El mejor momento. El peor momento
Se calcula que más de cuatrocientas cincuenta mil personas se congregaron en un campo de avena que ya había sido segada, alquilado para la realización del festival. Los organizadores pensaban cobrar dos tipos de entrada: para un solo día: ocho dólares (unos 40.000 guaraníes) o bien un abono para tres días a 6 dólares cada día (unos 30.000 guaraníes). El día que se inició el festival los controladores que estaban en los portones trataron de cobrar la entrada. Una joven, a la que le requerían el pago, les dijo: “¿Está usted bromeando? Atrás de mí vienen más de cien mil personas”. Uno de los organizadores decidió suprimir el portón y levantó la cerca en un tramo de unos cien metros por donde entraron los jóvenes.
La empresa que se creó para ello, la Woodstock Ventures, invirtió en el espectáculo unos 2.800.000 dólares (unos 19.000 millones de guaraníes), inversión que recuperaron con creces a través de la venta de derecho de los discos (entonces no había piratería), la película que se filmó, los programas de televisión que se grabaron, etcétera.
El festival fue organizado y financiado por cuatro jóvenes: el mayor de ellos, John Roberts, tenía 26 años y había heredado una cadena de farmacias (drugstore) y una marca de pasta dentífrica que le reportaba varios millones. “Lo que tuvimos -dijo- fue una de esas ocurrencias que suceden una sola vez en la vida”. El festival fue irrepetible. Todos los esfuerzos que se hicieron para revivirlo fracasaron porque faltaba lo principal: aquel momento histórico. El escritor inglés Charles Dickens (1812-1870) dijo una vez: “Fue el mejor de los tiempos. Fue el peor de los tiempos”.
Entre los artistas estaban los grandes de la época: Janis Joplin, Jimi Hendrix, Joan Baez, Joe Cocker, The Who y otros que rechazaron la invitación para actuar, como The Doors, porque a Jim Morrison no le gustaba cantar en grandes espacios abiertos. Jethro Tull fue más cáustico: “No quiero perder mi fin de semana actuando para un grupo de hippies que no se bañan”.
Fue también la época en que Timothy O’Leary predicaba (quiso convertir su movimiento en secta religiosa) el consumo del ácido lisérgico (LSD), una droga psicodélica que según él “ensanchaba el campo de la percepción”. Escribió incluso un libro llamado “Las puertas de la percepción”. De aquí el nombre del grupo de Morrison: “The Doors” (Las Puertas).
¿Cómo terminó aquella experiencia? Pues como lo describe Jorge Luis Borges en su poema “El Tango”, pero refiriéndose al “malevaje” del Buenos Aires de extramuros: “Una mitología de puñales / lentamente se anula en el olvido; / Una canción de gesta se ha perdido / entre sórdidas noticias policiales”.
Los sueños de la droga como manera de expandir la percepción humana, como forma de vivir una sensación muy semejante al éxtasis del que hablan los místicos, como manera de sensibilizar al extremo los sentidos, se estrellaron contra la locura, la autodestrucción, las bandas de narcotraficantes, el submundo gansteril, la marginalidad. De lo dicho por Dickens: “El peor momento. El mejor momento” solo quedó lo último. Hace de todo esto cuarenta años.
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