Honduras: Los 130 días de Chávez
Por Román Ortiz
Bogotá. – Lo que parecía un fracaso inevitable se hizo realidad en la tarde del pasado 19 de junio. El presidente de Costa Rica, Oscar Arias, anunció la ruptura de las conversaciones entre delegados del depuesto presidente hondureño Manuel "Mel" Zelaya y representantes del nuevo ejecutivo encabezado por Roberto Micheletti. Como ha llegado a ser rutina en las pasadas semanas, también esta vez las culpas cayeron sobre los hombros del gobierno instalado en Tegucigalpa. Mientras "Mel" y sus partidarios parecían dispuestos a aceptar el compromiso propuesto por el mandatario costarricense, la administración Micheletti rechazó el acuerdo y se levanto de la mesa. Pero como en las ocasiones anteriores, tras la aparente terquedad del nuevo presidente hondureño, se escondían buenas razones.
El supuesto compromiso de Arias representaba un regreso a la situación previa a la caída de Zelaya. Este recuperaba su posición al frente del Estado con el premio adicional de una amnistía de los delitos cometidos antes de su expulsión del país. Semejante alternativa no solo significaba una rendición incondicional de todos aquellos – 124 de los 128 miembros del Congreso – que se habían unido contra "Mel". Además, se trataba de un imposible constitucional. Si la destitución de político hondureño se había realizado de acuerdo a la ley, malamente podía Micheletti forzar esas mismas normas para dar satisfacción a Arias El acuerdo era política y legalmente imposible.
¿Entonces? En principio, el tiempo corre a favor del presidente Micheletti. El mandatario hondureño respaldado masivamente por el Congreso de su país ha prometido mantener las elecciones previstas para el próximo 29 de noviembre. Si estos comicios se celebran bajo una adecuada supervisión internacional, un nuevo presidente asumiría el poder en Honduras, esta vez, con una legitimidad democrática intachable. De este modo, la crisis estaría cerrada y Zelaya se habría convertido en un cadáver político. Todas sus alegaciones de representar la voluntad de un pueblo oprimido por una oligarquía corrupta y autoritaria habrían quedado reducidas a la nada. La votación pondría al descubierto lo escaso de su apoyo popular y el respaldo mayoritario de los hondureños a la decisión de destituirle.
Semejante desenlace es más que probable si se tiene en cuenta que Zelaya contaba con unos índices de aceptación inferiores al 30% antes de su derrocamiento y desde entonces se ha convertido a los ojos de muchos hondureños en el responsable de que su país se haya convertido en un paria internacional. Claro que este resultado depende de que la administración Micheletti se mantenga en el poder y las elecciones de noviembre puedan celebrarse bajo unas mínimas condiciones de seguridad…
El problema es que el presidente Chávez no puede consentir que su socio y aliado Zelaya salga estrepitosamente derrotado de esta crisis. Para el mandatario venezolano, Honduras se ha convertido en la prueba decisiva de que el balance estratégico en el Hemisferio ha cambiado y los países latinoamericanos están obligados a aceptar la hegemonía de Caracas. El pulso es aún más importante después del fracaso cosechado por Venezuela en marzo de 2008 cuando trato de medir fuerzas con Colombia en respuesta a la operación lanzada por las fuerzas militares de Bogotá contra el campamento del número dos de las FARC en Ecuador. Ahora, Honduras – un país ocho veces más pequeño y con cuatro veces menos población que la República Bolivariana – parece una presa más sencilla. De hecho, Chávez y Zelaya no han hecho el más mínimo esfuerzo por ocultar sus intenciones. Ambos han declarado su voluntad de derrocar a Micheletti y han alentado a sus partidarios a la insurrección armada.
Caracas ya tiene escrito el guión y todos los actores están listos para representar su parte del drama. De momento, Venezuela ha cortado toda relación comercial con Honduras -incluido el suministro petróleo- y está presionando a sus socios centroamericanos y caribeños para que hagan lo mismo. Muy pronto, la situación económica en Honduras comenzará a deteriorarse y serán los más pobres los que más sientan los efectos del bloqueo. Al mismo tiempo, las voces a favor del derrocamiento de Micheletti comenzarán a multiplicarse a medida que los socios de Venezuela agrupados en la Alianza Bolivariana para las Americas (ALBA) unen sus voces a la del presidente Chávez. En este contexto, la Nicaragua de Ortega ya está lista para servir de base de operaciones.
Por su parte, Zelaya ha anunciado su intención del volver al país. Algo que difícilmente podrán impedir las fuerzas armadas hondureñas, pequeñas en número e incapaces de controlar una frontera abrupta. A partir de ahí, la violencia está garantizada y el desenlace siempre será adverso para el gobierno de Tegucigalpa. Incluso si la administración Micheletti es capaz de resistir la arremetida armada que preparan los partidarios de "Mel" y sus aliados venezolanos, lo harán al costo de una violencia que hundirá definitivamente su legitimidad. Como consecuencia, el gobierno de la pequeña república centroamericana estará condenado.
En este esfuerzo por extender su hegemonía en Centroamérica, Chávez parece haber encontrado un buen número de "compañeros de viaje" dispuestos a hacerle el juego por ignorancia, miopía ideológica o conveniencia estratégica. Ahí está una administración norteamericana dispuesta a abrazar la religión de la no intervención hasta el punto de abdicar de su liderazgo regional, una OEA dominada más por los recuerdos de las dictaduras de los 70 que por los retos políticos del presente y un buen número de países latinoamericanos demasiado ensimismados para ver la tormenta que se fragua a sus puertas.
Bajo tales circunstancias, parece difícil que el gobierno de Micheletti pueda escapar de una debacle que arrastraría con ella más de dos décadas de democracia en Honduras. Su única posibilidad es consolidar un consenso interno que refuerce su imagen democrática, desplegar una diplomacia frenética para explicar su caso al mundo y desarrollar una estrategia de seguridad que les blinde de la ingerencia externa sin cercenar los derechos ciudadanos. Todo para abrir el camino hasta unas elecciones bajo supervisión internacional el mes de noviembre después de las cuales tendrá que abandonar el poder. Una ruta de 130 largos y difíciles días. Los mismos que tiene Chávez para conquistar Honduras.
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