permitir que se nos repita muchas veces una cosa es una manera lamentable de admitir que somos tan estúpidos que el primer aviso fue insuficiente.
El cantaletoso y el cantaleteado se merecen mutuamente, pero esperemos que no se reproduzcan demasiado.
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