Guatemala: ¡Qué fácil!
Por Manuel F. Ayau Cordón
Nota: Es increíble. Los opositores de proReforma acusan a sus promotores de buscar privilegios, a pesar de que la propuesta dice en su Art. 157: “En ningún caso el Senado o la Cámara de Diputados emitirán Ley o decretos arbitrarios o discriminatorios, en los que explícita o implícitamente se concedan prerrogativas, privilegios o beneficios que no puedan disfrutar todas las personas que tengan la oportunidad de hacerlo”. Digno de pensarse: ¿Qué demuestra esa insistente falsa acusación?
El país colapsa, y nuestros líderes políticos e intelectuales siguen con la ingenua idea de que el sistema es bueno, pero que lo que faltan son “hombres”, hombres capaces y probos, para manejar el país. En esto no somos originales: así piensan todos los países pobres que esperan y esperan al hombre que los salvará. Cada ciertos años, con ilusión democrática eligen a otro hombre, con fe en el proceso de elección y no en el proceso de funcionamiento, en el sistema.
La histórica realidad es que hay sistemas que funcionan y sistemas que no funcionan, y que la fácil excusa del fracaso de “los hombres” es simplemente una tontera muy cara porque se paga con pobreza, criminalidad, falta de oportunidades de trabajo, falta de infraestructura que permita llegar al trabajo en forma cómoda y decente, carencia de agua y servicios públicos ineficientes.
Con pocas excepciones, el desastre es continental, porque esa cultura política es común a nuestros desdichados pueblos. Se tiene fe ciega en el proceso de elección democrática, pero no se aprecia que eso no basta, que una cosa es el método de elección de funcionarios y otra el régimen de gobierno. Se habla de un régimen de derecho, pero obviamente se confunde con un régimen de simple legalidad, en el cual las leyes frecuentemente legalizan las violaciones al derecho porque ni se percibe la diferencia entre lo legal y el derecho.
¿Qué es cosa de hombres y no de sistema? Acaso, por ejemplo, se perdió el ferrocarril por falta de hombres? Se perdió por falta de un régimen de derecho, pues el sistema no permitió a los hombres mantener el derecho de propiedad (en este caso del Estado) del derecho de vía, y fue invadido por promotores de invasiones, aprovechando la desesperación de gente en busca de albergue. Hoy ya quisiéramos tener ese ferrocarril de costa a costa. ¡Para un país, perder un ferrocarril —en vez de habilitarlo— es el colmo!
Los hombres no son muy diferentes de un país a otro. El comportamiento político, no ejemplar, de los políticos de países más ricos demuestra que no justifican las diferencias. La diferencia de prosperidad estriba en el sistema que rigió en las actividades económicas que produjo su riqueza. No en los hombres. Por eso los pobres en busca de oportunidades que no encuentran en sus países, con enormes sacrificios emigran a otros países donde el sistema ha funcionado hasta la fecha, a pesar de sus hombres.
La teoría y la experiencia histórica (que la izquierda rechaza irracionalmente, por razones ideológicas) demuestra que los países que prosperan son aquellos que más se aproximan a un régimen de derecho genuino, i.e., a un régimen que se basa en el respeto de los derechos individuales de sus ciudadanos, régimen en el cual los ciudadanos saben y planifican de acuerdo con las reglas del juego, que en forma resumida es: hacer todo lo que es pacífico, todo lo que no viola derechos ajenos.
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